La población Infantil

Pese a los efectos devastadores del tsunami cronológico —una vida— que empujó nuestras vivencias infantiles al archivo intemporal, la consciencia no ha sido capaz de borrar “aquellos días azules y ese sol de la infancia” permitiendo que de vez en cuando se evoquen aquellas felices páginas convirtiéndolas en casi reales. Y afloran en ese caleidoscopio maravilloso aquellos juegos inocentemente hermosos practicados en grupos entonces afines en plazuelas de barrio hasta ser requeridos a voces a la hora de comer —lo que había— o para degustar en la merienda aquella onza de chocolate Herranz y pan moreno que sabía a gloria: el triángulo o el gua con bolas de mazarrón o mármol; el rescate, la dola, las carreras de tapas de botella con Delio, Langarica, Berrendero o Bahamontes, el tango, las chanflas y, sobre todo fútbol (bien como amistoso en las plazuelas o de “enfrentamiento” entre barriadas en los altos de la Piedad). Eso sí: siempre en convivencia, siempre en grupo. Se vivía en racimo.

Ahora es distinto. Ya no hay grupos en las plazuelas que jueguen al futbol ni den pelotazos en el vientre de las paredes rotas. Ni se oyen gritos y risas de la gente menuda. Las plazuelas se han quedado sin niños. Es que hoy se vive, claro, de otra manera. La población infantil ahora vive aislada, confinada, víctima del móvil, de la tablet o del ordenador introduciéndose en plataformas no siempre con contenidos adecuados a su alcance, herramientas digitales que comparten con los adultos sin que ello preocupe demasiado a los mayores. Han cambiado la pelota por el peloteo digital. Y han cambiado la convivencia de grupo por la soledad individual. En sin duda el progreso.

Pero me llama especialmente la atención lo que pueda haber ocurrido en las mentes de los pequeños con la influencia de la transformación de la calidad de vida tras el confinamiento por la pandemia derivada del coronavirus maldito. En esos 75 días de encierro involuntario los pequeños han asistido asombrados, en casos, a un mayor disfrute del cariño de su familia a su alrededor (también sin duda a broncas y desencuentros que el roce intensivo produce) y de cómo se abandonaron las calles. Y los saludos. Y se perdieron los besos y los abrazos que veían habituales. Ni siquiera ahora pueden dar un beso o un abrazo a sus seres queridos como los abuelos, los tíos, los primos, ni se celebran tampoco los cumpleaños con el regocijo de antes. Ni siquiera pueden asistir a esas primeras comuniones en el colegio ahora aislados. Y no quiero pensar en cómo les pueda influir el pesimismo que les rodea si ha tenido que ser ingresado un familiar o se ha producido un deceso en su entorno. O la pesadumbre que les cala por insuficiencia vital. Y ahora preguntarán por qué la gente —aun siendo amigos como antes— no se saludan. Y van enmascarados.

Y tienen miedo. Y los niños no corren. Ni juegan casi porque tienen arrinconado el balón. Ni siquiera en los recreos del colegio, donde no se pueden dar pelotazos. Un equipo contra otro. Y por qué no han sabido hasta el comienzo de curso —o incluso después— con qué se iban a enfrentar cuando volvieran a clase. A entrar sin aglomeraciones, y con pugnas por ser el primero. Y sentir que todos los días les toman la temperatura cuando antes solo lo hacia su madre cuando tenía anginas. Y cómo tienen que reconducirse dentro por trazados ya marcados. Y cómo en la clase domina la distancia entre unos y otros y la mascarilla se ha convertido en una hermana. Y el lavado de manos casi permanentemente. Y no poder comentar sus clases con los compañeros de siempre ahora distanciados. Y cómo captan la desazón de los profesores quizá por la falta de seguridad que les ha impuesto la nueva ley de la educación. Y cómo se aísla a una clase en cuarentena al menor brote del virus y se estigmatiza al contagiado o a toda el aula. ¡ay, el contagio que sobrevuela sobre sus cabezas!

Y ya en casa percibirán, sobre todo, por su permeabilidad, la inquietud y el desasosiego de sus padres por la constante información de la extensión de la pandemia que tiene a todos acobardados. Más aún a la población infantil que, emocionalmente, es la más vulnerable.

Por eso digo que, aun ignorándolo, no sé cuáles serán las consecuencias de esa situación emocional que está viviendo esa infancia de forma permanente durante ya mucho tiempo. Posiblemente solo los más fuertes lograrán superarlo. Los otros precisarán una mayor envoltura de protección y de amor que los proteja. Y será en el binomio hogar y colegio en donde la población infantil más vulnerable pueda encontrar el apoyo y cariño que necesitan. La sociedad ha cambiado. Pero la mentalidad infantil (que está soportando en este tiempo presiones que ni pensábamos) sigue siendo frágil y permeable a las emociones. Como siempre. Lo que pasa es que ahora está más indefensa que nunca.