Las enseñanzas del 15-M

La cultura democrática es el principal activo de una sociedad viva y madura. La cultura democrática supone tolerancia hacia el otro; admitir que detrás de su pensamiento y de su conducta se esconden razones y no intereses espurios. Que los derechos se extienden también a las formas y a los procedimientos, y que estos son parte indisoluble del patrimonio político de una sociedad. Y que las ideas no delinquen, sino los actos.

Desde el 15-M, del que se cumplen hoy diez años, hasta la dimisión de Pablo Iglesias, con el tiempo su cara política más conocida, han pasado muchas cosas. En este país la historia se acelera porque durante décadas ha estado paralizada. La tranquilidad era sinónimo de tranca. España lleva en realidad más de dos siglos de historia convulsa. Observar el siglo XIX es constatar el fracaso de un país en donde las diferencias políticas se solventaban por las armas mientras se ralentizaba el desarrollo económico y social.

El 15-M acertó más en el diagnóstico del problema que en las soluciones que aportaba. Se envaneció en su gloria; no calibró su fuerza ni encauzó con acierto sus propuestas

El 15-M supuso un estilo diferente en el modo de manifestar las carencias sociales y políticas. También la demostración de una sociedad viva y una afirmación de cultura democrática. Me refiero a su manifestación más genuina, no a las —escasas y puntuales— algaradas frente a las instituciones y a las agresiones a los cuerpos de seguridad; o al asalto a la capilla del campus universitario madrileño. El 15-M acertó más en el diagnóstico del problema que en las soluciones que aportaba. Se envaneció en su gloria; no calibró su fuerza ni encauzó con acierto sus propuestas. Supieron sus protagonistas dominar las tecnologías y medios de comunicación del siglo XXI, pero creyeron que con eso bastaba. Menos tuits y más política ordinaria, ha dicho Yolanda Díaz, significativamente militante de un partido tradicional, como IU. Quizá sea esta la mejor expresión de lo que tenía que haber sido y no resultó. Pablo Iglesias quería dominar el CNI y la televisión. Española y andaluza. Se quedó en la superficie de la teoría de Antonio Gramsci. No ha calado su discurso en la sociedad hasta hacer cultura porque se ha quedado en el discurso. Sorprende ello cuando en las filas de Podemos hay personas de gran calado intelectual. Quiero entender que todo fue muy deprisa; que esa primera revolución devoró, como lo hizo Saturno, a sus propios hijos. Y que, como otras tantas veces en la historia, se siguen los pasos de la dialéctica hegeliana, por cierto asumida por Marx, aunque —y este fue su error— no solo como explicación de la historia, sino también como método de acción. El no medir las fuerzas de cada cual en cada momento es un error mayúsculo. El poso del 15-M se notará en el largo plazo. Las revoluciones que triunfan al momento, y luego persisten, terminan convirtiéndose en tiránicas. Es el signo de la historia, de la que solo se salva la americana de 1776. Es imposible comprender hoy el presente sin el mayo de 1968. Lo será en el futuro sin el legado del 15-M.

Pero progresismo no consiste en abrazar a un filoetarra o en defender a un rapero que roció de lejía a una periodista. Progresismo no es justificar a un dictador iberoamericano o menospreciar al jefe del Estado de un país democrático desde el cargo de vicepresidente del gobierno. Al final, lo que se consigue es alentar el apoyo a la derecha más extrema. Porque los extremos se alimentan.

Las ideas, cualquier idea por el hecho de serlo, enriquecen. Salvo cuando se convierten en dogma. Entonces se está a un paso de la intolerancia

Es señal de cultura democrática que las distintas sensibilidades del espectro social ocupen su lugar en las instituciones, en los medios de comunicación; que estén presentes en los debates; que no queden fuera; que no aparezcan con el estigma en la frente o en el pecho. Sería nefasto para la salud de la sociedad que no ocurriera así. En una democracia no deben existir extrarradios. Las ideas, cualquier idea por el hecho de serlo, enriquecen. Salvo cuando se convierten en dogma. Entonces se está a un paso de la intolerancia. Y son las intolerancias las que envilecen.

La cultura mediterránea, a diferencia de la anglosajona, suele reservar las formas para el arte. En todas las sociedades existen modelos de comportamiento e instituciones sancionadas socialmente y otras que, en ese momento, son rechazadas mayoritariamente. Es la norma, como expresión del deber ser en un momento histórico determinado, la que tipifica los actos que traspasan el ámbito de la conciencia individual. A través de ella la sociedad se protege. Es en el procedimiento de hacer realidad lo justo donde reside la legitimación del sistema. La lucha en torno a la conformación equitativa de las relaciones sociales debe ser siempre una polémica entre ideas, sin que quepa el sometimiento por otras armas que no estén amparadas por la norma, conformada de manera democrática a través de las instituciones.

Que el Tribunal Constitucional haya anulado parte de un Real Decreto Ley —además, de medidas económicas— por el que se colaba de rondón el nombramiento de Pablo Iglesias e Iván Redondo como miembros de la comisión de control del CNI, es un fuerte varapalo para un gobierno democrático. Apuesto que pasará sin pena ni gloria en los livianos mentideros políticos de hoy. Y además de un fuerte varapalo, es un síntoma y un símbolo. Mayor que el del corte de una coleta.