Las entrañas del creer

Quizá la primera pregunta no sea “¿qué buscáis?” Ni siquiera, “¿a quién buscas?”. Quizás la primera pregunta pudiera ser: ¿En verdad buscas? O ¿por qué buscas? O, incluso, ¿cómo buscas?. Quizás —otra vez quizás: nunca hay certeza— porque todo dependa de lo que bulle en el interior de cada persona, tomada esta como un mundo y no como parte de una grey silenciosa.

La esencia del cristianismo es que Dios se hizo hombre para ayudar al hombre en la búsqueda de Dios. Jesús —el hijo de Dios hecho hombre— conoce “lo que hay dentro de cada hombre” (Jn 2, 24). Según eso, la salvación es más fácil: solo hay que seguir sus pasos. Quien lo acoge, vive en la luz (8,12). Quien lo rechaza, “habita en las tinieblas y no sabe adónde va”. Y más: “Yo conozco a los míos”, afirma Jesús en el Evangelio. Pero, ¿los elige?, ¿la fe es un don?, ¿cuál es el alcance exacto de la palabra vocación (vocatio)?

La lectura de los Evangelios requiere —como el resto de las Sagradas Escrituras— un esfuerzo interpretativo; resulta en ocasiones complicado desentrañar el significado de las palabras de los evangelistas, en especial del Evangelio de San Juan, más espiritual, más teológico. Las sucesivas traducciones complican su exégesis, tanto en el sentido último de la palabra como en los tiempos verbales. Pero esta dificultad añade un atractivo a la empresa, y monseñor Franco se encuentra evidentemente cómodo en ella.

Es la fortaleza del cristianismo y también su debilidad

Es la fortaleza del cristianismo y también su debilidad. Basar la ética en el criterio moral predicado por una persona puede ser asumible con facilidad; la incógnita se acrecienta cuando la reflexión ética deviene en teológica, y trasciende el mundo humano para residenciarse en el divino.

El interesantísimo libro de monseñor César Franco, obispo de Segovia, principia con una reveladora cita de un intelectual —como lo es él, y de ello no cabe la menor duda—: el papa Benedicto XVI: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.

Es significativo cómo dos grandes teólogos como son Ratzinger y Franco lo resumen todo en el encuentro con una persona. Parece la cuestión mollar de la fe. Pero reconocer que esa persona es algo más que un hombre y que no solo promete un canon de vida sino la salvación eterna es una apuesta decidida y arriesgada, a qué dudarlo.

Es el desafío de la fe, como bien titula su libro el autor. Pero por más que se quiera humanizar la cuestión, el trasfondo es superior, superando incluso la apuesta pascaliana.

El libro se centra en el Evangelio de san Juan, el autor del cuarto evangelio, el discípulo amado, quien testimonia con claridad su intención: “Para que creáis que Jesús (…) es el hijo de Dios; para que, creyendo, tengáis vida en su nombre” (20, 30-31). Mas también él necesitó ver para creer en esa resurrección entre los muertos, en el día de la Pascua florida. “Vio y creyó” dice de sí mismo viendo la losa vacía del sepulcro, después de haber sido avisado por María Magdalena y llegando en compañía de Pedro. Esa certificación hoy se sustituye por la fe. O por la apuesta. No solo consiste en creer en la persona, sino en su divinidad. Los cristianos han intentado cubrir ambos flancos: el moral —deducible de la persona— y el teológico –manifestado en la resurrección, muestra esta de la filiación con Dios-. Reitero: es su grandeza y es su debilidad. Depende del observador. Porque ya no solo consiste en un sentimiento o anhelo interior. El reto es mayor.

¿Es posible una fe sin comprensión de lo que anuncian las Escrituras?

¿Qué hacer con el que, a diferencia de Juan, no ve o no entiende? Planteado de otra manera, siguiendo el precedente de Juan ante el sepulcro: ¿Es posible una fe sin comprensión de lo que anuncian las Escrituras? O si se prefiere, ¿qué hecho es el decisivo en el ejemplo de Jesucristo, la pasión o la resurrección? ¿El ejemplo como hombre o la grandeza como hijo de Dios? Juan, después de su debilidad en el sepulcro, no deja lugar a la duda: “La plena identidad de Jesús solo puede ser entendida en referencia a una perspectiva celeste”.

Lo atractivo del Evangelio de san Juan es su intento, como escritor, de ganarse la confianza de sus lectores y así, mediante su propio testimonio, persuadir al lector en la contemplación del hijo de Dios, y no tanto, y no solo, en su ejemplo como hombre. Es lo que hace especialmente interesante su lectura. Incluso para el ateo, para quien no alcanza a comprender la doble naturaleza del protagonista del Evangelio; ni la vida más allá de la vida ni la resurrección entre los muertos. De lo que se deduce la propia atracción del libro del doctor Franco, especialmente recomendado un Lunes de Pascua, el día siguiente de la Pascua de Resurrección de los cristianos.