No, no conviene

El próximo 15 de mayo se cumple el décimo aniversario de aquella concentración formada por diversos colectivos de jóvenes -y otros no tanto- que ocupó la plaza de Sol de Madrid al grito de “no nos representan” y que fue conocido como el Movimiento 15M. Tres meses antes un grupo de estudiantes con ganas de provocar una algarada entró en la capilla de la Universidad Complutense de Somosaguas en Madrid al grito de frases ofensivas hacia los presentes y hacia el cristianismo. Uno se pregunta en estos casos, por qué no hacen lo mismo en las mezquitas.

El caso es que entre las consignas que se oyeron una fue “arderéis como en el 36” en referencia a las iglesias que se incendiaron en Madrid nada más proclamarse la II República. Fue la primera vez que se hacía referencia a la guerra en un acto -pretendidamente- político. Un tiempo después todos pudimos saber que aquel malestar provocado por la crisis financiera de 2008 fue capitalizado por un partido político denominado Podemos, entre cuyos fundadores se encontraba una joven estudiante que había entrado en aquella capilla y que hoy es concejal del ayuntamiento de Madrid.

Apenas habían transcurrido cuarenta años desde el inicio de la guerra civil cuando la Transición inició sus pasos y la primera ley que aprobó el primer gobierno democráticamente elegido de aquel período fue la Ley de Amnistía de 1977, en la que los legisladores entendieron que sacar a los presos políticos de las cárceles y mirar hacia adelante era la mayor muestra de reconciliación que podía haber. En aquel congreso de los diputados se sentaron juntos aquellos que hicieron la guerra en bandos diferentes y ninguno de ellos llamó “fascista” o “comunista” a sus compañeros de hemiciclo. Si nuestros padres y abuelos se reconciliaron ¿qué derecho tenemos a abrir querellas que no solo se cerraron, sino que ni siquiera sufrimos?

La Transición tuvo sus enemigos -básicamente el golpismo y el terrorismo de ETA- como nuestra Constitución tiene los suyos -el populismo y el nacionalismo-, y en ambos casos la violencia y el lenguaje juegan un papel de polarización. En enero de 1977, a los secuestros de Oriol y Villaescusa se unieron los asesinatos de los abogados laboralistas de la calle Atocha, así como la de dos jóvenes estudiantes, uno por las balas disparadas por un ultraderechista y otra por un bote de humo lanzado por la policía. Años después, el ministro de la Gobernación de aquella época, Rodolfo Martín Villa declaró: “Solamente en aquellos días de enero vi seriamente amenazada la Transición”.

Como bien indica Gaizka Fernández en “El terrorismo en España. De ETA al DÁESH” recientemente publicado, los terroristas cometen sus tropelías porque consideran que es el mejor medio para alcanzar sus metas, para ellos el fin justifica los medios y la responsabilidad nunca recae en quien la ejerce, que no es más que la pobre víctima obligada a llevar a cabo su acción para salvar al colectivo al que supuestamente pretende defender. Hoy, cuando se ejerce la violencia política escuchamos de gente supuestamente responsable afirmaciones como “han venido a provocar” o “se lo han buscado” al tiempo que miran a otro lado sin condenar actos execrables como cuando en el País Vasco asesinaban a alguien: “algo habrá hecho”.

Con el impulso y el ejemplo de D. Juan Carlos, los líderes de los principales partidos constitucionalistas durante la Transición fueron muy conscientes de la necesidad de rebajar la tensión. La prudencia con la que evitaron identificar y reproducir los dos bandos de la contienda en la nueva monarquía parlamentaria solo se explica en lo conscientes que eran de la única deriva a la que ello lleva: a la de la discordia civil.

¿Acaso vivimos ahora una concordia tal que a modo de saldo en un banco nos permite gastar un poco con el objetivo de arañar unos votos y ganar unas elecciones? ¡Quia!, con tal de no llegar a números rojos, ganamos un ayuntamiento aquí, una comunidad allá o incluso el gobierno central, pensarán algunos. Pasados más de treinta años de aquellos luctuosos sucesos de enero de 1977 tuvimos que escuchar a un candidato a las elecciones generales mientras hablaba con un conocido periodista decir: “nos conviene que haya tensión”, ¿alguien se imagina a Adolfo Suárez o a Felipe González diciendo algo parecido?

El problema del enfrentamiento civil es que, como una nave cuando zozobra en una tormenta, los pasajeros no pueden llamar al capitán y decirle “pare el barco, que yo me bajo”. Nos jugamos mucho, hemos sido protagonistas de uno de los períodos más fecundos de nuestra historia, en los que España ha alcanzado unos niveles de paz, prosperidad, bienestar, igualdad, educación, justicia y presencia internacional difíciles de comparar con otra época pasada. ¿no creen que vale la pena que así continúe?
——
(*) Director de la Fundación Transición Española.