Las palomas del Acueducto

Siendo mi persona un niño, allá por los aciagos años de la Guerra Civil (1936-1939) residía yo en casa de mis padres en la calle de Santa Columba número 1, naturalmente de Segovia. Mi madre, conociendo la gran afluencia de golfos y golfillos que pululaban por el barrio, rescoldo de la vieja universidad de la picaresca que desde antaño se estableció en el Azoguejo y sus contornos, no me dejaba salir de casa, aunque yo subrepticiamente y con mucho sigilo me escapaba y me bajaba a jugar con aquella mezcolanza de muchachos desarrapados, incluso gitanos, ya que aún recuerdo a un tal Rafael, un gitano por cierto más inocente y bueno que el pan. Caída la tarde me reintegraba a mi domicilio, aguantando la regañina de mi madre en el mejor de los casos o bien sufriendo algún bofetón que otro o algún zapatillazo, que de todo había en la Viña del Señor. Pero en mi fuero interno prefería el bollo del juego a expensas de sufrir el coscorrón.

El lugar de juegos era la espléndida Terraza del Columba, ya que debajo de esta hermosa terraza estaba el Café Columba de añorado recuerdo, hoy día Oficina de Información y Turismo del Ayuntamiento de Segovia. Los juegos eran los practicados de siempre por los chavales. Allí se jugaba al palo (escondite), a la chirumba, al peón, a la dola, a la zapatilla por detrás, al tango, al rescate, al frontón sobre los paramentos verticales de la fuente, a las canicas, el fútbol, a los naipes (siete y media, al cané, y a los montones), etc. y otros juegos no tan inofensivos como los citados, por ejemplo arrancar de cuajo los cepellones de hierba en la cuesta ajardinada de detrás del acueducto que llamábamos ‘Los Puentes’ y desde la terraza lanzárselos a los guardias municipales que paseaban tranquilamente por el Azoguejo bajo la misma terraza. Una vez arrojados los cepellones corríamos como liebres y ascendíamos por las escaleras del Postigo del Consuelo lo que les hacía imposible atraparnos y darnos una buena paliza, o unos tortazos o lo que era peor, llevarnos presos al cuartelillo que bien nos lo merecíamos. ¡Cuántos cepellonazos en sus cabezas no habrán sufrido estos buenos municipales!

Todos los personajes que pululaban por el barrio tenían sus apodos o mejor dicho su mote que el Boa (José Ignacio González Aguado) se encargaba de adjudicarnos ya que era especialista en estos menesteres. Así recuerdo algunos como por ejemplo: El Quinito, el Mangas, Pepote, el Zapatraca, Chinda, Los Charambitas, Pichano, el Pistolas, el Cholero, el Lili, Culopollo, Napoleón, Pegote, el Grillo, el Cucaracha, Manín, el Conejo, Burro Tieso, el Cuqui, etc. Pero había uno que por ser de la piel del diablo era el más temido por su mirada acerada y sus fechorías, le motejábamos Josepe el Raposa. Este muchacho causaba terror por su perversidad. Se comentaba que antaño había sido un buen muchacho, pero el Quinito que era algo mayor que él, le colocó un señuelo (tal vez una moneda de 10 céntimos) en una bola de granito de las que allí existen culminando los pilarotes graníticos de una barandilla de hierro. Josepe quiso coger el tal señuelo y ascendió por la barandilla con tan mala suerte que perdió el equilibrio precipitándose al vacío desde unos cuatro metros dándose con la cabeza en el pavimento. El individuo quedó como muerto. Llevado de esta guisa a la Casa de Socorro, que entonces estaba en la Alhóndiga, le hicieron resucitar pero su mente quedó dañada y ya nunca funcionó correctamente, inclinándose siempre a hacer perversidades.

El Acueducto a cuya vera nos contemplaba a los chaveas, albergaba, por entonces, a una pléyade de palomas bravías asilvestradas que hacían en él sus nidos, y a su lado, al caer la tarde, se apostaban todas junto al mismo viéndose así el acueducto adornado por estas aves voladoras colúmbidas.

Los rapaces de la época nos hacíamos lo que llamábamos unos tiradores y cualquiera que se preciase tenía su tirador. Sobre una gran horquilla de grueso y fuerte alambre o una Y de madera se fijaban dos tiras de goma de cámara de rueda de coche y al final un trozo de badana donde se colocaba una piedra o posta que estirando la goma y soltándola proyectaba la posta con bastante intensidad.

La verdad sea dicha que poco se atinaba en darlas pero alguna vez sí se dio a alguna que caía y que se la llevaba el agraciado para condimentarla en su casa

Pues bien cuando al atardecer las palomas estaban adormecidas junto a sus nidos, desde las escale-ras anteriores al Postigo armados de tiradores, lanzábamos postas de plomo sobre las palomas. La verdad sea dicha que poco se atinaba en darlas pero alguna vez sí se dio a alguna que caía y que se la llevaba el agraciado para condimentarla en su casa y pasar a ser un rico plato alimenticio ya que en la pobreza secular del barrio se adolecía de ellos. Yo no tuve nunca la ocasión de matar ninguna paloma y no por falta de interés, sino más bien por falta de puntería. Todavía recuerdo que de un trozo de plomo de una cañería vieja que estaba en el desván, sirviéndome de unas tenazas, hice una gran cantidad de postas, pero de nada me sirvieron ya que carecía de la habilidad para apuntar debidamente a la paloma.

La avidez por llevase a casa una paloma para sazonarla hizo que el indomable de Josepe el Raposa fuera capaz de gatear por el mismo acueducto hasta llegar a los nidos de las palomas sorprenderlas y enganchar alguna. Cuando Josepe ascendía por el acueducto, los de abajo que le veíamos, temblábamos y nos poníamos a rezar para que aquel lebrel no se precipitara al vacío por segunda vez y esta ocasión fuera la definitiva, es decir que ya no resucitara. Afortunadamente su habilidad conseguía algunas veces coger una paloma y descender incólume del acueducto. Terminó en la legión.