Las mujeres al altar

Cada fin de semana que salgo a alguno de los pueblos de la Diócesis de Segovia a celebrar la Misa, en sustitución de algún compañero sacerdote, enfermo, convaleciente o ausente temporalmente por alguna otra circunstancia, me encuentro con personas en cada una de las parroquias, en su mayoría mujeres, que participan de manera activa en la celebración, realizando distintos servicios: abrir y preparar la Iglesia, entonar y animar los cantos, proclamar la Palabra de Dios, ayudar a repartir la comunión, en esta situación de pandemia cuidar la desinfección del templo y que no falte el gel hidroalcohólico, …

Aunque no represento a nadie, quiero agradecer a todas estas personas, mujeres principalmente y algunas con muchos años a sus espaldas, todo lo que hacen en la Iglesia. En algunos pequeños pueblos probablemente no se abrirían los templos sin su compromiso de cada fin de semana. Y en ellas y con ellas, reconocer los distintos servicios que prestan tantas otras personas, mujeres principalmente, en otras acciones eclesiales, catequesis, educación, obras sociales…, en circunstancias no fáciles, en nuestra Iglesia diocesana.

En estas estaba yo, cuando me llega la noticia de que el Papa Francisco permite a las mujeres ejercer el ministerio de lectoras y acólitos en las celebraciones litúrgicas. ¡Pero si ya lo venían haciendo desde hace mucho tiempo, principalmente mujeres! Pues sí. Sin embargo, indica Carmen Peña: “pese a afirmarse su carácter laical, la regulación de estos ministerios en el c. 230 contenía una llamativa quiebra de la igualdad entre mujeres y varones laicos, en cuanto que su institución como ministerio estable, mediante el rito litúrgico prescrito, seguía reservada a los varones (c. 230,1), a pesar de reconocer el mismo canon que la mujer puede desempeñar –y, de hecho, así lo hace en muchas ocasiones- todas las funciones encomendadas a estos ministerios, sea por encargo temporal (c. 230.2) o por suplencia del ministro ordenado, en situaciones de ausencia o defecto de éstos (c. 230.3). Se trataba de una reserva mayoritariamente considerada por la doctrina canónica como injustificada, desde el momento en que contradecía la radical igualdad reconocida en el Código entre varones y mujeres en el ámbito laical”. Con esta decisión del Papa se elimina la única discriminación entre mujeres y varones laicos en el Código de Derecho Canónico.

Y ahora vienen las interpretaciones para todos los gustos. Habrá quienes opinen que no ha cambiado nada o los que dicen que el Papa Francisco está demoliendo los cimientos de la Iglesia. Se puede pensar que el cambio llega tarde y que es muy pequeño. Que haya mujeres leyendo, repartiendo la comunión, o ayudando al sacerdote en la misa no es una situación extraña en algunos lugares y por tanto era un cambio de hecho aunque no de derecho, que había establecido el sentido común de nuestras comunidades. Sin la presencia de las mujeres muchas celebraciones litúrgicas serían imposibles. Las mujeres son las que en su mayoría participan en la liturgia y las que ejercen casi todos los servicios. Este cambio era “una deuda pendiente” que la Iglesia tiene con las mujeres en este y en otros muchos aspectos.

Se puede pensar, además, que es un cambio significativo para el futuro. En la carta que el papa dirige al Cardenal Ladaria -Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe- presentándole este cambio se dice que estas “adaptaciones” no deben interpretarse como “superación de la doctrina anterior sino como una actuación del dinamismo que caracteriza la naturaleza misma de la Iglesia, siempre llamada con la ayuda del Espíritu de Verdad a responder a los desafíos de cada época, en obediencia a la Revelación”. Ese ha de ser el dinamismo de la iglesia. La igualdad de las mujeres en la iglesia es un desafío inaplazable en esta época. El Papa señala en la carta que este cambio “da lugar a que las mujeres tengan una incidencia real y efectiva en la organización, en las decisiones más importantes y en la guía de las comunidades, pero sin dejar de hacerlo con el estilo propio de su impronta femenina”. Permanezcamos abiertos al Espíritu de Verdad que sopla donde quiere.