“No tengáis pánico”

El tema del fin del mundo siempre ha sido objeto de especulaciones sobre cuándo y cómo será. Algunas se basan en palabras de Jesús interpretadas de modo erróneo por no entender el género literario llamado apocalíptico. Este género toma su nombre del término «apocalipsis» que significa revelación de algo oculto. Las imágenes, simbolismos y otros recursos literarios hacen difícil la interpretación de este género. Se explica, pues, la confusión que genera cuando se pretende explicar las palabras de Jesús sobre el fin del mundo sin comprender debidamente el significado del género literario. Esto ha llevado a considerar lo «apocalíptico» como sinónimo de destrucción, muerte, guerras y catástrofes. Aunque estas realidades ciertamente aparecen en los escritos apocalípticos, hay que decir, sin embargo, que no son ni mucho menos el contenido del género, que, paradójicamente, pretende consolar a quienes se sienten atribulados o perseguidos por su fe. El mensaje que se pretende dar con este tipo de descripciones es muy sencillo, pero naturalmente había que estar acostumbrado, como estaban los judíos, a esta forma de expresarse, propia de los profetas.

¿De qué mensaje se trata? Jesús lo explica muy bien en el Evangelio de este domingo cuando, al profetizar la destrucción del templo de Jerusalén, que tendría lugar en el año 70 d.C. por el ejército de Roma, advierte a sus oyentes de que, en relación con el fin del mundo, no deben hacer caso de lo que se diga sobre guerras, revoluciones, fenómenos espantosos, terremotos, signos en el sol, la luna y las estrellas. Que nadie os engañe, dice Jesús, pues muchos vendrán que se harán pasar por él anunciando que el fin esta cerca. «No vayáis tras ellos, no tengáis pánico», insiste Jesús, «el fin no está cercano». Incluso, aunque como cristianos sufran persecución (como de hecho ha sucedido desde el principio del cristianismo), no deben temer, porque Cristo mismo les dará palabras para su defensa. Y termina el Evangelio de hoy con estas palabras: «Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas» (Lc 21,19).

Jesús, por tanto, consuela y conforta a sus discípulos para que, a pesar de las dificultades que tengan que pasar, no identifiquen tales situaciones como si fuese el final de la historia. Aunque todo eso suceda, el final sucederá con la llegada de Cristo que viene a consumar la historia de salvación con la destrucción del mal y de la muerte. Esta es la revelación en sentido pleno. Las imágenes que pueden perturbar a la gente, como los cuatro jinetes del apocalipsis, describen el poder del mal sobre el mundo, el señorío de quienes se tienen por dioses de este mundo y amenazan con destruirlo. Esto ha sucedido desgraciadamente en la historia de la humanidad, como se nos amenaza ahora con una guerra nuclear. El mal existe y tiene un poder destructivo, es indudable. Pero el mal no tiene la última palabra. También Jesús experimentó en su propia carne el poder del mal en el suplicio de la cruz. Pensaron sus verdugos que así terminaban con él. Pero no fue así. La resurrección manifestó que la Vida no podía ser dominada por la muerte. Al contrario, la vida venció a la muerte en un combate singular que celebramos cada domingo con el triunfo de la resurrección de Cristo. Esta es la verdadera revelación que sustenta el género apocalíptico: que el único Señor de la historia, el que tiene la última palabra sobre este mundo creado, y sobre la vida y la muerte, es el Dios Creador, el que hizo este mundo de la nada y el que, cuando llegue el momento que solo él sabe, no lo destruirá, sino que lo llevará a su plenitud, porque Dios no ha creado nada para la muerte, sino para la vida.