Las ojeras de Cristina Molano

Dicen que la política consume al individuo desde dentro, ajando la juventud y la pasión que lleva la voluntad hasta el compromiso con la sociedad. Dicen que la decisión de aparcar la vida profesional para disipar el esfuerzo vital en defensa de una idea de futuro supera en convicción a cualquier otro deber impuesto desde la asunción de la defensa del común. Dicen que la pasión por la política es pasajera y que, como el amor más arrebatado, acaba por desaparecer, tornándose en costumbre de mandato y ansia de disfrute privilegiado. Dicen que el amor, en realidad, no existe. Dicen que, en definitiva, la política, tampoco.

Este humilde Cronista, que no recuerda a quiénes todo aquello dijeron en algún momento del pasado, sí sabe de la degeneración del desempeño político, trastocado en privilegio perenne más que en obligación pasajera; en recurso vital para algunos; en profesión declarada, para otras. Que en esto de la política se ha pasado del desempeño a la ocupación en un santiamén que parece haber olvidado todo quisque. Pasado quedó aquel compromiso caduco, temporal, efímero, en que el ciudadano consciente de su deber con la sociedad empleaba su esfuerzo acotado en el tiempo para entregar al ejercicio de la política, al ejercicio del poder, su experiencia, capacidad y resolución en prueba de su devoción por el bien común. Era en ese escenario pasado, muy a pesar mío, tan visionario como irrelevante, que los paisanos llegaban a aquella servidumbre en un momento de máxima experiencia profesional y vital, con tanta fuerza que consumían su resistencia en canto de cisne para beneficio general.

Así, haciendo los políticos política, cabía en ese encaje administrativo el desempeño profesional de los gestores de lo público. Mujeres y hombres altamente cualificados, expertos en aquella administración, eran capaces de articular un entramado humano, social, capaz de conducir la comunidad hacia un futuro esperanzador.

Secretarios, tesoreros, gestoras de personal, directores de sección, administradoras, todos dedicaban sus esfuerzos a liderar una administración en beneficio de la comunidad, en defensa de un futuro al que todos querríamos llegar.

Para nuestra desgracia, esta utopía más propia de Thomas More o de Henri de Saint-Simon apenas ha existido en eones de historia humana. En la sociedad real, políticos, representantes y electos de todo tipo invaden las competencias de los profesionales de la administración pública contaminando con sus intereses de grupo, privilegios de clase y hasta estamentales toda decisión asumible, llevando al sistema democrático hacia un colapso constante que precisa de eterna reparación y prevención sanitaria.

Es por ello por lo que apareció la figura del interventor.

Los interventores llevan una eternidad tratando de frenar las ansias mesiánicas de trascendencia que consumen a cualquier político que se precie

Este funcionario de amargo cometido fue alumbrado para fiscalizar el uso del presupuesto por parte de políticos y diputadas, procuradores y electas del pelaje que sean. Vigilando el presupuesto, en continua pesquisa del conteo de maravedíes, doblones, reales, pesos, pesetas y euros, los interventores llevan una eternidad tratando de frenar las ansias mesiánicas de trascendencia que consumen a cualquier político que se precie en defensa de las humildes bombillas que alumbran el claroscuro de mi calleja; del jornal del policía que garantiza mi seguridad; del maestro que educa a mis hijos y de los sanitarios que me mantienen con vida en lucha contra cualquiera que sea la peste. Ya sea el jornal del jardinero, la escoba de la barrendera o la espumadera de los cocineros que alimentan a los chiquillos del colegio público, el interventor batalla contra el museo extemporáneo, la estatua irrelevante, el edificio descomunal, horrendo e inútil y la carretera repleta de rotondas que conducen a una cochiquera. Y, aunque son y han sido legión en esta sociedad que nada recuerda y clama contra todo lo que no entiende, la mayoría pasan por nuestro lado en el más absoluto de los anonimatos. En este Paraíso hemos contado con unos pocos de estos esforzados funcionarios consumidos por una responsabilidad que no debería existir.

Hoy en día ejerce este arte del equilibrio presupuestario casi circense Cristina Molano Nogales

Desde la constitución del ayuntamiento, allá por 1810, los secretarios, escribanos públicos, cumplieron con aquella desagradable obligación impuesta por el compromiso equivocado de los que han pretendido dedicarse a la política, siendo Gregorio González Minguela el último en asumir tan pesada carga. Desde 1993, superado el umbral de los cinco mil habitantes, los interventores se desdoblaron de la secretaría, permitiendo que servidores públicos de la talla y compromiso de César Cardiel, Francisco Cela, Enrique Martínez, Laura Gutiérrez o Belén Nieva, vigilaran el ejercicio de la política entre pinos y robles, escorrentías y chorrancas, vecinos ocasionales y turistas perennes. Hoy en día ejerce este arte del equilibrio presupuestario casi circense Cristina Molano Nogales. De jovialidad rayana en la felicidad inexplicable, esta profesional de la administración consume su energía tratando de cuadrar las cuentas municipales con la esperanza de que, al final del desierto en que se imbuye cada mañana, habrá un espacio donde todo lo público se constituya, agotando los presupuestos públicos en justa y legal medida.

Y, a pesar de las ojeras que tamaña empresa anida en el rostro de mi amiga, he de reconocer que no obtengo de ella otra cosa que no sea una sonrisa franca y resplandeciente en cada momento que compartimos. Pesimista que es uno en esto de escudriñar el futuro, a decir de mi querido amigo, Pepe García Lomas, he de reconocer que, viendo la convicción de Cristina en el desempeño de su responsabilidad, no dejo de ver las ramas verdes de aquel viejo roble al que cantara Antonio Machado en su Soria maldita. Así, la promesa inherente en las ojeras de Cristina nos habrá de traer un verdor inmenso que todo lo inunde al final de esta travesía.