Ni la amistad resiste

Ciudadanos quema sus últimos cartuchos antes de pasar al olvido. Edmundo Bal e Inés Arrimadas han roto su amistad, el compañerismo y el acuerdo político, y pugnan enfrentados por liderar lo que queda de sus siglas.
Cada uno defiende una opción para desmentir los nefastos datos de las encuestas que alertan sobre la posibilidad de quedarse sin escaños en el Congreso. Bal defiende el regreso al centro y la posibilidad de llegar a pactar con Sánchez, como ya hicieron con los estados de alarma en plena pandemia. Su línea roja es no sumar con Bildu y ERC.
Arrimadas que, además, no cuenta con el apoyo mayoritario de sus bases, ve más fácil los acuerdos con el PP. Al igual que Begoña Villacis, la vice alcaldesa de Madrid, y uno de los pocos cargos públicos de Ciudadanos que aún sigue con mando en plaza.
Lo grave es que ninguno de los dos ex amigos parece contar con él unánime entusiasmo de una militancia mermada por las fugas, sobre todo al PP. Todavía puede aparecer un tapado que deje a los dos contrincantes fuera de juego o que sea capaz de ofrecer una candidatura de consenso. Porque, cuando se trata de supervivencia, lo peor son las guerras internas y, sobre todo, en la cúpula. No hay nada que aleje mas a los posibles votantes que las guerras fratricidas. Cuando el PP se asomó a un túnel negro en las encuestas fue, precisamente, cuando entre Casado y Ayuso volaban los cuchillos.
Por otra parte, Ciudadanos tiene una imagen de hiperliderazgo, desde su creación de la mano de Albert Rivera, que acarició el sueño de llegar a la Moncloa repitiendo, desde el centro, la hazaña de Adolfo Suárez. No hay pues muchas caras conocidas que puedan dar la sorpresa y ganar las primarias el nueve y el diez de enero próximos.
Arrimadas sorprendió a propios y extraños al abandonar su escaño en el Parlament de Cataluña. Ciudadanos ganó en 2017 las elecciones, pero la suma de los votos del independentismo les impidió alcanzar la Generalitat. No presentaron una moción de censura, pero su peso en la cámara catalana era notable y el liderazgo de Arrimadas tenía también peso político.
Resulta difícil de entender que se viniera al Congreso en Madrid para sestear a la sombra de Rivera y recoger los restos de la debacle que le alejó de la política.
Dicen los politólogos que las elecciones en España las gana el voto del centro y que las siglas que consigan atraer a estos votantes serán capaces de llegar a la Moncloa. No parece pues lo más adecuado que, en medio de la polarización y el clima de enfrentamiento, los dos dirigentes más conocidos de Cs hayan optado por tirarse los trastos a la cabeza.