Los jardines de Juan Manuel

Yo sé que tiemblan. Los pétalos rosas y blancos de las flores de los almendros tiemblan. Se supone que las rachas de viento del suroeste las hacen titilar. Que la nieve que retienen sus ramas las hace tiritar. Tiemblan. Porque sin viento, sin frío, caerán, un día de estos, alfombrando de primavera lo que queda de invierno. Pero caerán. Y tiemblan.

Como temblamos Santamaría y yo. Que fuimos jóvenes cargados de ilusión, sin miedo a las trabas que nos pudieran ir surgiendo. Él más valiente y trabajador que yo, para no dejar telarañas por el camino. Nos acecha el viento de los achaques. Pesa sobre nosotros la nieve de las dolencias. Cuelgan de nosotros unas cuentas de dolores con los que tampoco podemos hacer un rosario. ¿Tercera edad, mayores? En mi pueblo era que nos estamos haciendo viejos. Nadie se ofendía. Este temblor demuestra el temor a que algún día no muy lejano no podamos requerirnos a las aladas almas de las flores de esos almendros, de esos árboles, de esos jardines, aunque nos guste hablar, leer, escuchar, esas y otras muchas cosas que cuenta don Juan Manuel. (¡Cómo me acierta Hernández, Miguel!) El paso del tiempo. ¿Lo empezamos a enseñar desde la escuela? Deja a los pobre maestros, que bastante tienen con interpretar las malas intenciones de cada gobierno.

Hay a quien le toca la lotería, otros van al bingo y por ahí seguido. A mí, sin jugar, me tocó un vecino: Don Juan Manuel Santamaría. Como yo tengo inveterada costumbre de alumno le fui haciendo preguntas. Degenerando, degenerando ha terminado ilustrando algún artículo suyo con alguna foto mía y, al citarme, dice: un amigo. Con ello ya me van sobrando diplomas, reconocimientos y homenajes que queden pendientes.

Este amigo y, sin embargo, maestro, me consolidó la afición que yo traía hacia los árboles. Sus libros, sus paseos al lado de él y de ellos, no han hecho más que ratificarme en mi admiración por él y por los árboles. No he llegado a experto, porque los cientos de nombres me abruman, pero sí me han convertido en un propagandista. De maestro de música yo insistía en que los árboles no solo nos dan oxígeno, traen lluvias y fijan la tierra, sino que, ya cadáveres, nos regalan puertas, sillas, ventanas y, todavía más delicadeza, guitarras, flautas, xilófonos… Sólo les falta un carpintero, un violero… o un Santamaría.

A lo largo de semanas El Adelantado ha dado púlpito justo al repaso de jardines y árboles de Segovia. Cada domingo se sacaba un retal verde de cualquier plazuela lleno de flores (qué de nombres) o de árboles. Mira que no saber que el nombre de los bloques del Taray se debe a la existencia de ese árbol.

O sea que Azorín, Kurt Hielscher, el otro y el otro pensaban que Segovia era un paraíso, entre otras causas, por esta birria de jardines. O sea que, aunque en Segovia no tenemos ni un Retiro ni unos Jardines de La Granja, de birria de jardines nada. ¿Quién te lo ha dicho? ¿Quién, más que demostrado, te lo ha mostrado? Don Juan Manuel Santamaría.

Probablemente a él se le quede corto ser académico supernumerario de San Quirce. Cuántos se nos van yendo sin la concesión del título que se merecen. No: ni el Premio Nacional de Literatura, ni el Cervantes, ni el Princesa de Asturias. Podría deciros “y a mí que´”. Pero me duele que a él, como a otros pocos tantos, las costumbres y estímulos que nos acosan, les devuelva al anonimato.
Santamaría López es uno de esos españoles de los que llega un Arturo Pérez Reverte, les hace una novela de su vida y les titula “Hombres buenos”. Don Juan Manuel, reencarnando a su homónimo, nieto de Fernando III el Santo entre los siglos XIII y XIV, esconde en su vida de persona ordinaria el talento que solo la envidia de unos pocos trata de borrar o ningunear.

Como se me da bien el asunto de los obituarios no quiero convertirme en un especialista a cambio de que se me mueran las personas a las que admiro. Antes de que su Maricarmen me lea entre lágrimas de viuda, prefiero que los dos sonrían con mis ocurrencias. Estamos en lo mejor de lo peor, como decía ella. Sólo que cada vez nos cuesta más acercarnos a lo peor. Esto no es medicina ni sucedáneo. Es, pretende ser, un consuelo.

Esperamos el domingo siguiente, abolidos los ritos que nos hacían vivirlos como de domingo, con las pocas esperanzas entre las que se encuentra la lectura del artículo de los jardines. ¡Por una Segovia más verde! ¿Qué me dices? ¿Que lloran los árboles? ¿También los tejados? Ca, hombre. Se derrite la nieve de ayer. Es que los meteorólogos estaban a punto de hacer el ridículo incluyendo una vez más a Segovia entre las capitales nevadas. Nevó por compasión. Y la nieve de marzo se derrite al día siguiente, si no mientras cae.
Juanma: cuéntanos otra vez lo de los árboles y los jardines, y de las nieves y las calles, y los pintores y sus cuadros. Que entre que no me acuerdo y estos no se enteran nos vas a venir como anillo al dedo.