Lecciones de maestro

Hace unos meses, volvió mi hijo de 15 años a casa después de un entrenamiento que intuí no le fue demasiado bien, y me dice: “Odio entrenar con Manri porque no le corre nada la bola. No me da ritmo”.

“Vale. Pues el próximo partido, dile a tu rival que te la ponga dónde y cómo tú quieras, a ver qué le parece”. Mi respuesta.

Es difícil con quince años, si no eres muy maduro, valorar lo que tienes al lado cuando no te encaja con lo que esperas. Entrenar con mi compañero de columna debe ser para Guille, mi hijo, una oportunidad de aprendizaje constante: juega con alguien que se sale del guion, lo cual es buenísimo para que aprenda a adaptarse a situaciones extrañas; está pendiente de que recojas las bolas o pases la pista para que no te escaquees; te aconseja cómo jugar; te motiva a seguir mejorando y hasta te regala una camiseta bien chula al final de la temporada, cuando eres tú el que debería regalarle hasta las cuerdas de la raqueta. Cuando crezca, lo comprenderá.

Entrenar con mi compañero de columna debe ser para Guille, mi hijo, una oportunidad de aprendizaje constante

Hace tres décadas y media era yo el que, con esos mismos 15 años, entrenaba con Manri. Pero a baloncesto. Esto me lleva a una segunda conclusión: si cuidas tu cuerpo, si sigues entrenando y no lo dejas, por ejemplo, con la excusa de que ya eres muy mayor o de que trabajas tanto que no tienes tiempo de hacer deporte, podrás competir hasta que seas un auténtico abuelo. Y hasta entrenar con chavales de 15 años.

Hace unas semanas, en una comida de trabajo en Zaragoza, uno de los gestores de la empresa con la que nos reunimos me aseguraba que ya no juega a baloncesto porque su cuerpo ya no puede hacer lo que la cabeza le dice que haga. Asentí, pero pensé: “Claro, porque hace tiempo que dejaste de entrenar”.

En fin, que los grandes maestros nunca dejarán de dar grandes lecciones.