Luis Peñalosa Izuzquiza – Pandemías

“Enfermedad epidémica que se extiende a todo el mundo”. Sin duda es así en el caso del corona-virus y es una oportunidad única para plantearnos el efecto global de tantas otras “enfermedades” que padece la humanidad y que se nos ocultan por motivos políticos, económicos, religiosos etc. para no enfrentarse a soluciones que afectarían a los intereses egoístas de los más poderosos. Estas pandemias tienen un elemento común: las tremendas desigualdades que existen en la sociedad mundial y que se manifiestan en forma de hambrunas criminales, al lado del despilfarro escandaloso de alimentos en el mundo “civilizado” y de toda clase de carencias habitacionales, educativas, culturales, etc etc.

No podemos afirmar que este último virus sea absolutamente democrático, pero se ha demostrado que el remedio eficaz para controlarlo, pasa por el aislamiento domiciliario de toda la humanidad, lo cual ya es un factor de igualdad. Evidentemente no es lo mismo pasar la cuarentena en un semisótano, junto a un maltratador, que en un chalet familiar con piscina pero al menos ha permitido avanzar solidariamente hacia la solución del problema sanitario y esto ha sido asumido de forma ejemplar por la inmensa mayoría de la población, a pesar de las malas influencias de personajes esperpénticos como Trump o Bolsonaro, que, casualmente, también niegan el cambio climático.

No es ninguna sorpresa, pero no todos los políticos están dando la talla que cabría esperar de quienes tienen tan alta responsabilidad y, algunos, se están dejando arrastrar, por un sectarismo infantiloide, en sus críticas al encomiable trabajo que está desarrollando el Gobierno de la nación. No merece la pena perder mucho tiempo en responder a sus criticas histéricas, los resultados de esta actividad incansable pondrá a cada uno en su sitio.

Es más comprensible el debate sobre las repercusiones económicas que sin duda va a tener la pandemia, porque los intereses de los diferentes grupos sociales son en muchos aspectos contrapuestos, al menos en cuanto a la proporción de las cargas de esta catástrofe que cada uno debe asumir.

Creo que hemos tenido mucha suerte al enfrentar esta crisis liderados por un Gobierno que es sensible a los problemas de los más desfavorecidos y que cree en el papel regulador del Estado para ir eliminando las desigualdades que ya aumentaron exponencialmente con la anterior crisis económico-financiera (“la gran estafa”). Me aterroriza pensar en lo qué hubiera ocurrido si esta pandemia nos piílla en manos de salvapatrias ultraliberales e incluso nostálgicos del franquismo.

Esperemos que esta situación de emergencia nos sirva, al menos, para que tomemos consciencia de las carencias de nuestro sistema sociosanitario que, con ser un ejemplo para otros países, como los Estados Unidos, se ha venido deteriorando, paulatinamente, por los recortes aplicados por los gobiernos neoliberales. La profesionalidad y vocación del personal sanitario, no han podido contrarrestar la falta de medios materiales y humanos que se han puesto de manifiesto ante esta pandemia.

Y, finalmente, es fundamental que dediquemos muchos más recursos a la investigación científica, para encontrar remedios a este tipo de catástrofes que el corona-virus ha puesto sobre la mesa de la realidad.

Afortunadamente ya pasaron los tiempos en que se intentaba combatir las pestes que asolaban a la población con rogativas y otras manifestaciones religiosas y actualmente la ciencia trabaja, con ritmo frenético, a fin de encontrar remedios para paliar e incluso prevenir los efectos de las pandemias. Pero hay que aumentar drásticamente las inversiones en este campo, en lugar de suprimir impuestos a las grandes fortunas, por ejemplo.

Sin perjuicio de que, quien sea creyente, utilice la religión como paliativo para sus sufrimientos ante estas situaciones. Perdónenme que yo espere más de la ciencia que del voto a san Roque, que algunos practican.

Y no lo tomen como una actitud beligerante frente a las religiones, pero no olviden que la Ciencia no ha perseguido a las creencias religiosas, mientras las religiones sí que han perseguido y torturado a innumerables científicos a los que debemos grandes avances de nuestra civilización.