Las abejas de Santa Cecilia

Hay en las abejas un esfuerzo denodado que no acabo de entender. Comprometidas con la colmena, laboran sin sentido, bien recogiendo polen, bien trabajando sin descanso en el panal, bien alimentando sin protesta a un zángano que fornique con la reina en su cubículo. Hacendosas en un quehacer sin fin, el esfuerzo denodado de una vida gastada en beneficio de la pervivencia comunal redunda en ese zumbido aleccionador. Ora soporífero, ora alarmante, el runrún de las abejas socaba la tranquilidad de cuantos lo perciben asumiendo que, en la reacción inmediata a la cacofonía, habrá implícita una respuesta inmediata. Generalmente inquieto por lo que pudiera ocurrir, el paseante reacciona con aspavientos al martilleante son como si aquella perentoria necesidad de sacrificio por la comunidad fuera una peste contagiosa. Que en el sometimiento a la supervivencia de la colmena siempre ha dormitado un mensaje poco inspirador.

Quizás, por todo ello, enamorados de la primera de las mieles destiladas y de la exclusiva jalea real con que las esclavas nutren las larvas y alimentan de por vida la plenitud de la reina, monarcas de cualquier condición y tiempo han amado el deleite de un dulzor intenso e inmaculado. Presos de tamaño privilegio, reinas de arrugada piel menesterosa y decrépitos reyes de digestión atorada buscaron en la dulce y delicada miel de titilante y poderoso reflejo una solución a la degeneración implícita en lo diletante de su vida. A la sombra de castaños y almendros, avellanos y guindos; en bancales de granítico pretil y terrosas trincheras abrigadas por sedosos musgos donde acostar las colmenas, los experimentados apicultores del rey cultivaban aquella vida encarcelada entre reina y flor, larva y jalea, zángano impenitente y rica miel de sus entresijos. En el jardín que decía Alexander von Humboldt tener el rey de España entre las nubes, aquellas cárceles doradas se acostaban a la sombra de una barraca enhiesta entre dos monumentales cedros de intrincada cortezas y ramas infinitas. Sometidas al eterno abrazo de tan descomunal paisano, las incansables siervas del dulzor saltaban la vieja puerta metida en mármoles y postigo para llegarse hasta la entonces caja de estudio. Allí, esquivando abejarucos traviesos, hambrientos vencejos de veloz y virada visión y una legión de pititas, carriceros y bisbitas parasitadas por deleznables e insufribles cucos, las abejas supervivientes recogían cuanto pegajoso polen generaba un mundo floral esparcido frente a la orangerie que Felipe V tenía en la vieja Partida del Rey.

Bien fresquitas a la umbría de las tuyas, bebiendo del frescor que el estanque bajo regalaba, las abejas del colmenar del rey perpetuaron su deliciosa y servil condición durante al menos siglo y medio. La decadencia de una monarquía confundida entre el devenir social, el nacimiento de aquel liberalismo patrio tan irredento y la abolición de una ignorada esclavitud dio al traste con una práctica ancestral, conformada en aquel espacio de inmenso y salvaje verdor. Las flores de la Partida del Rey transmutáronse en homéricos pies de raíz hincada en el vientre de la tierra para parir el británico Jardín del Potosí, abandonando la fragancia desatada y el fragor de un arcoíris vegetal al recuerdo de quiénes pudieron ver aquello al menos una vez en su vida.

Sin embargo, pasado el tiempo y recogida la monarquía entre las páginas de constituciones vacías de comprensión, repletas de letras vacuas y supuestos propósitos incendiarios que no queridos, las abejas volvieron a reunirse en la bella Plazuela de las Lilas. Arropadas las colmenas en la sombra por las verdes hojas de los olmos que crecían en la ribera del Eresma, las abejas de Santa Cecilia dispusieron un nuevo dulzor candente en el hermoso palacete levantado sobre las ruinas de la vieja ermita donde el Ángel del Apocalipsis pregonara ese amargo veneno contra los pobres judíos segovianos. Cultivadas en loor del progreso, aquellas abejas del Real Sitio alojadas en Santa Cecilia volvieron a regalar la bendita miel nacida de las mil flores que acompañaban a todo quisque camino del Puente de las Merinas, allá en el bajío de las truchas. Ya fuera sobre peonías en junio, jacintos en mayo y narcisos en abril, un millón de incansables y zumbonas trabajadoras ordeñaban millares de pistilos y estambres con que producir un denso y fluido oro premiado en las exposiciones de Segovia de 1920 y Madrid en 1921; merecedor del diploma de honor y la medalla de oro en las convenciones internacionales de Bayonne-Biarritz en 1923 y Lyon de 1925.

«No dejo de pensar en cómo la injusticia, insidiosa compañera de la belleza y el placer, se ceba en tan necesarias paisanas»

Y un servidor, que de lo dulce sólo ansía su recuerdo, no tiene por menos que compadecer a tan preciadas compañeras de verde caminar y fresco deleite por la campiña interminable de un bosque que todo lo acoge. Sentado a la sombra de algún que otro tejo de pútrido corazón, acunado por las viejas ramas inmensas de aquel inabarcable cedro en cuya corteza palpita mi ser, pierdo la consciencia de un presente aterrador abotargado por el rumor cansino de un contumaz aleteo que solo premia al que nada hace y a quién siempre ordena sin recabar remordimiento alguno ante tamaña explotación. Embelesado por el escandaloso trajín de una sumisa cohorte abejil, adormecido por el aroma dulzón e hipócrita de las varitas de San Juan, no dejo de pensar en cómo la injusticia, insidiosa compañera de la belleza y el placer, se ceba en tan necesarias paisanas. Estúpidas presas de una tiranía incomprensible, las preciosas abejas, esforzadas prisioneras de un suculento y exquisito sistema para quien nada expone, engranan una sociedad multiforme encadenada donde la feliz emancipación, seca y amarga, pasa por la ruptura de semejantes doradas e invisibles ajorcas. Esas que, por mucho que uno se esfuerce en pregonar, encajan la flor con el fruto y éste, con un recóndito orden de dependencia miserable donde la obrera, odiando su destino, no deja de amar esa condenada rica miel que acabará por descomponer sus entrañas.