Opositar

Decía hace algunos años Álvaro Soto, sentado en el salón Siglo XXI del Ayuntamiento de este Real Sitio junto al Maestro Charles Powell, que Juan de Borbón, heredero al trono de España, hizo todo lo posible, durante su peregrinación política, para alcanzar a sentarse en el trono español. Comprometido con los rebeldes desde el mismo momento en que fracasó aquel golpe de estado, siempre confió en llegar a la posición que su padre había decidido abandonar en abril de 1931. En su decisión de asaltar el viejo trono peninsular, incluso trató de alistarse a una marina en guerra que podría haber acabado con su propia existencia de no haber sido relegado a la retaguardia por el general Franco, no sé muy bien si con vistas a proteger una alternativa política o tratando de enterrarla desde el principio, naciendo de ese modo entre ambos un conflicto digno de reseña y estudio y tradicionalmente obviado por el relato pseudo-histórico en que se ha convertido nuestro pasado, sea reciente o no. El caso fue que, pasados los años de la guerra civil, la intención de ceder el poder por parte del dictador parecía desaparecer en la neblina que, para la democracia, impostaba el triunfante fascismo del contexto europeo. Juan de Borbón, que llegó incluso a solicitar a Adolf Hitler su influencia para ser proclamado rey de España, optó por condenar el franquismo desde Lausana en un manifiesto que le posicionaba como eterno pretendiente frente a un directorio militar inmovilista que habría de perdurar hasta el fallecimiento del dictador, por mucho que aquel alegato de la Junta de Burgos le hubiera proclamado Generalísimo de los Ejércitos, como a Manuel Godoy y a Arthur Wellesley, y Jefe del Estado mientras durase la guerra.

Y pensando en aquel tenaz pretendiente al trono, capaz de tocar cualquier resorte que propiciase su llegada al trono, caí en la cuenta de que, negando la máxima de Nicoló de Maquiavelo y Maximilien Robespierre, no todo vale con tal de conseguir la finalidad propuesta. Si bien uno puede caer en el error de valorar por encima de todo la consecución de los objetivos, existe un claro compromiso moral con el trayecto que ha de llevarnos hasta la meta propuesta. Así, en una sociedad idílica donde el compromiso moral impidiera la desmemoria de lo sucedido en el camino hacia el éxito, nada deberíamos reprochar a representante alguno más allá de la conveniencia de su línea política, la efectividad de sus decisiones y las consecuencias para el común del proyecto desarrollado. En esa Arcadia imaginaria, la política respondería al transitar hacia una idea flanqueando el caminar con el respeto a la ley y al orden constitucional, estando siempre presente el interés común y la justicia social. En ese onírico contexto, el bien común soportado por el consenso político construiría una sociedad donde prevalecería la visión de un ideal allí al fondo, lejos de oposiciones infectas y arribismos lamentables.

Sé que muchos estarán criticando mi idealismo a estas alturas del párrafo, pero he de decirles que han existido en el pasado momentos en que tal interés por el bienestar y beneficio general primaron sobre la tónica general. Y no sólo en este Santo País, que, para muchos, parece ser el único entorno posible donde buscar setas. Rememoren, de no creer lo que están leyendo, aquellos momentos, lejanos o no, en que conceptos como el ya citado consenso, futuro, sentido de Estado, justicia, unidad, legado o bien común colmaban los titulares, debates y tertulias patrias. Personas como Vasco Gonçalves, Václav Havel, Olof Palme, Adolfo Suárez o Nelson Mandela suelen ser asociados a esta tendencia social donde no todo vale y no todo es moralmente aceptable; donde la construcción de una sociedad mejor, de un espacio donde haya sitio para todos sea el verdadero objetivo del proceso social.

Para nuestra desgracia, esta sociedad que más sufrimos y padecemos ha tendido a encumbrar políticos comprometidos con el interés particular, nunca conectados con el futuro y sí con el pasado que los ha hecho llegar hasta el escaño que ocupan. Preocupados por alcanzar tal posición, han olvidado por completo que el gobierno de una nación se ejerce no solo desde los sillones azules, sino, más bien, desde la leal y necesaria oposición. Opositando, pues, el representante electo tiene la responsabilidad de velar por el bien común, de acortar el recorrido nefasto y engreído del que en ese momento gobierna y de apuntalar el camino hacia el futuro que nos reserva este presente que vivimos, lo único que de verdad podemos comprender.

Será entonces, queridos lectores, cuando opositar se convierta en una responsabilidad necesaria, constructiva y alentadora

Imaginando un futuro en que todo compatriota, más allá de su condición, pensamiento, ideología o creencia, respetará aquella máxima de entender el límite de la libertad propia en aquel lugar en que interfiere la libertad ajena, seremos capaces de cimentar un presente alentador; un presente donde la oposición al ejercicio del poder sea honesta e inclusiva y conduzca a una ostentación del poder ejecutivo tan solo preocupado por la forma y su legalidad, ya que el objetivo, el punto de fuga, sea la consunción de un sentir colegiado. Será entonces, queridos lectores, cuando opositar se convierta en una responsabilidad necesaria, constructiva y alentadora, digna de mención como parte esencial de un gobierno de la nación que dignifique entre el común el ejercicio de esa responsabilidad impagable que conforma la representación justa y consecuente de la voluntad popular, raíz de todo principio democrático. Esperemos, pues, que, opositando a una sociedad más justa, seamos capaces de normalizar el ideal.