Las cualidades del mitoEl nacionalismo es uno de los peores vicios intelectuales y morales que puede desarrollar una comunidad. Todo nacionalismo conlleva un supremacismo; una afirmación que no se agota en su propia formulación –como sucede con otras- sino que se arroja a la cara del vecino. Robinson Crusoe no podía ser supremacista contra nadie en su condición de náufrago, porque nadie tenía con quien ejercer su superioridad. Hasta que aparece Viernes.

El supremacismo adopta diversas caras, se viste con distintas máscaras: racismo, machismo, etnicismo… Su trasposición política es el nacionalismo, como decíamos. Con esas paradojas que ofrece la historia, los nacionalismos surgen de una mala mezcla entre el liberalismo y el romanticismo en ese convulso, ambivalente y hasta esquizofrénico siglo XIX europeo. Los liberales trasladan al pueblo su condición de detentador de la soberanía nacional, y los románticos exaltan la diferencia, el exclusivismo en el perfilado del carácter propio. Y el cóctel es explosivo. Los nacionalistas excluyen al otro por no compartir sus mismos caracteres en los que encuentran su definición –raza, lengua, costumbres, historia en común…-; no abrillantan sus raíces sino en la medida en que marcan la diferencia –y se pueden utilizar como arma- frente al foráneo. Los nacionalismos son exclusivistas, poco porosos: raramente permiten que otros –por vocación, por decisión, por adopción- participen de sus elementos definitorios al carecer de pedigrí suficiente. Por eso me gustan tanto Segovia y los segovianos. Segovia podría presumir de carácter nacional más que otras comunidades. No lo hace. El suyo es un orgullo propio, cae poco en la vanidad, y nada en la vanagloria; y menos aún en la soberbia. Es abierto y participativo.

Viene esto como introducción quizá excesiva –pido disculpas- para definir mi propio orgullo ante un español llamado Rafael Nadal. Un compatriota. Es gratificante hacer tuyas las virtudes de los demás. Lo patológico es no permitir que otros lo hagan. Ni compartir las tuyas. Quiero decir con ello que lo mío no es un orgullo nacionalista. Les aseguro que si Nadal fuera Djokovic mi sentimiento sería otro diferente, aunque fuera español. Incluso aunque hubiera nacido en Segovia. Por encima de circunstancias como la pertenencia a un grupo deben erguirse otros valores. Son muy importantes las raíces, pero más lo es la copa del árbol que se orea al viento fresco y que permite que se posen en sus ramas los ajenos.

Rafael Nadal representa unos valores que trascienden los de una comunidad y se ensartan en lo mejor del ser humano

Rafael Nadal representa unos valores que trascienden los de una comunidad y se ensartan en lo mejor del ser humano; por ejemplo, la superación ante la adversidad, el respeto al contrario y el tratar al fracaso y a la victoria como a dos impostores, como las dos caras de la misma moneda. También, y no es poca la cosa, el deseo de compartir con los demás lo bien que te ha ido en la vida. Nadal no se parapeta en una bandera. Aunque la use en más de una ocasión, solo supone un signo de comunión con los cercanos, no de exclusión. Me apena que la bandera que enarbola Djokovic sea la misma que llevaron en sus fusiles, en sus carros de combates, en su pecho asesino los genocidas serbios en Srebrenica. Es el peligro de las banderas cuando se conciben como algo que restregar en la cara del otro, contemplado este no como un ser humano, sino como alguien sobre quien imponer la fuerza bruta, la aparente y vomitiva superioridad. En Rafael Nadal la victoria o la derrota son simples matices sobre los que sobresalen los valores humanos como exclusivos signos de identificación social.

Nadal se ha labrado su propio mito. No basado en palabrería hueca, en imaginería de barro; no sustentado en conceptos vanos, sino en las dos características que deberían definir al ser humano: la inteligencia y el deseo de superación: el ansia perpetua de algo mejor, el destierro del derrotismo a las cavernas más profundas de lo irracional. Y junto a ellas, y como excelso remate, la eterna compañía de dos cualidades morales: altruismo y educación, que son la mejor manera que tiene la bondad de manifestarse. Altruismo, educación, bondad: conceptos que por manidos van perdiendo a marcha rápida su verdadero significado. Creo que no hace falta acudir a los versos de Antonio Machado para descubrir su buen sentido.

Repito que no es la victoria lo que da valor a lo que este domingo vivimos, sino el deseo de superación, el comportamiento en la pista, incluso el modo de encarar la victoria. Transcienden el tenis. Transcienden el deporte

Rafael Nadal hace mes y medio pensaba retirarse por sus problemas físicos y alicaído por los efectos de la maldita pandemia. Este domingo perdía los dos primeros sets ante un joven ambicioso, magnífico tenista aunque no tan buen deportista –tanto tiene que aprender de las formas morales de Nadal-, y contra todo pronóstico –el mío el primero- terminó alzándose sobre los peores augurios. Repito que no es la victoria lo que da valor a lo que este domingo vivimos, sino el deseo de superación, el comportamiento en la pista, incluso el modo de encarar la victoria. Transcienden el tenis. Transcienden el deporte. Trascienden la alegría que se puede tener como compatriota de un ser enorme desde el punto de vista moral. Eran las tres de la tarde y once minutos. ¡Ay, qué magníficas tres y once minutos de la tarde! ¡Eran las tres y once minutos en todos los relojes! ¡Eran las tres y once en el sol español de la tarde!