La ubicuidad de la Estación de Autobuses de Segovia

Un debate urbanístico se ha abierto paso en Segovia durante los últimos años: la posible habilitación de una nueva estación de autobuses en los terrenos de la antigua estación de ferrocarriles. En estas líneas, quiero argumentar mi posición contraria a dicho proyecto.

El vaciamiento demográfico del casco histórico tiene como correlato la concentración de la población en la periferia. Cuando llega el autobús de línea que sale de Madrid a las 23 horas, un fenómeno llama la atención: la mayoría de los pasajeros abandona el vehículo en la parada aledaña a la ermita del Cristo del Mercado. En alguna ocasión, incluso, me he quedado yo solo.

El sentido común puede engañar, por incomprensión de los fenómenos complejos. Desde el método falible de la verificación, se podría defender que es una buena idea el traslado de la estación a un emplazamiento arrabalero muy poblado. Nada más lejos de la realidad. Desde el rigor analítico, se pueden alcanzar conclusiones que refutan la apariencia del sentido común.

La calle única de Segovia —calle Real—, que advirtiera Ramón Gómez de la Serna en El secreto del acueducto (1922), se ha ido expandiendo de facto en zigzag. La avenida del Acueducto, consolidada desde hace muchas décadas como primera prolongación, cede el testigo, tipo carrera de relevos, al eje formado por la adición de Ezequiel González y Conde de Sepúlveda, cada vez más relevante en relación a José Zorrilla, desde muchos ángulos.

El centro real que se estira en huida del casco histórico es tendencia por la que apuesta el mercado. Las políticas públicas deberían corregir dicho efecto; pero llevarse la estación de autobuses a la salida hacia Madrid —es decir, al quinto pino— solo contribuiría a magnificar el desequilibrio urbanístico referido, que atenta contra la ciudad compacta.

El escritor colombiano Daniel Samper —hermano del expresidente Ernesto Samper— comentó hace años, como colaborador del antiguo programa de fin de semana conducido por Pepa Fernández (RNE), que uno podía desplazarse en el día a Segovia como visita a un museo; pero, por el contrario, Madrid —al igual que su Bogotá natal— era un vividero. Y la gran urbanista Jane Jacobs planteaba que las ciudades vivas no son museos. El aislamiento del casco histórico frente al puente-busero solo acabaría por certificar la partida de defunción en lo que le queda a la ciudad de vividero. La condición de museo al aire libre para turistas quedaría impuesta.

En conversación con alguien que se haya mudado desde Madrid, el 90 por ciento de los vecinos de Segovia dirá: “claro, aquí se vive más tranquilito”. Cuando le preguntaba a una dependienta joven de comercio si se desplaza a la capital del país con alguna frecuencia, me respondió: “¿qué se me ha perdido en Madrid?”. En realidad, solo concedía que su hija de cinco años quiere visitar el Museo de Ciencias Naturales —imagino que para ver los restos de dinosaurios—. Esta sería la razón principal, más allá de ir a El Corte Inglés de ciento en viento.

En realidad, las cuestiones son más complejas; y los cisnes negros que se desvían de la media pueden resultar más numerosos de lo pensado. Segovia tiene potencial para ejercer cierta capacidad de atracción sobre profesionales urbanitas, pertenecientes a la clase creativa, en tanto apéndice de la zona metropolitana que irradia desde la Puerta del Sol. El disfrute de la oferta de ocio del casco histórico adyacente al acueducto es motivación principal; pero, bajo una condición, cual es la permanencia del nexo umbilical con Madrid. Y, en este sentido, la ventaja del autobús de línea resulta manifiesta. Según están las cosas, se viaja con comodidad de centro a centro, entre las dos urbes, sin dependencia de un transporte público complementario; algo que no resulta posible con el AVE. En dicho marco, tengo el recuerdo de ver al periodista Moncho Alpuente, madrileñista hasta las trancas, por la avenida del Acueducto tras llegar desde la estación de autobuses a su municipio de residencia.

El traslado de la infraestructura de transporte sería externalidad negativa, susceptible de dañar la centralidad del casco histórico de Segovia. La cuestión no es baladí; y, tal como defendía mi admirada Jacobs, una ciudad sin centro inclusivo solo representa una colección de intereses dispersos. Además, el paquete completo del proyecto inversor también barajaba un complemento perverso: la preservación de la rodoviaria actual —ya es hora de emplear más portuguesismos—solo para autobuses turísticos. Esta primacía del turista sobre el vecino empadronado ahondaría un fenómeno que avanza sin cesar, con el coste de una diversidad mermada del centro urbano: la turistificación, simbolizada por edificios enteros adquiridos en la calle Real —antes del confinamiento pandémico— para apartamentos turísticos.

La antigua estación ferroviaria encaja en un paisaje urbano con encanto, junto a silos decorados por grafitis. Todo un escenario decadente. Por favor, qué no destruyan este espacio público, con potencial para usos varios. Lo mismo que Delicias en Madrid alberga el museo del ramo, la instalación segoviana podría devenir en algún tipo de contenedor cultural. Por lo pronto, se trata de un escenario ideal para rodajes cinematográficos.

La frase pronunciada por un personaje de Vargas Llosa ya pertenece a la leyenda: “¿cuándo se jodió el Perú?”. Tengo claro que mi Segovia particular —y la de muchos otros- quedaría rota en caso de salir adelante el proyecto desarrollista. Si ya resulta un sacrificio el desplazamiento para impartir mi actividad docente en tres facultades de la Universidad Complutense de Madrid, por lo menos puedo caminar hasta/desde la estación ubicada en Ezequiel González. Un escenario alternativo solo complicaría la llegada a Moncloa para muchas personas, máxime con el desnivel orográfico para alcanzar el ómnibus en emplazamiento alternativo.