Meditación

Noticias, artículos, sucesos…, el devenir de la información dirige permanentemente nuestra atención hacia todo cuanto ocurre allá fuera. Y es en el reino del mundo exterior donde se está cociendo un futuro sumamente preocupante. Agendas, proyectos y planes se urden delante de nuestras narices sin que nadie nos haya preguntado al respecto. Escondidas tras eslóganes ciertamente atractivos –léase el sostenimiento planetario, el bien común y tantos otros– se agazapan gravísimas restricciones de derechos y libertades dignas de las dictaduras totalitarias más férreas. Estudiadas manipulaciones provocan el irracional efecto de generar el aplauso ante un ataque personal y directo hacia nuestro propio “statu quo”. Sin comerlo ni beberlo, quienes nos gobiernan están construyendo para nosotros una vivienda a su medida en la que viviremos felices a costa de entregar nuestra individualidad y al precio de robarnos lo propio. Un torrente de normas sin sentido está regando los campos de nuestras vidas. Todo, absolutamente todo, está reglado. En breve regularán la forma de alimentarnos, las horas que tenemos que dormir, aquello que hemos de pensar y con quién debemos convivir. Ya casi todo está sancionado con multas desorbitadas. Conocen lo que compramos, con quién nos relacionamos, a qué lugares viajamos, el dinero que gastamos. Nos han convertido en adictos a un teléfono sin el cual resulta imposible realizar la más mínima interactuación. Y es que se ha instaurado en el mundo una nueva forma de esclavitud sin que hayamos caído en la cuenta de ello, porque nos han robado el tiempo que utilizábamos antes para meditar.

Ya decía Carl Gustav Jung que “el mayor peligro que la humanidad enfrenta no viene de ninguna fuerza externa, como desastres naturales, enfermedades o pandemias, sino de la psicosis colectiva”.

No nos quedemos en lo meramente físico. Sin lugar a dudas, esta infección global viene acompañada por un virus mental que reduce la capacidad de las personas para ver la realidad. El miedo provoca el asentimiento ante normas que, en defecto de aquél, resultarían execrables. La mansedumbre colectiva es el campo de cultivo ideal para sembrar las semillas del control del individuo con la aquiescencia y cooperación de los mismos controlados.

Todo parece indicar que ya estamos embarcados en un viaje de ida que no tiene vuelta atrás y por ello es necesario encontrar las armas adecuadas para afrontar esta nueva situación.

La meditación es una herramienta de probada eficacia desde milenios atrás. Ya en los Vedas –eternos, sin comienzo ni autor, las más antiguas obras literarias de los Indo Arios– se habla de meditación. La palabra “veda” significa conocimiento, no aquel que proviene simplemente de los órganos de los sentidos y cae bajo el campo de acción de las ciencias físicas, sino de ese conocimiento transcendente que le sirve a aquél de sustento y al que denominan “Conciencia”.

Las Upanishads, esa parte final del Veda dedicada al estudio experiencial de ese conocimiento profundo a través de ciertos soportes externos –la meditación–, nos van encaminando hacia la meta del conocimiento de nuestro verdadero Ser.

Puede leerse en la Bhagavad Gita que: “…se dice que ha llegado al Yoga de la Meditación el que no está apegado a los objetos sensibles ni a las acciones y ha renunciado (yendo más allá de ellos) a los pensamientos”.

Patanjali, en sus “Yoga Sutras”, hace dos mil años, definía la meditación como “la continuidad perceptiva en el punto de concentración”.

Hace poco me preguntaba un amigo si meditar era sentarse a pensar. Se trata de estar quieto y en silencio, sí, pero no para pensar, sino para todo lo contrario.

La meditación consiste en enfrentarse a uno mismo, en controlar –detener– los procesos mentales –pensamientos, sentimientos, emociones– que son los que, en definitiva, rigen nuestra existencia impidiéndonos ver las cosas tal cual son. Creer que somos los dueños de nuestra mente no deja de ser un mero pensamiento ilusorio. Basta con observarla un momento para comprobar que es ella quien domina nuestro transitar por la vida. Ese discurrir mental es el causante de nuestra dicha o infelicidad y se erige como el objetivo primordial de ataque por parte de quienes pretenden manipularnos.

Meditando con frecuencia, todo se vuelve claro y transparente, permitiéndonos distinguir lo Real de lo virtual y reconocer dónde se encuentra escondida la Verdad tras ese borbotón de información manipulada. Como efectos colaterales de la meditación, si bien no es su propia finalidad, se encuentra el concedernos estabilidad psíquica, calma mental, equilibrio y tranquilidad. Nos reconecta con aquella concentración perdida que nos acompañó hace tiempo y nos permite ser felices sin dejarnos llevar por lo que ocurra fuera pero, eso sí, siendo conscientes de lo que pasa.

Así que, sentémonos un momento, quedémonos quietos y meditemos.