Las calles perdidas

Hay algo en los callejones que atrapa la imaginación y somete la voluntad. Estrechos y retorcidos, oscuros y cubiertos por la mugre verde del abandono, estos tránsitos a ninguna parte pueblan el tibio desconocimiento de nuestro corriente devenir. Ya sean fruto del crecimiento orgánico de las ciudades, como el toledano callejón de la Soledad, o de la improvisación urbanística impulsada por los privilegiados, visible esto último en la agobiante calle del Codo que circunnavega y cierra la casa y torre de la familia Luján, en la madrileñísima plaza de la Villa; por la desidia de los concejos o la poca importancia que aquello tenía en épocas pasadas, cuando todo giraba entorno a la necesidad del vecino y no constituía su ausencia el más perseguido de los activos, esencia de las actuales ciudades cada vez más deshumanizadas y perfectas en su solitaria y bulliciosa incomprensión. Pues entre aquellas callejuelas que poblaban el mal llamado Madrid de los Austrias, las cuadrillas próximas a la catedral de Segovia o los barrios apretados del casco toledano; en las judería de Córdoba o a la sombra eterna del sol que ajusticia a diario el maravilloso Albaicín granadino; entre todas aquellas sierpes de adoquín y adobe deslustrado, uno se siente libre y condenado al arrebol del florentino Ponte Vecchio que imaginara Bocaccio, en plena ensoñación adolescente de una de aquellas noches en que Sherezade hizo correr al perverso rey Schariar por las oscuras sendas de un Bagdad inexistente o persiguiendo en la golfería al segoviano Rinconete por las cervantinas callejuelas sevillanas.

Así, al menos, me sentí cada vez que puse el pie en alguno de los callejones olvidados de este Real Sitio; siempre que, por un decir, me arrimaba hasta la calleja de los Lecheros para recoger el pan que el señor Bernardo Pascual hacía a poniente de nuestra casa en el galimatías alimentado por el crecimiento del Barrio Bajo. Este, a diferencia del Barrio Alto, hubo de esperar más de medio siglo para ser mínimamente ordenado. Llegado Carlos III al trono, más alcalde que monarca, tomó la decisión de dar forma a las calles y avenidas destartaladas que habían surgido en las proximidades de la enfermería levantada por Andrea Procaccini hacia 1725. Con el objetivo de dotar de acceso e higiene urbana a la colección de casonas erigidas por aquella plétora de cortesanos, José Díaz Gamones dispuso un orden similar al del Barrio Alto para lustrar la colección de casas solariegas, casuchas inmundas, casetones y barracas que conformaban este Paraíso más allá del talud limitado por los cuarteles de infantería y Corps. Dispuesto el eje central en la calle de la Reina, Gamones replicó la traza ya iniciada por José Esteban y la recua de arquitectos italianos venidos al calor del patrocinio de la reina parmesana, abriendo con puerta monumental y cerrando con plaza e iglesia. Ahora bien, la urbanización carolina del Barrio Bajo fue limitada a las cercanías de aquel eje y su plaza, quedando incultos muchos de los espacios alejados de aquel foro. La parte trasera de la parroquia del barrio plebeyo que trazaran Sempronio Subissati y Domingo María Saní en 1738, nunca llegó a ser normalizada conformando un entramado incomprensible de cajales apretados desde la calle del Lagar, donde degustar vinazos que permitieran ver la Libertad en aquella otra callejuela tenebrosa y húmeda presidida por un aforismo cervantino.

Y fue en una de esas calles perdidas, arrimado a la fuente de los Lecheros, que mi querido amigo Enrique, hermano del Sr. Bellette, me hizo caer en la cuenta de dos de los callejones más desconocidos, olvidados e inexistentes para la inmensa mayoría de mis paisanos. Uno de ellos, llamado del Ciruelo por el frutal que lo preside, recorre un espacio saludado por patios traseros arbolados y el aroma tentador de la tahona y las cocinas de bares y vecinos caídos en el ayer, como la diminuta y risueña señora Delfina o la señora Sinfo y sus orondos judiones, para morir en una diminuta plazoleta umbría y ruidosa. Justo donde nació la señora Maruja, hija de Andrés Velasco, el único de mis vecinos asesinado en Matahausen por la barbarie fascista. El segundo de los callejones, la llamada calle del Boticario, divide las tres edificaciones de la manzana para morir en una plazoletilla que hubo de tener salida hacia otra calle en algún momento del pasado, existiendo en este presente que todo lo desmemoria únicamente en las escrituras de la casa de Enrique Bellette.

Cerrados todos en beneficio de la pulcritud, del orden y la decencia

Para desgracia de todos mis paisanos, de mis vecinas, ambos callejones han finado al desaparecer tras una puerta allí levantada vayan ustedes a saber por quién. Lo mismo que aquel callejón exiguo de la calle de las Tornerías de Toledo presidido por un escudo que corona una tremebunda águila bicéfala. O la plazoletilla trasera de la rinconada de la plaza de los Dolores; o la que persiste en la callejuela de Felipe V. Cerrados todos en beneficio de la pulcritud, del orden y la decencia, los callejones de nuestras ciudades acaban sufriendo el mismo destino, ocupados y desaparecidos de la realidad para acabar como arcón de los demonios de unos pocos, aquellos que deciden lo que debe ser usado o no.

Que, en este santo País, queridos lectores, muchos callejones desaparecen a diario para ser almacén de las vergüenzas de no pocos interesados en que lo público mengüe. En aras de esa honradez solamente cacareada por los que carecen de todo atisbo de ella, asistimos al asalto de lo comunitario sumidos en la estulticia más nociva. Los callejones, espejo de la gloriosa insignificancia que constituye lo popular, lo colectivo y humano que en todos nosotros habita, deberían estar presentes en cada momento que transitamos, en cada uno de los pasos que damos, pues, perdidos para el común, desaparecidos de nuestro horizonte cotidiano, no nos quedará más que recordarlos al otro lado de la puerta, imaginando lo que una vez fueron y confiando en la falsedad inherente a la promesa hecha por quien pone las cancelas.