Las guerras

En un excelente artículo publicado en este periódico, Jesús Fco. Riaza enumera y comenta esas guerras olvidadas pero no por ello menos cruentas y todas ellas con el denominador común del gran dolor provocado en sus respectivos países. Además, por desgracia, a día de hoy estamos inmersos en dos conflictos sumamente peligrosos para todos, el de Ucrania/ Rusia y el de Israel/Hamás, que no sabemos dónde nos pueden llevar. En todo caso pudieran ser más problemáticos de lo que los simples ciudadanos alcanzamos a ver. Por eso no está de más recurrir a la memoria, esa que tenemos cada uno y que algunos quieren dirigir o controlar de manera encubierta, aunque por suerte todavía no pueden dominar los cerebros.

Decía Juan Pablo II, ese papa santo, que la guerra no es una simple fatalidad, es siempre una derrota de la humanidad. La verdad es que las personas nunca sabemos hasta donde puede llevarnos una guerra, pero Juan Pablo II sabía de qué hablaba porque tuvo que soportar el pacto Nazi-Soviético (también conocido como Molotov-Ribbentrop), firmado en 1939 y que permitió la ocupación de su querida Polonia por parte de la Alemania nazi y de la Unión Soviética.

Este pacto de dos enemigos ideológicos irreconciliables, trataba de establecer las esferas de influencia soviética y alemana en Europa occidental. Fue entonces, el 1/9/1939, cuando se produjo la invasión de Polonia por los nazis sin miedo a la intervención soviética; sin embargo, Francia e Inglaterra que habían garantizado la protección de las fronteras de Polonia, declararon la guerra a Alemania. Dos semanas después, la Unión Soviética invadió Polonia desde el este, y estos sucesos marcaron el comienzo de la II Guerra Mundial.

Hay quien sostiene que la guerra es una salida cobarde para aquellos que no saben solucionar los problemas de la paz, pero en este caso parece que también fue debido a las ansias de dominio del mundo por parte de la Alemania nazi y de la Unión Soviética; y aunque la guerra es un mal que deshonra al género humano, como no tengamos cuidado se puede cumplir el pronóstico del premio Nobel, Alexander Solzhenistsyn, de que “la próxima guerra… bien puede enterrar para siempre la civilización occidental”.

Si la I Guerra Mundial fue una guerra que nadie quería y una catástrofe que nadie pudo haber imaginado, la II Guerra Mundial provocada por nazis y comunistas fue la mayor tragedia nunca conocida. Lo sé bien porque mi abuelo materno estuvo en la zona de Dunkerque en la primera, y también porque llegó a mis manos un diario que traduje y conservo, de uno de sus hermanos que estuvo en la cruenta y terrorífica batalla del Somme. Además, algunos de mis primos que fueron reclutados en la segunda, me contaron muchas historias interesantes, aunque tristes y dolorosas por lo general. Por no hablar de la guerra franco-prusiana en el s. XIX de la que mi abuela había oído hablar a sus padres; por eso creo que es fácilmente comprensible que en la parte francesa de mi familia no hubiera una buena opinión de los alemanes.

Pido disculpas por esta sucinta reseña familiar, pero lo más tremendo es que en cierto modo muestra que en la guerra no hay ganadores porque todos son perdedores, y sin duda esa es la razón por la que Juan Pablo II decía que es una derrota de la humanidad. En todo caso, la confrontación no suele resolver los problemas y frecuentemente provoca otros diferentes e incluso peores.

Hago esta breve introducción porque en la actualidad tenemos en el mundo un grave conflicto entre Hamás e Israel. Por cierto, Israel es una sociedad moderna que se puede equiparar a las democracias europeas, mientras que los terroristas de Hamás en su manifiesto fundacional ya dejan claras sus intenciones y dicen literalmente que Israel existirá hasta que el Islam lo destruya. Por tanto, como desde Hamás se pretende lisa y llanamente su desaparición, y ya han demostrado con su terrible ataque terrorista hasta donde pueden llegar, no es de extrañar que en Israel se utilicen todos los medios a su alcance para impedirlo. Ya lo decía el profesor ruso Isaac Asimov, “solo hay una guerra que puede permitirse el ser humano: la guerra contra su extinción”.

Pero ahí tenemos a Sánchez, (el “puto amo” según el nuevo Torrente de Valladolid), que en vez de explicarnos su giro en el Sáhara Occidental o los negocios de su entorno, en su desmedido afán de protagonismo pretende hacernos creer que va a arreglar él solito un problema que existe desde hace más de 80 años. Aunque al parecer todo el mundo se ha percatado de que actúa por sus personales intereses electorales y como es natural, nadie le ha hecho caso ni le ha tomado en serio, salvo Irlanda y Noruega que no son precisamente dos potencias mundiales. No obstante, somos muchos los que pensamos que en vez de enredar por ahí fuera, sería más inteligente intentar un alto el fuego, apoyar la ayuda humanitaria y tratar de evitar una escalada de violencia.

Además, seguimos con el conflicto Rusia/Ucrania que responde a las ansias expansionistas de un autócrata sin escrúpulos que actúa como un nuevo Zar, y que puede poner en peligro la paz mundial, si no se le pone freno. Por eso es conveniente recordar que en 1994 Rusia y Ucrania firmaron el “Memorándum de Budapest” por el que Rusia se comprometía a respetar la soberanía y la integridad territorial de Ucrania a cambio de la cesión de su material nuclear. Como es sabido Ucrania cumplió, pero a la vista está cómo cumple el invasor Putin y el valor que da a sus acuerdos.

Y en esas estamos, pero como solo una causa noble puede dignificar una guerra, y yo no veo ninguna justificación para estos dos conflictos, es difícil predecir cual será el final en ambos casos. Pero lo que sí está claro es que la historia nos recuerda que Cartago se comprometió en tres guerras, y aunque después de la primera no se debilitó en exceso, y después de la segunda aguantó, la realidad es que después de la tercera desapareció del mapa. Habrá que estar atentos.