López Vázquez, José Luis

Cuando yo era un tonto contemporáneo -progre, y de izquierdas, naturalmente- me aburría con gran placer en salas de arte y ensayo, donde pedantes, como Antonioni, nos habían hecho creer que si no disfrutábamos de sus sesteantes películas era por carecer de sensibilidad. Así que nos gustaban, claro, porque queríamos tener más sensibilidad que nadie. Era una etapa de trenka y barba, en la que abominábamos del cine nacional, porque estábamos convencidos de que era cine franquista, aunque hubiera talento y genios como el de Berlanga, Garci, Mur Oti, Fernán Gómez, Saura, Bodegas, Orduña, Sáenz de Heredia… y tantos otros. Buñuel, por supuesto, pero Buñuel estaba en el exilio y no nos parecía cine español.

Y, si había un símbolo de cine vulgar, plebeyo y facilón, era el que protagonizaba José Luis López Vázquez, que nos parecía la síntesis de lo que no queríamos, de lo que rechazábamos y considerábamos que era el opio del pueblo, de la misma manera que el buen comunista calificaba la religión. Éramos tan tontos contemporáneos que nunca admitimos que José Luis López Vázquez había trabajado con los mejores directores de cine, que había sido invitado a irse a Hollywood, y que su sólida formación teatral se había iniciado en la escenografía y en la interpretación sobre las tablas de esa mágica cuarta pared.

Me acordé de todo esto al visualizar un magnífico documental, dedicado a José Luis López Vázquez, uno de los intérpretes imprescindibles para conocer la historia del cine español. Desde “Atraco a las tres”, de Forqué, hasta “¿Y tú, quién eres”, la última película que dirigió Antonio Mercero, y en todos esos títulos, que quedarán respaldados por la memoria selectiva, aparece José Luis López Vázquez.

A mí me ha emocionado el documental, por el talento inmarcesible del extraordinario actor, y por la asociación emocional a esa etapa de trenka y barba, donde creíamos -como cree cada generación- que va a cambiar el mundo.

En realidad, el mundo no lo cambia nadie en particular, pero contribuyen bastante a ello todas las personas que, con honestidad, ponen su inteligencia y su talento al servicio de un trabajo que nadie les regala, y en el que están porque son demandados para hacerlo. Y, de vez en cuando, surge esa oportunidad en la que la talla del actor está a la altura del personaje, y se aleja de eso que Buñuel llamaba el cine nutricio -que Buñuel practicó- y aparece, en todo su esplendor, la capacidad mágica del gran intérprete. Logrado documental para u extraordinario actor.