Los cronistas perdidos

No hay nada parecido al regusto bucólico que domina las viejas cafeterías. Es entrar en una de ellas y dejarse llevar por el recuerdo que atesoran los viejos asientos y esas mesitas próximas a la barra, asustadas del constante trasegar de los camareros. Como si se tratara de ancestrales templos del deleite social donde es imposible no detenerse, el intenso aroma del café molido te llama desde treinta metros antes de alcanzar la puerta. Adoro cruzarla y sentir la mirada de los camareros atentos, porta en mano y molinillo presto, listos para desentrañar el ritual cafetero. La taza impoluta con la bolsita de azúcar y el negro zaíno del café recién molturado, intenso y embriagador, me obligan a darme un respiro y volver a ese momento ya perdido en que acompañaba a mi señor Padre en su deambular de banco a tienda por la perfecta Segovia irredenta de mi infancia.

Quizás sea por todo ello que me encanta La Tropical. Quizás sea por su sabiduría innata que Pompeyo Martín me citara en la mesita del fondo hace unos días.

Maestro en esto de conocer a la gente, supo Pompeyo, nada más verme asomar por la puerta, lo feliz que me hace poner un pie en las viejas cafeterías segovianas. Y lo sensible que soy a su desaparición. A cada paso que doy por el estrecho pasillo de La Tropical, voy recordando la pérdida del Castilla o del Fornos, del Negresco y la Hoja Blanca. Sentado con el Maestro segoviano, mareando la cucharilla en el negro infinito de un café irrepetible, traté de recordar la última vez que me senté en las mesas del Corpus, disgustado por no haber podido ser feliz en las mesillas marmóreas del Hotel del Comercio o en el Casino, como hiciera tiempo ha Antonio Machado, perdido su peregrinar por la ciudad milenaria, relegado hoy únicamente al interés estacional de esporádicos turistas, igualmente ávidos de anécdotas que de dorados cochinillos.

Allí, frente a mi querido amigo, disfrutando de sus explicaciones en torno al último de sus libros publicados sobre el Real Sitio, caí en la cuenta de la nostalgia que me abruma cada vez que retomo esos recuerdos prudentemente encerrados. Esa misma nostalgia que acaba por declararme enemigo del recuerdo y, sobre todo, valedor de todo aquello que, habiéndolo tenido en la mano, hemos acabado por perder.

Es normal, por tanto, que me resulta increíble ser el primer Cronista Oficial proclamado por un ayuntamiento del Paraíso al que tengo la suerte de poder servir. Pompeyo Martín, estén seguros de ello, habría sido un gran Cronista de un pasado que no ha parado de engrandecer al Real Sitio. Formal, dedicado, profesional y meticuloso hasta la saciedad, en compañía de Carlos Parrondo o toreando en solitario, habría trasteado con honestidad el morlaco que no hace otra cosa que perseguirme desde hace ya casi diez años.

Ahora bien, puestos a rememorar a los muchos cronistas perdidos por el Real Sitio, no me cabe duda de que Santos Martín Sedeño debería haber dado inicio a este corolario de infortunados servidores olvidados de San Ildefonso. Autor de una de las más reconocidas guías de este lugar, la primera en las oraciones del que suscribe, amó tanto este Paraíso que aún sigue en él, enterrado en la capilla de primer orden del cementerio del Real Sitio, primero de carácter civil constituido fuera del poblamiento en toda Europa y espero que reconocido como BIC lo antes posible. Para desgracia de este magistral y presidente del cabildo colegial, su preocupación por dejar registrado el origen y estructura de un paisaje irrepetible no fue suficiente para recibir reconocimiento de aquellos ayuntamientos que lo pudieron disfrutar. Lo mismo podría decirse de Joaquín María de Catellarnau, ingeniero cronista de este Real Sitio, de los primeros en integrar el dominio regio y su entorno en el paisaje que conforma la conjunción con un bosque indómito cultivado a duras penas que lucha por crecer hacia las alturas en estos tiempos de cambios climáticos y desidias institucionales. Al igual que ocurriera con Santos Martín Sedeño, su nombre olvidado ha quedado unido a entelequias y sociedades culturales, perdida la persona en la sombra de un Cronista que nunca fue reconocido.

El caso de Antonio Comyn Crooke, Conde de Albiz, merece mención aparte, pues, a diferencia de los anteriores, fueron las gentes de este Real Sitio el objetivo de su esfuerzo recopilador. Sin duda, el más cronista de todos los antecesores perdidos del que suscribe; que logró formar parte del callejero municipal, aunque fuera por un breve lapso de historia consistorial. Juan Antonio Marrero lo mereció igualmente por su actividad en el Real Sitio Primitivo, continuada hoy día por José Manuel Martín Trilla, a quién le reservaría un servidor la calle de los Chopos que se enrosca en la ruina del palacio Real que algún día espero ver renacido en su grata compañía.

Desgraciadamente, como todo en esta vida, del mismo modo que las buenas intenciones, que la memoria reparadora, mi café acabó por consumirse al calor de las enseñanzas de Pompeyo Martín, a quién hubiera deseado suceder como Cronista del Real Sitio. Tanto como a Santos, Joaquín, Antonio y a la plétora de sabios conocedores de un pasado que reclama un reconocimiento del esfuerzo impagado; del amor y dedicación atemporal a la constitución de un Paraíso por el que todo transcurre y muy poco prevalece.