Origen de la violencia

La violencia vivida en España en las últimas semanas y provocada principalmente por grupos de izquierda, destrozando el mobiliario urbano y en enfrentamiento con la policía y contra la propiedad privada nos obliga a plantearnos el ¿por qué de estas formas violentas de manifestar la convivencia? ¿cuál es el origen de la violencia?

Algunos dicen que el origen es innato al hombre y citan como ídolo a Caín. Pero otros piensan en la paz y la armonía y se acogen a su patrono, Abel. Las dos tendencias están en el hombre llamado a regularlas con la fuerza de la racionalidad. Uno de los sistemas de gobiernos para regularlo es la democracia, gobierno delegado, con las armas de la ley y de la solidaridad.

La raíz más profunda de convivencia intolerante es el egocentrismo o la exaltación de la propia dignidad con el consiguiente menosprecio de la dignidad ajena. Frente a esto E. Kant había propuesto como uno de sus imperativos categóricos el “tratar a cualquier persona como fin en sí misma y nunca como medio o instrumen¬to” o “ no quieras para el otro lo que no quieres para ti”.

Asimismo, encontramos raíces en las creencias religiosas. Desde estas intolerancias se ha desembocado en integrismos y fundamentalismos generadores de grandes violencias. Estas formas de actuar nacen del excesivo apego a la propia creencia y del rechazo de los agnosticismos de los demás.

Dentro de otras consideraciones religiosas aparece de nuevo el fundamentalis¬mo árabe-musulmán y en otros ámbitos sectarios, militantes ateos y formas leninistas que tanto mal y tanto daño han producido desde sus posturas intolerantes y algunas posturas prepotentes de la cultura anglosajona. La ideología de Bakunín y el enfrentamiento de clases promulgado por el capitalismo de Estado de Marx son ejemplos de ello.

Por otra parte, aparece el integrismo étnico que se da en todas las razas: de los negros entre sí, de estos con los blancos y de los blancos con los negros e indios como se pone de manifiesto en Estados Unidos, en América hispana y en los Grandes Lagos de África. Una intolerancia próxima a esta, es el integrismo de los “nacionales” o nacionalismos blancos frente a otras culturas y el integrismo de ciertas tribus concretas en África.

Renace durante las últimas décadas el “hipernacionalismo”. Urge distinguir el legítimo sentimiento nacional, entendido como vínculo afectivo y hasta esencial con la tierra donde se ha nacido, la lengua, etc. Sería injusto negar este derecho. Pero la exageración o la radicalización del nacionalismo, está siendo en muchos lugares (Cataluña, País Vasco, etc) una de las causas más graves de intolerancia, tanto en estados en vías de consolidación como algunos ya consolidados. Hay que profundizar seriamente en estos hipernaciona¬lismos que suelen funcionar con el terrorismo que a todos nos repugna, que todos condenamos ética y jurídicamente y para el que hay que buscar soluciones.

Existen restos de intolerancias en el interior de las mismas sociedades civiles. Como ejemplos señalamos las dificultades para la convivencia en el ámbito de la intolerancia de los sexos o la de la ideología de género. En todo caso son intolerancias que o bien rompen familias, o bien marginan en el mundo del trabajo y del gobierno de las naciones. Otras son las que afectaban a los enfrentamien¬tos entre partidos políticos, a la existencia de la dictadura del gobierno de las mayorías. En estos casos se rompe el clima de tolerancia, de diálogo, surgen los quebrantamientos de las normas, las corrupciones e insumisiones.

Otra es la violencia juvenil que ocurre fuera del hogar, entre niños, adolescentes y hombres jóvenes, en el grupo de edad de 10 a 35años. Desde siempre los delitos más habituales son los menos graves, como los delitos contra la propiedad, pero la variedad de delitos es muy numerosa: lesiones, tráfico de drogas, vandalismo, contra la seguridad vial, violencia doméstica, etc. Una situación grave es la manipulación política impulsando la violencia de los jóvenes.

Solamente una buena educación en valores, la colaboración de la sociedad civil y unos políticos y gobernantes honrados pueden abrir cauces pacíficos. La corrupción de los políticos y la educación impuesta aumentará la violencia de Estado y en la sociedad.


(*) Catedrático emérito.