Los tontos y el impuesto sobre plusvalías

Los juristas, siempre tan precisos en la utilización de los términos, distinguen la presunción iuris tantum —una presunción que despliega su eficacia hasta que no se demuestre lo contrario— de la iure et de iure, en la que no hay dudas que valgan: es una afirmación que no admite prueba en contra. No creo ser especialmente atrevido cuando aseguro que hay dos presunciones —al menos— iure et de iure. Que son las siguientes: con la Hacienda no hay quien pueda. Primero. Y, segundo, algunos de los componentes del género humano son de una tontuna inusitada.

Aunque, como hemos dicho, no se necesite demostración posterior —por ser presunciones iure et de iure— el caso de las plusvalías municipales ha puesto en evidencia ambas formulaciones. El Gobierno se ha dado una prisa morrocotuda por restaurar el orden tributario que aplicar a los ciudadanos. Paradójicamente, cuando un ciudadano se enfrenta a un problema con Hacienda, aunque posea palmariamente razón, se le aconseja otro principio jurídico también con formulación latina: solve et repete. Que quiere decir: primero paga —solve— y después reclama —repete—. O sea: paciencia, que las prisas son malas. Hace unos años viví uno de los episodios más curiosos de mi vida profesional. A la sociedad de la que era gerente —La Pinilla S.A.— se le reclamaba otro impuesto municipal, el IBI, de un inmueble del que había dejado de ser propietaria hacía años. Así lo atestiguaba el Registro de la Propiedad —el único con fe pública—; incluso en nuestras alegaciones indicábamos los verdaderos propietarios de las fincas en ese momento. Pero ni leches. Teníamos que pagar. Como un catastro vetusto decía lo contrario, y era una empresa conocida, pues zasca al mono, que es de goma. Éramos, digo, una empresa y el cobro no resultaba tan complicado como a un particular. La respuesta de la funcionaria de la Diputación fue meridiana. Recurra usted. Pagando primero, claro. Hacienda siempre gana.

¿Es un decreto ley el instrumento jurídico adecuado? ¿No es un caso flagrante el impuesto de plusvalías de doble tributación?

La otra presunción en la que no cabe alegación alguna —la estulticia de algunos de nuestros congéneres— tiene también relación con el impuesto sobre plusvalías. Recuerden el fin de semana pasado a la ministra de Hacienda anunciando entre sonrisas que en unos días el asunto volvería a estar vigente, dispuesto a ser aplicado tras el revolcón —no completo, por cierto— del Tribunal Constitucional. Digo no completo porque hasta el alto tribunal temió enfrentarse con Hacienda y en una segunda sentencia limitó la retroactividad. Y ahí ven ustedes a algunos paisanos aplaudiendo entusiasmados a la ministra ante el anuncio de que en un plazo corto volverían a meterles mano —metafóricamente hablando— a los bolsillos. Algún alcalde habría, es posible. Pero, ¿todos los que aplaudían eran alcaldes? Me temo que no. Que esa mezcla peligrosísima de pertenencia a un club, a una secta, a un partido, y la tontuna humana produce efectos sorprendentes. Por ejemplo aplaudir a un impuesto. Y ojo, que la nueva regulación ofrece sus dudas. ¿Es un decreto ley el instrumento jurídico adecuado? ¿No es un caso flagrante el impuesto de plusvalías de doble tributación? Aquí no hay excusas, como en el de Sucesiones, de distinto sujeto pasivo, dado que solo hay uno.

Muchas veces me he preguntado la causa de la tontuna que le asalta al género humano en su relación con el poder. Unos se obnubilan ante los poderosos, siempre abducidos frente a la menor brizna de autoridad, sea del campo que sea. Parece que se les agua el cerebro, como les ocurre a algunas ovejas. Se amorran, dicen en el Pirineo. Otros, y esto es lo peor, se atontan cuando tocan poder. Se alejan de la realidad. Se encierran en su torre ebúrnea. Incluso se creen solo con deudas ante Dios o ante la Historia. La cosa de la ministra de Hacienda se queda en nada comparada con todos los tontos de Nicaragua vitoreando al sátrapa Ortega. Y aún más cuando se contempla en qué ha devenido el antiguo revolucionario. Este desbordamiento de la personalidad inicial ante los fastos del poder tiene un nombre: Síndrome de Hybris.

La actitud ante los poderosos ha de ser siempre de recelo, incluso en una democracia madura como la nuestra. Y más cuando hay dinero de por medio. Y aún más cuando aparece la sombra de Hacienda

Hybris en griego significa arrogancia, comportamiento excesivo, déspota. Hybris era lo que sentían los inspirados por la diosa de la obcecación, Ate. Bajo su advocación se cometieron atropellos, excesos de poder, injusticias. Era el destino al que se entregaban algunos héroes o algunos tiranos en la Grecia clásica. Lo malo es que había siempre alguien que les reía la gracia, que se agazapaba bajo su manto, sosteniendo sus pasos y limpiando sus huellas llenas de polvo humano. Es ese momento en que la razón, la prudencia, el espíritu crítico —es decir, la parte más humana de los humanos— deja paso a la más animal, y por eso más pobre. La actitud ante los poderosos ha de ser siempre de recelo, incluso en una democracia madura como la nuestra. Y más cuando hay dinero de por medio. Y aún más cuando aparece la sombra de Hacienda.