Miguel Velasco – Un preacuerdo político que podría disolverse como un azucarillo…

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Un preacuerdo político que podría disolverse como un azucarillo en las aguas depuradoras de la sensatez
(Tragicomedia en III actos)

ARGUMENTO. – El argumento de la obra descansa en un sorprendente y envilecido preacuerdo sustanciado con nocturnidad, apresuramiento y no poco riesgo político a las pocas horas del escrutinio del 10-N del que PSOE y UP confiaban en resultados ventajosos que les permitieran: a uno consolidar el colchón del poder en la Moncloa y al otro poco menos que tocar el cielo, que tanto ansiaba desde su agitación en su día en la Puerta del Sol. Aunque es posible también que a paño tan insólito como indecente pudiera estar pactado –por si acaso- tiempo antes de las empecinadas elecciones aquellas. Sin embargo no fue así para ninguno ya que los pelos que se dejaron en la gatera del sufragio supusieron un golpe indeseable con la pérdida de 760.000 votos, 3 escaños y la mayoría absoluta en el Senado para Pedro Sánchez y 654.000 votos y 7 escaños en el caso de Pablo Iglesias. Pero no importó. O a lo mejor todo es un postureo del candidato para librarse de los compromisos que le atenazan.

ACTO I. – Se abre el telón. De los peines del proscenio cuelgan cuatro bastidores a modo de decorados o como losas que pesan sobre las espaldas del presidente en funciones: la violenta actuación de los antisistema quemando Barcelona; la inhumación de Franco del Valle de los Caídos; los ex presidentes andaluces Griñán y Chaves y el presidente Torra sentados en el banquillo. En la escena el aspirante Pedro Sánchez medita, embelesado en las consecuencias de lo que acababa de hacer suscribiendo el maldito preacuerdo con el comunista, antisistema y enemigo de la Monarquía Parlamentaria Pablo Iglesias a quien tanto había denostado y descartando cualquier acercamiento para la formación de gobierno; del gobierno estable y fuerte que España necesita. Sin embargo el candidato Sánchez sabía que ese abrazo de oso del día 12 a lo que podría conducir es a un cambio de la fórmula del Estado constitucional, la quiebra territorial y desmembramiento de la unidad de España e incluso a la abolición de la Monarquía. Nada menos. Los socios (en su mayor parte separatistas y antisistema) no se conformarían con menos.

Sin embargo en esas reflexiones también es posible que apareciera una diabólica estrategia que le permitiera no perder la cabeza (como lo fue el 2 de octubre de 2.016) y aparecer ante la opinión pública limpio de polvo y paja. Mientras –al aflorar el preacuerdo con Iglesias había de soportar la crítica de su propio partido (a cuya Ejecutiva ni a las bases había consultado en su afán egocéntrico) que le recriminaba la decisión del pacto. De ahí la censura del propio Felipe González, o las posturas en contra de García Page, presidente de Castilla La Mancha, Javier Lambau, de la Comunidad aragonesa, Juan Carlos Ibarra que le ha amenazado incluso con romper su carnet de militante si continuara en su obcecación. Ahora habrá que ver lo que dicen las bases. Pero el candidato Sánchez urdía, en su estrategia, unas maniobras que le limpiarían la polvareda levantada, aunque sin abandonar por eso su obsesivo reingreso en la Moncloa: por una parte la abstención o el no de ERC respecto a su investidura –como es de esperar- que le ligaría a su compromiso no deseado de la secesión catalana). También reflexionaba en una supuesta y deseable abstención como gesto de salvación nacional del PP (a cambio naturalmente de algunos compromisos de Estado y de Gobierno) que servirían a Sánchez de excusa para justificar ante Iglesias (el compañero de viaje antisistema y proclive como sus socios a la desintegración del Estado y de la institución monárquica como paso hacia otro modelo de Estado frente a los españoles constitucionalistas con la ruptura de ese preacuerdo que le ha llevado tan bajo en su crédito político podría sacar la cabeza del fango. Con esta estrategia le quedaría la sensación de no haber conducido a España hacia el abismo político y tener más expedito el camino en solitario (aun con menos votos y coaliciones indeseadas) hacia el Palacio de la Moncloa. Visto así, con ese gesto tampoco el PP adquiría mayor compromiso que el facilitar un gobierno más estable a la fuerza más votada, revalidando de ese modo incluso su posicionamiento de liderazgo del centro-derecha.

ACTO II. – Aparece Pablo Iglesias en escena. Por el gesto se deduce que espera impaciente el desarrollo apresurado –por si acaso- del preacuerdo con el socialista Sánchez para “tocar el cielo” como es su esperanza y su ambición desde hace tiempo. Para llegar a esto ha tenido que pasar por carros y carretas. Y tragarse los sapos del ninguneo, de la indiferencia, incluso del rencor de su compañero del dulce viaje hacia el Consejo de Ministros ¡no se puede llegar a más! Y Pablito se frota las manos. No conoce las cartas que Pedro tiene en la manga. ¿Qué pasaría si el preacuerdo gestado aquella noche de marras cara a cara entre dos políticos ambiciosos que ni siquiera consultaron a sus bases y círculos próximos de su gestión política si no tuviera viabilidad? Que se convirtiera en papel mojado después de la convulsión producida en el país. Que se diluyera como un azucarillo en las aguas depuradas de la sensatez. Pues que volvería el reposo y la recuperación de la serenidad tras la zozobra en la que la España constitucionalista ha vivido estos días y que había alterado un estado de bienestar que desde hace 40 años disfrutaba de una convivencia consensuada y donde quedaron enterrados el odio, el rencor, el fanatismo, la radicalidad, la intransigencia y la intolerancia. Y que se repondría la dislocada inquietud despertada en sectores como el empresariado, la banca, los Sindicatos, las corrientes inversionistas, el sistema de pensiones, los flujos turísticos, etc. Así como los recelos con la Iglesia y con Europa. Que Iglesias no quiere verlo.

Y que Pablo Iglesias, de cuyo seno también renegaron algunos de sus fieles y 654.000 admiradores hace unos meses que ahora le volvían la cara, debería volver a sus lares con la lección aprendida de que en política todo es posible y que nada está bien atado.

ACTO III. – Desde ambos lados del escenario, ambos líderes se van aproximando. Se miran con recelo. Es como si pensaran en la inmensa responsabilidad que iban a adquirir ante un país en orden y en paz (sobre todo cuando alguien reconduzca los tumultos catalanes). También como si presagiarán que las aguas de la sensatez mojaran aquel papel diluyendo como un azucarillo el desafortunado preacuerdo que aquel día rubricaron en un contubernio nocturno y tenebroso. Ya cercanos, muy próximos, se funden en un abrazo hipócrita. En un abrazo del oso que termina, como dice la tradición popular, devorándose uno a otro. En las bambalinas del teatro se proyecta esa sombra oscilando de un lado a otro mecida por el viento de la incertidumbre.

CAE EL TELON.