La verdad confinada

Una de los axiomas más relevantes de la cultura occidental es aquel que afirma “la verdad os hará libres”. Lo contrario, es decir, la mentira y el confinamiento de la verdad, anula las libertades. En este sentido, dice un principio ético que cuando los líderes y gobernantes son modelos de identificación y a la vez son mentirosos influyen en pro de una sociedad de mentira en la que se pierde la confianza.

Ante esto, la reacción humanista es: “Nos encerrarán, pero no nos callarán”. Esta debería ser la máxima de los ciudadanos en tiempos de confinamiento. No acallaron nuestros aplausos cuando todas las noches salimos a los balcones a recordar que somos vecinos agradecidos. No acallan a los buenos periodistas diseminados que durante la pandemia mantienen las redacciones operativas. No acallan a los expertos, científicos e investigadores que siguen inquietos, responsables y despiertos, que mantienen abiertas las fuentes de información de sus trabajos, de sus artículos y de sus informaciones, no siempre coincidentes con las de los ministerios gubernamentales de la verdad oficial.

Recordemos que en “1984”, según la dis-tópica novela de Orwell, junto a los Ministerios del Amor, la Paz y la Abundancia, el poder se inventa el “Ministerio de la Verdad”. La tarea de este ministerio estatal no es defender apasionadamente la información contrastada, la transparencia creíble, el diálogo o la ejemplaridad. Menos aún despertar a la solidaridad, la confianza mutua o la entrega desinteresada a los demás. Su tarea está siendo la de atomizar, gestionar, administrar y seleccionar la información como papilla disponible, convirtiéndola en “dato científico”, en argumento “contrastado y verificado”. Eso sí, siempre por expertos (jaja¡¡). Es como si los gestores gubernamentales se lavaran las manos de sus responsabilidades políticas y dejaran que el materialismo de los hechos se impusiera a través de los medios de comunicación que se convierten, de esta forma, en anestésicos centros de propaganda eficaz.

Además de Orwell, en la tradición francesa conviene recordar dos acontecimientos relacionados con la gestión de la verdad en situaciones de crisis. Primero, el caso del oficial Alfred Dreyfus, recreado por Polanski en su película “El oficial y el espía” (2019). Allí se nos recuerda el famoso artículo de Zola donde se enfrenta al poder gubernamental con el inolvidable artículo “Yo acuso”. Segundo, el desprecio que sufrió Charles Péguy cuando sus camaradas comunistas lo expulsaron porque era el Comité central y la ejecutiva del partido quien determinaban lo que era verdad o no.

La pandemia y el confinamiento como efecto nos deberían servir para estar un poco más despiertos ante la gestión de la información que realizan los gobiernos. Los datos, las cifras y los números que se nos proporcionan son insuficientes. Se nos presentan sin desglose, sin precisión, sin contexto, deshumanizados, sin la correspondiente referencia a la realidad con la que cobran sentido. La verdad no ama el confinamiento y las consignas partidistas, por eso se encarna esperanzadamente en la duda, la libertad y el sacrificio.

Cuando las leyes, sobre la pandemia o sobre ecología o convivencia, están sujetas al negocio o al turismo, la esclavitud de la verdad o la distorsión de la noticia están servidas: en lugar de buscar la salud inmediata de los ciudadanos se busca la salud para que en navidad o en épocas de mayor producción haya disminuido la pandemia. Resultado: no interesa tanto la salud de los ciudadanos cuando su salud en función del negocio.

Sin verdad no hay confianza, sin confianza se crea el miedo entre los ciudadanos, con miedo la libertad está amenazada y cuando esta desaparece la democracia no existe: los ciudadanos se convierten en títeres del poder económico o político.

En La Declaración de Derechos Humanos se afirma que “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.

Sin embargo y por desgracia, en las relaciones sociales, existe hoy una degeneración del ethos de veracidad tan necesario para conocer la verdad: lo demuestra la grosería en las descalificaciones políticas, la superioridad de unos frente a otros manifestada en un lenguaje que produce lucha y enfrentamiento.


(*) Catedrático emérito.