Los minusválidos

He pasado unos días de descanso en “La Casona del Pinar”, hotel situado a 1230 metros de altitud sobre el nivel del mar y a cerca de 10 grados centígrados menos de temperatura que en Madrid. Es una finca inefable llena de pinos tipo Valsaín, chopos, sauces, castaños y tilos. Es una especie de balneario para descansar el alma, solo que a mí no me gusta demasiado descansar el alma, pues ya la tengo bastante descansada. De vez en cuando nos acercamos mi mujer y yo al cercano pueblo de El Espinar, a ver a mi amigo Germán, de Hermandades, de enorme parecido con el actor de carácter americano Edward G. Robinson. Con él me río enormemente a fuerza de boutades y de bromas estructuradas de tipo costumbrista. Germán, alias Edward G. Robinson, es bastante genial en su mal carácter.

El inconveniente de “La Casona del Pinar” es que es demasiado tranquila, y es ahí donde me ha dado por pensar en los minusválidos, tema nada fácil pero que yo debería de conocer muy bien, pues he sido minusválido tanto de niño como de anciano.

El minusválido es una persona que tiene mermadas sus facultades físicas. Diariamente pasan a nuestro lado sin hacerles ni caso. Pero minusválidos han sido en su trayectoria personal Rodrigo Rubio, que escribía en “Cambio 16”, así como Stephen Hawking. Ambos fueron felices hasta el final de sus vidas porque el primero se esforzaba en escribir lo que veía y el segundo lo que nosotros no vislumbrábamos y sí Albert Einstein.

A Stephen Hawking le encantaba el público y la fama. Ayudado por su ordenador parlante disertaba con sus espectadores mediante esa voz gangosa y aguda, la voz mecánica del gran físico cósmico y estelar.

Me hubiese gustado disertar con él personalmente.

A los minusválidos les vemos pasar día y noche, pero no les comprendemos ni nos ponemos en sus pellejos.

El minusválido te mira con expresión distante, generalmente crítica. Para moverse necesita de otra persona que empuje su carrito o su silla de ruedas, y ahí reside su intríngulis, “sin nadie que le empuje, él no se puede mover”. Nosotros no necesitamos a nadie y ellos sí.

La diferencia como vemos es abismal…. Pero el minusválido puede ser intensamente feliz o desgraciado. Es feliz en su más tierna infancia si se siente querido de sus padres y hermanos, pues puede desarrollar una imaginación tremenda que le haga compañía. No así en la vejez, pues acostumbrado a moverse sin parar como una peonza se le hace raro y molesto no poderse mover con autonomía y a un solo dictado de su voluntad.

Yo he sido minusválido de niño y ahora también de anciano, me llama la atención que el Señor en su misericordia quiera que termine mi vida como la empecé, desvalido e inmóvil; ¿qué sentido puede tener todo esto?. Nadie lo sabe, solo el Señor lo sabe, pero sin duda tiene un sentido y lo tiene que tener, la vida, la naturaleza, el cosmos, el universo, todo tiene un sentido el que quiera darle Dios, señor de vivos y muertos, aunque la muerte como tal no existe y sí la resurrección, para vivir una vida eterna libre de toda pena, enfermedad, carencia y minusvalía.