Mirar con atención

Mi compañía de seguros me desea un Feliz Día de la Alegría que, según me dicen, se celebra hoy, 1 de agosto. Por lo visto hace ya más de una década que se viene celebrando en algunos países esta conmemoración en la que se busca valorar la importancia y la necesidad de cultivar ese sentimiento de bienestar, gratitud y satisfacción con la vida, como lo es la alegría, pese a las dificultades que una persona pueda experimentar en su andar cotidiano. Bien está. Me da pie para esta reflexión.

Cuando seguimos en medio de la pandemia, intentando ver cómo podemos combatirla, cuidándonos unos a otros y tanto se habla y –se vive- de crisis, de problemas, angustias, agobios, quejas… es más necesario que nunca compartir un grito de coraje, una palabra de alegría, un brindis por todo aquello que es humano y grande, todo aquello que no se nos puede arrebatar. Miramos alrededor y quizás vemos demasiados jirones rotos, demasiados sueños truncados y demasiados semblantes sombríos. Pero miremos mejor. Miremos, con atención, porque también hay sueños realizados. Y hay sonrisas invencibles, y flores que crecen y se abren paso entre los resquicios del duro cemento. Miremos a los rostros arrugados por un millón de sonrisas previas. Miremos a la gente que vive enamorada, y que hace de la ternura su mejor arma. Y al que encuentra, en Dios, refugio y hondura. Miremos juntos al mundo que, vibrante, late con tanta vida en su seno.

Sin embrago, hay que tener cuidado porque cuando uno mira alrededor es fácil quedarse en titulares. Y, tristemente, los titulares suelen reflejar las dimensiones más problemáticas de las historias: enfermedad, accidentes, crisis, violencia, trapicheos… Sin embargo, hay tanto bien en torno. Hay tantas personas buenas, generosas, íntegras. Hay tantos deseos que nos hacen humanos y a la vez nos empujan a avanzar. Hay tantas posibilidades en nuestras manos… Nosotros somos los creadores, los alfareros de un tiempo nuevo. Los que llevamos en la entraña la semilla divina para poder desplegar en este mundo todas sus capacidades.

Hay quien solo contagia amargura o escepticismo. Pero hay, también, quien con sus palabras, con sus miradas, con sus gestos o con su calma, transmite serenidad, alegría, ayuda a encontrar motivos y horizontes. Hay mucha gente así en la vida. Tal vez no copan titulares ni acaparan portadas. Pero si tenemos la suerte de encontrarlos y de compartir un rato con ellos, nos ayudan a afrontar los problemas reales y a disipar problemas imaginarios. Y nos hacen pensar que la vida es bella y digna de ser vivida, y nos ayudan a recobrar –si acaso lo hemos perdido- el aprecio por los otros y el entusiasmo. No es la suya la alegría vacía o engañada de quien cierra los ojos a la realidad, sino la alegría lúcida de quien sabe apreciar lo importante.

Muchos de nosotros tenemos tantos motivos para sonreír… que, por consideración con los más rotos, y por gratitud por todo lo que hay de milagro en nuestras historias, podemos ser más joviales, menos quejicas, más ligeros. Podemos gritar, alborozados, por los encuentros y los proyectos que ilusionan. Podemos cantar, desafinando si hace falta, cada vez que la buena noticia nos alcanza. Podemos reconocer, con asombro genuino, lo afortunados que somos. Y podemos mirar, extasiados, lo bueno que hay en tantas vidas.

El Papa Francisco nos recuerda con frecuencia a los cristianos y puede servir para todos que: “la alegría no es vivir de risa en risa. La alegría no es ser divertidos. Es otra cosa. La alegría cristiana es la paz. La paz que se encuentra en las raíces, la paz del corazón. La paz que solo Dios nos puede dar. Esa es la alegría cristiana. Y no es fácil custodiar esa alegría. El inicio de la alegría es comenzar a pensar en los demás. La vida adquiere sentido en buscar el bienestar del prójimo deseando la felicidad de los demás”.

Feliz mes de agosto. Con Gloria Fuertes deseo: “que no haya paro interior, rechaza la tristeza, empléate en la alegría”.