La universidad y la mayoría de los estudiantes

La inmensa mayoría de los estudiantes universitarios, como ocurre en el conjunto de la sociedad, son, hemos sido, talentos medios. Personas con la inteligencia suficiente como para sobrevivir en la institución y conseguir que la universidad pasara por nosotros, sin limitarnos a pasar nosotros por ella. Por eso, aunque una de las funciones imprescindibles de la universidad sea poner en valor a sus estudiantes y profesores con dotes intelectuales sobresalientes, una buena parte de su tarea y de sus recursos se dedican, y es lógico, natural y necesario a formar a gentes que aspiran a ejercer bien su profesión en empresas, como emprendedores, como profesionales liberales, o empleados públicos para conseguir un funcionamiento mejor de las diversas administraciones.

Paradójicamente es relativamente fácil señalar qué atención se ha de prestar a los genios. Basta con que sea la mejor que se pueda: del resto se encargan ellos. Lo importante es que no se pierdan y eso es lo difícil. Lo complicado es establecer qué formación mínima debieran tener nuestros estudiantes más o menos inteligentes, más o menos aplicados, más o menos motivados…

Con esta especie de pedagogismo militante y rampante que responsabiliza de todo al sistema educativo, desde el pre-escolar al doctorado, el profesorado acaba como culpable de cualquier mal social que asome por el horizonte o se establezca con firmeza. Al profesor universitario le toca, por ejemplo, motivar a unos estudiantes que a los pocos meses de empezar la universidad podrán votar para elegir a sus gobernantes e ir a la cárcel por los delitos que cometan. Siempre he temido que el día menos pensado me envíen a la jaula por no haber educado en los valores ciudadanos a un primate con capucha y carnet de identidad que acabó en mi aula como última opción.

Lo segundo es que debemos hacer las clases agradables, que significa facilitas, que las puedan entender todos. Se ha de recordar que la universidad está abierta a todo aquel que sea capaz de entender lo que se dice en un aula universitaria. Esa preparación previa no se puede dar por supuesta. En caso contrario los mejores profesores acabarán siendo los animadores de grupos juveniles o de los viajes del Imserso.

No es complicado establecer una meta para la formación universitaria. Lo básico es que sean capaces de leer y de escribir bien. Es decir que puedan entender lo que dice un texto escrito, lo que significan unas imágenes o un discurso audiovisual. Leer: lectura comprensiva. Ser capaces de asimilar con las propias palabras (aunque se acaben de aprender) y expresar comprendiendo un resumen o la idea principal de aquello.

El segundo objetivo es igualmente fundamental: nuestros estudiantes universitarios han de salir de nuestras aulas sabiendo escribir y expresarse oralmente con claridad.

Ser capaces de poner unas palabras tras otras con sentido: sujeto, verbo y predicado. Y por supuesto mostrar esa misma capacidad con recursos audiovisuales. Necesitamos volver a las presentaciones orales, a los exámenes orales de los estudiantes: si no, no habrá modo de valorar esa cualificación que es absolutamente necesaria. Es lo que diferencia a una sociedad analfabeta de la sociedad del conocimiento.

Se requiere igualmente crear una mentalidad básicamente matemática. Primero por lo que tiene de lógica asumida y asimilada; luego por lo que implica de sentido de la proporción y de la medida. Además por lo que supone comprender qué es igual, qué semejante, qué proporcional, qué es lo contrario y qué lo contradictorio. Y qué es una tendencia y qué una tendencia de la tendencia y que la media no es la media de las medias…

Y esto debe conseguirse en cada titulación de grado. Da igual en qué. Estas cualidades son tan imprescindibles para un estudiante de derecho, como a uno de matemáticas y en medio puede meterse lo que se quiera, porque los contenidos (que son muy importantes) son la materia que se lee (y se ha de entender), sobre la que habrá que hablar (con orden y claridad fonética) y escribir (con claridad sintáctica, corrección ortográfica y estilo elegante y comprensible). Porque lo que no se sabe expresar con claridad, sencillamente no se sabe. No hay que complicarse más.

Si a esto se le añade la capacidad y la experiencia de trabajar en equipo con otros compañeros; una cierta condición para orientar el esfuerzo del conjunto a conseguir la meta prevista, tendremos ya a un futuro ciudadano con capacidad para aportar algo interesante a la sociedad. Y es seguro que la sociedad sabrá corresponder.
Como haya que empezar animando al personal a que emprenda estas tareas, mejor lo dejamos. Como cada clase necesite un jueguecito de kahoo para estimular su sentido lúdico y de ahí pasar a la responsabilidad, mejor lo dejamos. Como cada estudiante sea incapaz de soportar que le digan que ha hecho mal, y hasta muy mal, una cosa y que debe esforzarse más en aquello, mejor lo dejamos.

En fin: a la universidad (los estudiantes, pero también los profesores) hay que venir motivados, como a la vida hay que llegar llorados. Si no, es mejor no entrar y esperar a estar preparados.