Los ciclos predecibles de la historia

Cuando la maldita pandemia parece que se bate en retirada –aunque sea pronto para cantar su derrota- una guerra se ha colado en las puertas de Europa. Una guerra cuyo alcance y consecuencias se desconocen pero que en todo caso puede alterar en este siglo XXI el statu quo que se inauguró tras la caída del muro de Berlín hace más de treinta años. Como ocurrió con la pandemia los organismos internacionales y los países más desarrollados han sido cogidos de improviso por un terremoto que hace temblar sus cimientos. De nada parecen servir instituciones como la Organización de Naciones Unidas o la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa; a los dos pertenece la Federación rusa, y los dos evidencian una inoperatividad que hace cuestionar su sentido puesto que incumplen sus objetivos cuando uno de los grandes se ve afectado.

La OTAN no actuará, como por otra parte es lógico, porque no afecta a uno de los países miembros

El despliegue de palabrería, de amenazas veladas, de anuncios de sanciones poseen por el momento corto recorrido. La OTAN no actuará, como por otra parte es lógico, porque no afecta a uno de los países miembros, y mientras tanto un Gobierno como el ruso justifica con su cinismo habitual una acción ilegal que ha superado cualquier comportamiento razonable en el ámbito de las relaciones internacionales y se permite amenazar a países históricamente neutrales como Suecia y Finlandia.

Pero dicho esto, y estando como está este cronista en las antípodas de un sátrapa como Putin y de sus secuaces, sería conveniente añadir algunas reflexiones al análisis de la cuestión que vayan más allá de la lógica condena y de la fijación del comportamiento que se deba adoptar en el futuro, algo que se escapa de un medio de comunicación como el nuestro y quizá de cualquier medio cuyo único instrumento es la palabra y su única arma la razón pretendida.

Europa es el lugar en el que los valores de la democracia y del bienestar se desarrollan informando su corpus moral y social, con el respeto a los derechos humanos como principal bandera. Pero los europeos caen a menudo en la tentación de creer que el mero ejemplo vale para ser imitado por el resto de países que no enseñorean la misma tradición histórica ni la misma coyuntura política. El eurocentrismo es tarea inútil e incluso un lastre racional a la hora de realizar un análisis sobre lo que acontece en el extrarradio de nuestra civilización. Tanto como el presentismo lo es para entender y enjuiciar lo que aconteció en el pasado. Suponer que Rusia va a desarrollar porque sí algún día los estándares de convivencia de Francia, Gran Bretaña o España es tan iluso como lo ha sido no entender el ánimo que subyacía latente en aquel país tras la eclosión de la antigua URSS.

No es raro en este contexto que los argumentos que ha utilizado Putin para la invasión de Ucrania sean los mismos que expuso Hitler para invadir los sudetes o Polonia a finales de los años treinta. Oír que lo hace para defender a la minoría rusa en Ucrania suena lo mismo que lo que se oyó al canciller alemán bajo el paradigma del Lebensraum. La Alemania que salió del tratado de Versalles no dista mucho de la Rusia que se quedó empequeñecida tras la desmembración de la antigua unión de repúblicas soviéticas. Contemplar cómo la OTAN llegaba a las puertas de su casa no debió de ser plato de su gusto y lo que sorprende es que nadie haya reparado en que un antiguo enemigo no puede ser nunca humillado, porque termina revolviéndose más tarde o más temprano. La recomposición del orden internacional fue fallida tras el Tratado de Versalles que puso fin a la Gran Guerra como lo ha sido, aunque por distintas causas y por diferentes motivaciones, tras la desaparición del Imperio de los zares o del otro imperio gobernado por los comunistas. Como lo fueron –y es curioso observar cuánta razón tenía Oswald Spengler sobre los movimientos circulares de la historia y los ciclos predecibles- las consecuencias de la Guerra del Peloponeso que concluyó con la polis ateniense, confiada como estaba en su superioridad moral y cultural ante el militarismo de Esparta y la aristocracia que imperaba en los corintios. En periodos más cercanos, parece que Europa está condenada a redefinir sus fronteras cada ochenta años desde 1848, aunque en esta ocasión el ciclo se acorte a los treinta años que distan desde se derrumbó el telón de acero que dijo Churchill

Es ridículo intentar amaestrar a un león herido en plena selva

Distanciarse del relativismo moral con juicios universales y pretendidamente válidos para cualquier escenario y cualquier época es tan peligroso como caer en el relativismo absoluto: invalida todo análisis que se precie. Rusia ha actuado con su lógica, predecible aunque diste mucho de la nuestra y sea todo lo criticable que se quiera e incluso resulte execrable. Es la realpolitik, que nos guste o no –que no nos gusta-, la compartamos o no desde nuestros valores occidentales –que no la compartimos-, es la que impera. Desconocer sus consecuencias es confundir los deseos con la realidad. Es ridículo intentar amaestrar a un león herido en plena selva: o se le elimina de un disparo certero o se aleja uno de su lado sin invadir su territorio y aguardando atrincherados por si osa penetrar en el nuestro.