La puerta muerta en el Potosí

Que una puerta muera siempre es una catástrofe para el muro que la completa. Cerrado el acceso que una vez concibió, ladrillo, piedra y mampostería ocupan un espacio de libertad que toda valla que se precie ansió alguna vez entre la cascarilla meteorizada que viento y lluvia regalan a quienes niegan el más mínimo soplo de libertad. Agostado el tránsito por un nuevo paredón, el yeso recién aplicado muestra la lozanía del impedimento donde, en un tiempo pasado, fluyó la rebeldía que una puerta y su cerradura otorgan a todos los que creemos en la destrucción de las llaves. Y, aunque muchos se esfuercen en acompasar el son del sillar opaco encalado con la vieja faz de un lienzo acosado por años de libertad apresada, la vieja puerta muerta grita desde el recuerdo la necesidad que de ella sigue teniendo el recinto que sea.

Caminando por el jardín del Potosí, otrora partida del Rey repleta de naranjos y limoneros reventados de dulces y delicados azahares, entre robles porfiones, cedros desahogados de recto tronco esgrafiado y pinos silvestres retorcidos por tanta impostura floral, un pedazo de cerca, otrora galana puerta al plantel, pena su fallecimiento encalado lanzando un sordo estertor a todo caminante que deviene por aquella vereda umbría al claroscuro del desconcierto. Aún coronada por la empizarrada marquesina decimonónica, la sombra de aquella puerta languidece su desaparición, crucificado su recuerdo en blanco grito desesperado que ni la vulgar Venus acogida entre nenúfares descomunales se digna en recoger. Aquellos, floridos y flotantes florones de flagrante fragancia hacen oídos sordos a un clamor que ni el más avezado peregrino del bosque se siente capaz de percibir.

Hubo un tiempo, sin embargo, en que ese paredón blancuzco libre de musgo enraizado y aún no dominado por la verde hiedra que todo lo cubre presentó una lozana puerta de verdes cancelas y brillante cerrojo engrasado; un tiempo glorioso aquel, cuando los rayos se escapaban entre sus bisagras para acariciar el primoroso azur de las vincas en flor y los vecinos de este Real Sitio luchaban contra la administración palaciega para poder acceder al jardín del Rey cruzando sus goznes. Estos, deseados de par en par, habrían supuesto para un millar de vecinos el candor de un recurso sólo permitido a los privilegiados asentados en el oropel del Barrio Alto. Así, en el año 1878, el marqués de los Ulagares había encabezado una cruzada municipal para lograr que la otrora puerta de la Partida del Rey al plantel principal del jardín fuera abierta de continuo y poder dar acceso a los humildes privilegiados del Barrio Bajo. Estos, cansados de tener que remontar las cuestas que salvaban el terraplén entre los dos barrios, apostaron por la apertura de una puerta que, replicada en la calle del Calvario, permitiera deleitarse con los fastuosos verdores de los castaños abrigados, la sombra profunda y lacerante de la vieja calle de las luminarias y el zumbido relajado del Colmenar abrochado por la negrura insondable de los tejos serranos. Convencidos de su propósito, aquellos aristócratas del peldaño inferior, rodeados por los paisanos más despegados de la miseria reinante, se atrevieron incluso a construir puerta y cerca que delimitara el acceso al ya jardín del Potosí de modo que se normalizara el uso de los jardines en ausencia del monarca desbastando al menos alguno de los privilegios que, como es costumbre en este santo país, solo acomodan a un puñado de diletantes.

Como ya estarán imaginando, la propuesta calló en el parche del saco que no se pudo remendar y la puerta, doblada en la calle citada, camino del pozo de la nieve y el inmenso caserón que acogía al jardinero mayor, recibió, en lugar de luz y paisanaje, más cerrojo, cal y, en unos pocos años, muros de relleno y cemento pobre que alejara puerta, quicio y dintel de las esperanzas siempre engañadas de aquellos que suelen creen en la justicia con se suele acompañar al sentido común.

«Que de puertas cerradas a cal y canto bien sabemos en esta sociedad que sufrimos»

Pasado ya siglo y medio de aquel intento, el Barrio Bajo ha logrado por fin un acceso al jardín en la llamada puerta de Alfonso XII; mas, atendiendo al clamor que despierta la sombra perdida de la puerta muerta del Potosí, uno no deja de lamentar lo que encierra aquel lamento blanquecino. Que de puertas cerradas a cal y canto bien sabemos en esta sociedad que sufrimos. Más de muro impenetrable que de puerta abierta sobre sólidos pernos y engrasadas charnelas, los españoles nos hemos acostumbrados a topar contra las jambas pétreas de un infinito cercado, tratando de sortear las condenadas puertas hasta el punto de no reflexionar acerca de su necesidad. Puertas y portones, portillos, postigos y escotillas, rastros y mamparas de todo tipo acostumbran a marcarnos un camino señalado como zanahoria en hocico de caballería para, una vez tapiado su vano, perdida la luz que antaño liberaran del muro falaz, quedar irresolutos en absurda candidez inoperante. Enfrentados al muro impenetrable, acabamos derrotados, exiliados de todo ingenio posible que nos haga comprender que no es la puerta, sino el muro lo que separa los privilegios de los deseos de igualdad. Conocedores de que el mayor de los privilegios es conseguir eliminar hasta el más nimio de aquellos, los españoles vagamos entre puerta clausurada e inmenso muro como peregrinos desnortados en busca de una señal liberadora, en busca de una luz que nos guíe hacia el condenado privilegio. Es posible que algún día lleguemos a comprender que, derribado el muro, rota la valla que cerca nuestro futuro, la puerta no será más que un recuerdo del pasado miserable y aleccionador, ese que divide nuestra capacidad, que no derecho, a estar a uno u otro lado. Afortunadamente, de vez en cuando, algún muro cae quedando el jardín expuesto al disfrute de todo el que lo aprecie, quedando la puerta abierta sin apoyo ennoblecida por una plétora de voluntades como ideó una mente sensata en el jardín de Sabatini a la espalda del palacio real de Madrid.

En mi caso, caminando a la vera de mi Compadre, el Sr. Bellette, seguiré regalando un reproche desencantado a la cerrazón innegable que clama la puerta muerta en el jardín del Potosí.

Eduardo Juárez
Eduardo Juárez
Historiador | Ver más artículos

Eduardo Juárez Valero es profesor en la Universidad Carlos III de Madrid. En 2012 fue nombrado Primer Cronista Oficial del Real Sitio de San Ildefonso. Doctor en Historia Medieval, cuenta con más de cuarenta publicaciones académicas, quince libros y experiencia en difusión y divulgación en medios de comunicación, entre ellos, El Adelantado de Segovia.