Los mantras tributarios

Ayer Luis Tudanca se reunía con los sindicatos en Burgos. Alfonso Fernández Mañueco con los empresarios en Segovia. Cuarta vez que el presidente de la Junta visita la provincia en lo que va de campaña. Tudanca se ve con los representantes de los trabajadores. Mañueco con quienes protagonizan la iniciativa empresarial. Una metáfora de sus respectivos programas electorales en el lado económico. O una de sus caras. La otra es el predominio de lo público o de lo privado como sustentadores de las respectivas políticas. Aunque una división drástica tiene un mucho de ficticio en este campo. Opino que, desde hace décadas –y ahora más, con la pandemia-, las fronteras sobre quién es el agente fundamental de la economía –la administración o la empresa; la planificación o el libre mercado- se han difuminado considerablemente.

En esto, los partidos digamos de derecha han ganado la mano a los de digamos de izquierda. En el campo moral los digamos progresistas llevan delantera a los digamos conservadores. Pero en el económico, no. En el económico, los liberales no tienen empacho de incentivar la economía con iniciativas públicas que financian a los agentes del mercado o incluso hacen de su actuación pública palanca para el desarrollo de la actividad mercantil. Y siguen llamándose liberales. Ya digo que el Welfare State introdujo las políticas socialdemócratas en la casa en donde reinaba el capitalismo. Fue la fórmula europea de la posguerra. La ideología se reservaba para otras cuestiones: educación, aborto, libertad sexual, cultura… Hoy vemos a liberales de pro solicitar la prórroga de los Ertes como si no fuera ello una intromisión de lo público en el campo de lo puramente privado. Y lo hacen sin complejos.

Pero a la izquierda no le sucede lo mismo. La izquierda tiene un mantra grabado en su piel como huella de su pasado revolucionario. Y su formulación todavía mantiene unos prejuicios muy superados por la realidad de los hechos económicos. Ese mantra tiene como centro a los impuestos. Considera que los impuestos constituyen el último nexo con la lucha de clases. Como prejuicio, o como espejismo, puede valer, pero para lo demás su recorrido es corto. Claro que los impuestos –mejor dicho, los tributos, un concepto más amplio- sirven como modo de financiar los servicios e inversiones públicas. Nadie lo duda. Pero eso de que afectan sobre todo a los ricos es un camelo. La mayor parte de los tributos recaen en la clase media, tanto los directos como los que gravan el consumo. El 90% de los hechos imponibles sujetos al Impuesto de Sucesiones y Donaciones en Castilla y León tienen una base imponible inferior a 100.000 euros. Esa es la realidad. Que en Asturias, un 33% de los beneficiados por una herencia tenga que renunciar a ella por no poder pagar la cuota líquida o deuda tributaria es un hecho muy significativo sobre el poder adquisitivo de los beneficiarios. En Andalucía, antes de que el nuevo gobierno de la Junta bonificase el impuesto, el tanto por ciento era del 25%.

El segundo prejuicio es que bajar los impuestos supone una menor recaudación y por lo tanto la puesta en peligro de los servicios públicos. Otro mantra. En Castilla y León, el pacto por la recuperación económica, el empleo y la cohesión social del 2020 paralizó la tramitación del proyecto de ley que, por la bonificación que recogía, prácticamente eliminaba el Impuesto de Sucesiones y Donaciones entre familiares directos. La moción de censura del grupo parlamentario socialista rompió este pacto, y el proyecto de ley se reactivó. Desde su entrada en vigor, los hechos imponibles sujeto a este impuesto y declarados han subido un 13%.

Desde el punto de vista económico, liberar recursos supone que estos se movilizan más, y concluyen incidiendo en la tasa de inversión o en el consumo interno. Y en una época inflacionaria como esta supone un respiro a la renta disponible de las familias. ¿Por qué no es progresista bajar los impuestos?

El PSOE de Castilla y León sigue sin entenderlo, lo cual es un error. El PP ha visto que esta cuestión tiene además un potencial electoral, y más cuando se extiende a unos segmentos de la población –jóvenes- o a unos objetivos –lucha contra la despoblación- determinados.

El diseño de la campaña del PP ha sido errática. Por no hablar de los lemas

Cambiamos de tornas en las preguntas. ¿Por qué hasta ahora este hecho diferencial de los populares ha quedado en segundo plano en la campaña frente al fantasma de Sánchez y a las visitas a las granjas del líder nacional del PP? Quién lo sabe. El diseño de la campaña del partido ha sido errática. Por no hablar de los lemas. “La fuerza que nos mueve”. Cuando tienes que pensar en lo que quiere decir un eslogan, mala cosa. Isabel Díaz Ayuso fue más simple pero terriblemente más directa. “Libertad”.

Ayer Mañueco volvió a centrar la campaña en donde los populares pueden sacar músculo porque saben hacerlo y lo están demostrando en sus gobiernos regionales. La prosperidad de Madrid, por ejemplo, permite una aportación al Fondo de Solidaridad Interregional del 73% del total de las cantidades que lo conforman. El peligro vendrá en el corto plazo por los deseos de armonización fiscal que prevé el Gobierno central. Una agravio que afectará a las comunidades tributariamente más eficientes que son, paradójicamente, las que menos endeudamiento poseen, entre ellas Castilla y León. La deuda de hoy son los impuestos del mañana. Y la armonización una manera de justificar la mala gestión de comunidades, como Cataluña, más preocupada en los gastos del procés que en crear riqueza. Las empresas lo saben. Y salen huyendo.