Montero Padilla

Por el magnífico y excelso trabajo documentado de Javier Reguera, que apareció inserto en este medio el pasado domingo 18 de junio, he conocido la triste noticia del fallecimiento de don José Montero Padilla, figura señera del arte de escribir y de explicar lo que se escribe y lo que se lee, desde la elevada atalaya de su magisterio, dotado de una sensibilidad especial para adentrarse en el análisis y comprensión del maravilloso mundo de la literatura, igual la vivida como la imaginada y sobre la que tantas enseñanzas dejara entre nosotros, durante su afortunada permanencia en Segovia.

Nada más se puede añadir al formidable panegírico de Javier Reguera. Todo lo que se dijera a mayores sobre la figura intelectual de Montero Padilla, resultaría innecesario por redundante. En todo caso, quizá sólo añadir que me parece que también llegó a ser concejal del Ayuntamiento predemocrático de Segovia.

Salvo esto, no pretendo añadir nada nuevo a lo ya dicho. El motivo para mostrar la vela que he decidido encender en este entierro, nunca mejor dicho, y que admito que nadie me ha dado, es el de poder atestiguar acerca de su bonhomía y de las numerosas virtudes que atesoraba también como persona, de las que quiero voluntariamente dar fe, puesto que de las mismas llegué a obtener algún provecho, como se acredita en la anécdota que me dispongo a contar.

Verán, uno andaba empeñado en estudiar la carrera de Geografía e Historia. Estábamos en el curso académico de 1974/75 y don José era el responsable de impartir la asignatura de Historia de la Literatura, en el colegio universitario Domingo de Soto, de la añorada Obra Social de la extinta y por supuesto todavía aun más añorada Caja Segovia.

Sucedió que justo en las vísperas del examen final del mes de junio y con las clases ya finalizadas, quien esto escribe sufrió una pequeña conmoción cerebral jugando al fútbol con el equipo de la Diputación, que participaba en un campeonato entre empresas segovianas, disputado en el desaparecido campo de deportes de El Peñascal. Después de pasar unos días pendiente de observación internado en la clínica Gila, acudí a visitar al señor Montero Padilla en su despacho de la Delegación Provincial de Educación y Ciencia, en la actual sede de la UNED de la plaza Diego de Colmenares, con el fin de justificar mi ausencia del examen y, sobre todo, para ver si se podía buscar alguna solución a mi problema académico sobrevenido.

Con toda la amabilidad del mundo de la que solía hacer gala, me citó unos días más tarde en el mismo lugar, para que me presentara portando un sucinto trabajo sobre los poetas de la Generación del 27 y para someterme además a un breve examen oral, que finalmente versó sobre la obra de uno de sus autores preferidos: José Martínez Ruiz ‘Azorín’; aparte de afearme que en el ensayo presentado no hubiera incluido a Manuel Altolaguirre entre los integrantes del grupo del 27. Ya nunca lo olvidaría.

Con más magnanimidad por su parte que conocimientos por la mía, me otorgó el aprobado raspado de la asignatura, evitándome acudir con ella colgada al mes de septiembre. Así se mostraba humanamente aquel brillante intelectual.

Mi gratitud de entonces debe convertirse ahora en obligada oración. Siempre permanecerá en la memoria de los que tuvimos la fortuna de conocerle y de tratarle. Descanse en paz don José, en el dorado Parnaso celestial de las almas cultivadas.