Nombres, no números

No tengo nada contra los números. Sin llegar a los extremos de la escuela pitagórica que, siguiendo a su fundador, el filósofo y matemático griego Pitágoras (siglo VI a. C.), consideraba que la esencia de todas las cosas es de naturaleza numérica, me parece que los signos con los que expresamos la cantidad de personas o cosas en relación con la unidad son un invento admirable sin el que la vida de los seres racionales no podría desenvolverse como lo hace en sus relaciones humanas, sociales, comerciales… A fin de cuentas, los números son un lenguaje, aunque sin la capacidad de la lengua de expresar las más altas ideas y creaciones del espíritu.

No tengo nada contra los números. Incluso trato de resolver cada mañana el sudoku de la página de pasatiempos del periódico en papel. Pero sí me pronuncio contra su mal uso, que se ha exacerbado en estos tiempos aciagos de pandemia. No es solo mi voz, sino son muchas las voces que se han alzado contra la reducción de los contagiados, hospitalizados y fallecidos a frías cifras, con las que a diario los gobernantes y los medios de comunicación nos bombardean, olvidando que se trata de personas con sus nombres y apellidos, con familias que ni siquiera han podido despedirse de ellas con unas honras fúnebres presenciales.

Y, para colmo, muchos de esos números no responden a la realidad, o han sido falseados para no dañar la imagen de un Ministerio de Sanidad incompetente y falsario, cuyos datos son invalidados por el Instituto Nacional de Estadística.

Los números, además, se prestan a interpretaciones distintas o sesgadas. El incremento de contagios ¿no puede deberse al hecho de que se realizan más pruebas PCR (Reacción en Cadena de la Polimerasa)?

Sin la gravedad de la perversa utilización de los números, me sorprende la ligereza con la que responsables políticos lanzan cifras, por ejemplo de árboles dañados por el temporal Filomena. ¿Quién y cómo los ha contado para aventurar la cantidad de 150.000 solo en Madrid capital?

No menos sorprendente resulta la evaluación de los daños causados por las nieves y los hielos, que se estima en 1.398 millones de euros en la capital. ¿Por qué 1.398 y no 1.395 o 1.400?

Las pérdidas del sector agroalimentario las evalúa el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación entre 60 y 80 millones. Aquí al menos no se aquilata tanto la estimación.

En un emotivo artículo publicado el 20 de este mes en El Adelantado, mi querido y admirado Luis López dedicaba un sentido homenaje a “La generación olvidada”, y ahí sí, recordaba con sus nombres propios a los convecinos que se ha llevado la covid-19.

Nombres entrañables de seres queridos, no números.