Nuestros gigantones y el custodio sevillano

El pasado sábado 25 de junio, los gigantones y los cabezudos de Segovia salieron de pasacalles desde la Alhóndiga, su casa, con un crespón, por Juan Antonio Sanz, su custodio y su pastor de las últimas décadas. Ya mismo será San Pedro y volverán a salir, como siempre, como lo llevan haciendo desde hace más de un siglo. Las crónicas de El Adelantado de Segovia dan testimonio de ello.

Hace un año, en vísperas de esta fiesta, me llamó Juan Antonio, desde su Sevilla, a donde había regresado dos años antes, para compartirme, ilusionado, que los gigantones y cabezudos de Segovia iban a volver a salir a la calle, tras un 2020 en blanco por la pandemia. Le daba una importancia enorme a este hecho, como señal vital de la ciudad que retomaba su pulso. Sería una salida discreta, sin convocatoria, por sorpresa, para no dar lugar a aglomeraciones. Pero el rito, con todo su simbolismo, estaría cumplido. La Calle Real, aun sin muchedumbre, volvería a vibrar con el desfile de los gigantes Frutos y Fuencisla, alcalde y alcaldesa, y, tras ellos, las parejas de gigantillas que evocan “esos mundos”, los dos negritos, el césar, su pareja, y el indio, con plumas y de nones; danzando alrededor los cabezudos, la gitana, la bruja, el negrito, el pirata, el paleto, el principito; los Silverios envolviéndolo todo con sus pasacalles, al son de las dulzainas y los tambores. Un “ya estamos aquí”, animoso, alentador, se dejaría sentir desde la Plaza Mayor.

Llevábamos dos años de conversaciones, en la distancia, por teléfono, a cuento de nuestros gigantones. Juan Antonio sentía pasión por ellos y la contagiaba. Los percibía como uno de los elementos más emotivos, más vivos, del patrimonio de la ciudad. Con sus ojos de artesano de las bellas artes, veía en ellos los objetos centenarios que venían luciéndose para la fiesta desde no se sabe cuándo, con atenciones, más o menos delicadas, para sus rostros, sus trajes, sus pigmentos. Estaba convencido que los negritos eran del siglo XVIII y, por ello, los gigantes en activo más antiguos de España. Tras años y años de darles vida por las calles, por los barrios, por los pueblos, como su pastor, proyectó en estos gigantes y cabezudos ese mimo y delicadeza a los que nos tenía acostumbrados cuando confeccionaba muñecos, como sus “sanfermines”, o cuando los manejaba, como ese “picador” de las aventuras de Cristobita. De ahí su inquietud, a la que nos convocó a unos cuantos, Rafa Cantalejo, Fernando San Romualdo, José Antonio Municio,…, para que nuestros gigantones tuvieran el reconocimiento que se merecen como patrimonio cultural. Le dimos unas vueltas a la ley de patrimonio de Castilla y León, del 2002, a sus artículos 1.2, 8, 17, … y nos hicimos una idea del camino a seguir. Su inquietud, además, iba por que se procurase una restauración de aquellos como les corresponde; y también por que accedieran a ese estatus privilegiado de los gigantes que bailan, que tienen su propia danza, la aristocracia de los gigantes, porque se lo merecen. Y por el bailaron el pasado sábado.

Con todo y con ello, en nuestras conversaciones, Juan Antonio aún me trasmitió más emoción al hablar de los “chavales” de la comparsa de cabezudos y gigantes, de su gracia, de su picante, de su don para darles vida a estos y crear alegría en las calles. En otros sitios, por la Corona de Aragón, a estos actuantes se les llama giganteros, lo que me llevaba a pensar si no serán “cabezuderos” sus colegas. Aquí les llamamos simplemente gigantillas y cabezudos.

Me convocó Juan Antonio a vivir esa salida de San Pedro del 2021, y me las arreglé para, llegado el día, estar allí desde los prolegómenos. Quería que conociera ese ambiente por dentro. Fueron llegando los chavales, que rondaban los cuarenta algunos de ellos, y que llevan en esto desde los once o los doce, según me contaron. Ese era el caso del Felipe, o de David el Willow, o de Miguel el Belloto, o del Carlangas. Este venía con una camiseta del Betis, le pregunté por ello, me contestó que porque era su equipo, y Juan Antonio feliz de oírlo. No ha sido el único, en esta tierra, en ser ganado para la causa por nuestro amigo; me acuerdo de aquella final de la Copa del Rey del 97, entre el Betis y el Barça, que ganó éste, viéndola por la tele en Bodegas Prisco, con la hija de Manolo, Cristina, muy pequeñita, desconsolada en el “manque pierda”.

En torno a la puerta de la Alhóndiga se fue arremolinando más y más personal, los Silverios, de gala, Juan Antonio, recordando los códigos sobre el buen uso de la escoba; dos chicas segovianas, Esther y Lucía, con práctica en esto de ser cabezudas, y con abolengo, que su padre y su tío, respectivamente, lo fueron, y de ellos les viene la afición; se trajeron a una amiga, para que se estrenara. También eran nuevos Alonso y Nicolás. Iban a seguir los pasos de sus padres, Oscar y Miguel. Se dio la señal de que la comitiva arranque. Los porteadores se adentran en las tripas de los gigantes. Sólo se les reconoce por el calzado. Las dulzainas empiezan a sonar. Se oye a una mujer que le dice a su crío, “mira, la alcaldesa es papá”. La ceremonia se renueva, sobre una discreta urdimbre de sentimientos, legados, parentescos y amistades, todo un capital social, que se cultiva de generación en generación, haciendo posible que los objetos inanimados se conviertan en el alma de la fiesta un año más.

En los años 60, en algunos países del primer mundo, el desplazamiento de la población rural hacia metrópolis cada vez más grandes fue tan acelerado, como lo fue también la secularización de sus sociedades, que hubo que realizar grandes esfuerzos para recuperar las raíces y crear fiestas comunitarias, en las cuales los gigantes, los muñecos sobresalientes, jugaron un papel esencial. Formaciones míticas del teatro de objetos, como Bread and Puppet Theater y la Welfare State International, colaboraron en ello. Nosotros, afortunadamente, en este aspecto, mantenemos nuestro patrimonio bien vivo. Julio Caro Baroja o Joaquín Díaz nos remiten a la espectacularidad y la teatralidad de las fiestas de Corpus Christi como origen de nuestros gigantones. Sabemos que en nuestro gran país ibérico el primer testimonio de ello se localiza en Évora, en 1236. Y sabemos que, llegado el siglo XXI, fue un sevillano, de Triana, que nos dejó, a penas, el 30 de mayo, Juan Antonio, Gigantonio, de Libélula, de Titirimundi, quien custodió amorosamente este fuego sagrado en nuestra ciudad. Bienvenido a Segovia.