La reforma necesaria

No creo que el siglo XIX sea el origen de los problemas que padece todavía la España de hoy. Pero explica muchos de ellos. Después del XVI, el XIX es el siglo de la conformación moderna (o contemporánea, para ser exactos) del Estado-Nación. Los países europeos, incluyendo la especial virulencia que se vivió en Francia, adquirieron su personalidad e incluso su fisonomía con revoluciones y sucesivos cambios de régimen. Después, el final de la Gran Guerra terminó por concluir el dibujo. Solo el imperio inglés quedó inmune a las algaradas y revueltas, que en ocasiones fueron violentísimas. Hay que recordar que en 1870 París estuvo durante meses gobernada por una comuna. En Inglaterra, la solidez y tradición de dos partidos y la fortaleza de la sociedad civil alentada por la economía dio una estabilidad que retroalimentó un desarrollo ajeno a las revueltas. Ello hizo que el propio Marx fracasara en su diagnóstico sobre el país destinado a evidenciar, según él, la lucha de clases.

En España hubo cuatro guerras civiles en ese ciclo; sistemas políticos diferentes (uno de los Napoleón, el esbozo de Estado Liberal, Borbones, Saboya, República y vuelta del Borbón) y una fuerte presencia del ejército y de la religión. Pero no conoció una revolución social. Durante seis años se intentó, de 1868 a 1874, y terminó en fracaso. Todo concluía con ruido de sables. De uno y otro signo. Una maldición teñida de impotencia y desinterés —y de incultura y pobreza— impedía a la sociedad civil marcar su destino, y la estabilidad brilló por su ausencia. Faltó un sistema escolar sólido con presencia de la educación pública como materia y ejercicio del Estado más allá de la simple regulación normativa. Faltó un tejido de comunicaciones terrestres y faltó establecer las bases de un mercado económico. Todo quedaba bajo la iniciativa particular mientras se construía un paripé de democracia parlamentaria en el último cuarto de siglo.

El problema de España sigue siendo el nacionalismo. En su más amplio alcance. Y más cuando el español quedó empozoñado por el franquismo

El Estado-Nación español nació con fuerza pero se desarrolló con debilidad durante todo el siglo XIX. Qué decir del XX. Una dictadura es el mejor ejemplo de fracaso social. Y se contabilizaron dos. En España solo han existido esbozos de revolución social y está todavía pendiente de articular la relación entre comunidades locales con fuerte personalidad y el sentimiento colectivo de nación. El problema de España sigue siendo el nacionalismo. En su más amplio alcance. Y más cuando el español quedó empozoñado por el franquismo y ahora se ha dejado de lado porque huele a naftalina. En cambio, los nacionalismos periféricos inculcan el sentimiento en la escuela, en los museos; no tienen empacho en distorsionar la historia ni en crear falsos relatos: ha calado en la sociedad civil que se ha inflado de supremacismo. En un Estado-Nación, la gestión del sistema educativo y sanitario debería residir en la administración central, y fomentar ante todo la escuela y la sanidad pública. Todo lo demás podría ser susceptible de traspaso competencial a quien también son parte integral del Estado. Y ello por un motivo de eficiencia, de garantía de libertad y de autodefensa.

En España, por suerte, solo unos marginales residenciados en el País Vasco y Cataluña están fuera del sistema

Es tan necesario como el comer emprender la reforma del Título VIII de nuestra Constitución. Es nuestra gran asignatura pendiente. Pero para ello se necesita la voluntad de los dos partidos mayoritarios de nuestro país. Desgraciadamente, no parece que el horno esté ahora para estos bollos. Mal harían PP y PSOE en poner líneas rojas a su derecha y a su izquierda. Por esta y por otras cuestiones. Ni Vox ni Podemos son un peligro para la democracia. Demonizarlos es una tarea inútil cuando se está retornado a un bipartidismo imperfecto y el centro ha vuelto a ser engullido por los dos partidos mayoritarios. Raramente podrán gobernar en la administración que sea sin el concurso de quien ocupa la parte más radical de sus respectivos espectros políticos. En España, por suerte, solo unos marginales residenciados en el País Vasco y Cataluña están fuera del sistema.

Esa integración es necesaria para renovar el pacto constitucional y terminar de modelar y rediseñar las competencias autonómicas. La pandemia y cuarenta años de ejercicio han enseñado sus grietas. La desescalada lo ha evidenciado más. En Alemania, con una sistema constitucional sólido desde 1949, se están redistribuyendo las competencias entre el Estado y los länders. Y nadie se rasga las vestiduras.

La patochada que está sucediendo en Cataluña es inconcebible en un Estado democrático europeo. Hace unos días me lo preguntaba un amigo alemán. “¿Me quieres decir que van a existir dos gobiernos autonómicos, uno en Cataluña y el otro en Waterloo, y que la presidenta del Parlamento es una mujer imputada por cuatro delitos?”. Incompresible, ¿verdad? Pues es la triste consecuencia de un Estado-Nación a medio conformar, y además acomplejado.

Creo que será cuestión de trasladar con un discurso evidente y firme lo que la realidad de estas décadas ha dejado meridanamente claro. Pero los discursos políticos han caído en este país a una simpleza clamorosa. Se ha visto en la campaña de Madrid. Eso evita plantear programas de gobierno. Programas a corto, medio y largo plazo capaces de ejecutarse y de no quedar en simples cantos al sol. Y, por desgracia, la Corona, como símbolo constitucional de estabilidad, no aparece en estos momentos con capacidad ni deseo de enfangarse bajando al terreno político y liderando esta iniciativa.