La otra crónica del 120 | Martín Chico: maestro

El camino habitual a casa del cronista pasa indefectiblemente por una placa que recuerda al maestro que fue Martín Chico Suárez (1864-1931). Se encuentra en la que fue su vivienda en la calle Vallejo, en el barrio de San Esteban. Enfrente de la iglesia estuvo la escuela en la que daba clases, un enorme caserón inhóspito y frío en donde los escolares recibían diariamente la lección. Fue catedrático en el Instituto General y Técnico, pero se le recuerda como maestro. En el barrio de San Lorenzo hay unas escuelas que llevan su nombre. No permaneció mucho tiempo en Segovia. Llegó en 1901 y se fue en 1909. Precisamente su marcha fue cubierta con la llegada de Blas Zambrano como maestro regente, entonces una autoridad en la ciudad.

Entre la mucha actividad que desarrolló Martín Chico estuvo la de dirigir la Página pedagógica y de enseñanza que una vez al mes publicaba El Adelantado de Segovia. Lo hizo desde el 24 de octubre de 1907. Bien es verdad que la experiencia no duró mucho tiempo; nada que ver, desde luego, con los 19 años que José Rodao permaneció al frente de su Página literaria. Es loable que en esa fecha temprana un periódico tuviera la idea de sacar al mercado una página pedagógica, y el acierto de encargársela a Martín Chico.

Es loable que en esa fecha temprana un periódico tuviera la idea de sacar al mercado una página pedagógica, y el acierto de encargársela a Martín Chico

Chico desarrolló en escritos y en la práctica muchas de las teorías pedagógicas entonces en boga. Es de destacar la buena generación de maestros y de liberales humanistas que pusieron en la época el acento en un modo de educación que se alejaba de los cánones tradicionales. Martín Chico fue uno de ellos, como también lo fue –sin ser docente sino benefactor- Ezequiel González.

Sobre mi mesa tengo los ejemplares de dos de sus obras, claro ejemplo de su novedoso método, que no solo incluía el “aprender haciendo” sino también el incitar al alumno a la reflexión, a la recensión, a la compresión lectora. He elegido Mi amigo el árbol (tercera edición, 1925) frente a Patria (lecturas nacionales para niños) (segunda edición, 1903). Los dos poseen prólogos parecidos, de hondo patriotismo, canto de la libertad, de la educación y –algo no tan normal en aquellos días- de la naturaleza. Me he decantado por Mi amigo el árbol por ser un libro de lectura deliciosa con finísimo sentido pedagógico y dotado de un protoecologismo despojado de todo sentido dogmático y desarrollado en un rico castellano. Abundan las anécdotas, las narraciones y los pequeños ensayos que el autor intercala con poesías, dibujos, fotografías y un listado de consejos agrónomos. Es reseñable cómo ya en ese momento señalase a la deforestación de los bosques del planeta como un peligro latente para la salud de este.

Su amor a los pequeños no se quedó en la enseñanza o en la literatura. Junto con José Rodao fundó en 1904 El Niño Descalzo, que proporcionaba recursos de todo tipo a los alumnos más necesitados desde el punto de vista físico e intelectual. El nombre provenía de esos niños que asistían a la escuela mal calzados, aún en invierno. La institución duró 33 años, lo que demuestra su buena acogida en la sociedad segoviana. Martín Chico es el mejor ejemplo de una generación que creyó que la educación en libertad era la mejor manera de engrandecer la patria.

Ficha técnica

‘Mi amigo el árbol’
Martín Chico
J. Ruiz Romero
Barcelona, 1925