Mucho animal

Me comentó una profesora de universidad hace ya varios años que al proyectar “Nanook el esquimal” a sus estudiantes de “Historia del cine documental”, una alumna abandonó el aula. El protagonista es un esquimal que igual te construye un iglú al lado del Polo Norte, que enseña a su hijito a disparar con arco o le vende pieles al hombre blanco en la factoría. La estudiante salió corriendo justo en el momento en que Nanook, pesca, mata y se come un ojú (una especie de foca, morsilla —de morsa pequeña— o similar) y su famélica familia le ayuda en esta última operación, de muy buena gana. La secuencia de la caza del ojú —al que solo se ve en pantalla troceado en modo “pinchito” mientras se lo come— le causó una impresión tan fuerte para su sensibilidad y aprecio por la naturaleza que no puso soportar aquello más y tuvo que salir a toda prisa huyendo ante aquella atrocidad en busca de refugio. No ocurrió en Harvard, Columbia o UCLA: aquello tuvo lugar en una universidad madrileña alrededor de 2010. Y sin llegar a tanto, la repetición anual de aquella clase suele venir acompañada de ahogadas voces de horror.

En la misma asignatura se proyectan igualmente algunos fragmentos de otro documental: “La noche y la niebla”. Recoge las primeras —o de las primeras— imágenes de los supervivientes de los campos de exterminio nazi recién liberados. Aquellos esqueletos vivientes, los primeros planos de sus rostros, cuyo significado conocemos bien, nunca han producido, sin embargo, un efecto semejante en el aula. Algo similar ocurre en algunas de las secuencias de “Shoah”. Por ejemplo, el peluquero —judío y preso igualmente— que cortaba el pelo a quienes iban a entrar a continuación en las cámaras de gas. Se encuentra en aquella situación con unas vecinas y amigas de toda la vida de su pueblo que le preguntan con confianza ¿para qué es esto?… Nada. Se atiende, eso sí, pero apenas hay un signo de dolor, repugnancia u horror antes aquellas tragedias sin ficción.

Paradójicamente ante otro documental (“La sangre de las bestias”), que establece un paralelismo simbólico entre el sacrificio de reses y el exterminio en estos mismos campos, se produce otro hecho en los últimos años: los estudiantes se quedan en el lado animal de la metáfora. Les horroriza el sacrificio de vacas, caballos y otros animales, no lo que eso significa en la película. El horror queda en el campo animal, no trascienden a su extensión en el sacrifico de seres humanos.

El dolor se ha ficcionado tan mal que ya no sabemos qué poner para impresionar

Me he preguntado con cierta frecuencia qué nos ha pasado para que el sufrimiento humano haya perdido relevancia ante el “sufrimiento animal”. Mis amigos aficionados al cine o a las series de televisión me cuentan que hemos visto actuar a tantos asesinos en serie, y con unos métodos tan cruelmente sofisticados en sus tareas de torturar, que nos hemos vacunado ante todo ello. Otros prefieren pensar que son las narrativas las que nos impiden entender el dolor. Gentes golpeadas, heridas, enfermas de gravedad, caminan, al principio con sufrimiento, pero luego casi tan tranquilos hasta el final de la película para acabar en el corrillo feliz de los triunfadores. Hasta los jugadores de fútbol, que ruedan por el mullido césped gritando su dolor brutal ante alguna entrada del contrario, siguen correteando luego como si nada y hasta marcan goles. El dolor se ha ficcionado tan mal que ya no sabemos qué poner para impresionar.

En fin, mientras nos regodeamos en dolorosas formas de muerte de los humanos los animales han dejado de morir en nuestras ficciones y menos aún de sufrir. Desde luego siempre hubo perros que formaban parte de las familias en las películas; pero ahora forma parte de nuestro paisaje y de nuestro paisanaje. La mayor parte de las mascotas han dejado de ser omnívoras porque sus dueños les proporcionan exclusivamente aquellos alimentos que les aconsejan la publicidad y a veces hasta los veterinarios.

Esa entrada en el hogar de perros, gatos y otros animales (normalmente de pequeño tamaño, aunque no siempre) ha creado un lenguaje humano dirigido específicamente a ellos. Yo les supongo perplejos cuando oyen a sus dueñas y a sus amigas dirigirse a ellos en el mismo tono de voz que emplean para dirigirse a los bebés. Supongo que los pobres animales que ya estén entrados en años se sentirán humillados por ese tratamiento impropio para gentes de su edad por parte de adultos humanos que son sus dueños o amigos (de sus dueños).

Fui testigo de una situación para mí sorprendente. Un ciclista urbano atropelló, o tropezó más probablemente, a un perro que pasaba por la calle. Desde luego no era un paso para peatones. Se pegó un tortazo monumental contra el suelo (el ciclista). Los transeúntes se arremolinaron alrededor del can y el pobre hombre, hecho polvo en la calzada apenas consiguió atención.

Esa conducta que prefiere lo perruno, o gatuno, a lo humano, es algo aprendido, cultural. No se nace así. Al menos eso muestran hasta ahora mis observaciones en el laboratorio social de la calle. Un adolescente maleducado (no socializado o escasamente), hace apenas unos meses, hablaba por teléfono con una amiga con quien quería encontrarse. Le espetó que podrían encontrarse en cuanto dejara en casa a aquel “puto chucho de mierda” que había sacado a pasear… y a algo más. Me sorprendió porque era una expresión de otra generación. En realidad, de otras generaciones anteriores a esa nueva sensibilidad. Verdaderamente aquel adolescente estaba culturalmente poco integrado.

Tengo para mí que estos comportamientos son a veces respuestas inconscientes de una generación abandonada por sus hijos que ha tenido que poner su afecto en algún ser vivo cercano. En esto solo unos pocos vecinos de toda la vida (que van muriendo) y las mascotas (que también se mueren, pero son remplazables) están de verdad cerca de muchos ancianos, que se conformarían con una cercanía similar a la de unos y otros.