La política de la bolsa o la vida

Quizá usted se haya dado cuenta también como de un tiempo a esta parte los líderes de los partidos políticos responden a las preguntas incómodas de los periodistas echando balones fuera con frases del estilo “haremos lo que nos pida la militancia”, dando la impresión de que ellos no tienen ninguna opinión ni posibilidad de influir en sus organizaciones. Todos sabemos que no es así, más si tenemos en cuenta la falta de democracia interna en los partidos y la asignación digital a que nos tienen acostumbrados para ciertos puestos de importancia, pero denota cierta ausencia de criterio. Y es que el liderazgo no es otra cosa que la capacidad innata que tienen algunos elegidos para convencer a los demás a hacer lo que dicen, bien por su autoritas o potestas. La Transición tiene ejemplos a seguir en SM el rey, Adolfo Suárez, Felipe González y Santiago Carrillo, por citar unos pocos.

En Por el cambio, de Ignacio Varela, se relata un importante caso de liderazgo en el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) entre 1972 y 1982. Porque en la primera de las fechas, era un partido en manos de unos señores que habían protagonizado la guerra civil, vivían fuera de España y desconocían la evolución y la realidad de la sociedad española. Felipe González y Alfonso Guerra con la inestimable ayuda de Nicolás Redondo se hicieron con el control del partido en una inteligente operación de relevo generacional. La historia es bien conocida. Desde entonces, el objetivo estratégico del secretario general del PSOE fue adaptar un partido con una alta carga ideológica a la realidad de un electorado que demandaba reformas, pero sin que implosionase por el camino. Hasta que llegó el XXVIII congreso que se celebró en mayo de 1979, el conocido como el de “el marxismo”. El PSOE había perdido las elecciones generales dos meses antes y Felipe se dio cuenta de que, con la carga ideológica del marxismo, su partido no podía aspirar a construir una mayoría suficiente que les permitiera formar gobierno, por lo que advirtió a sus colaboradores “tenemos que hacer una alternativa para madurar. El país no puede esperar a que nosotros maduremos, necesita que hagamos esa maduración rápida y tenemos que hacerlo ya”. Y le dijo a Alfonso Guerra: “Me veo obligado a recurrir a la sociedad para convencer a mi propio partido”.

Para ello, el secretario general avisó que si triunfaba en el congreso el “sí al marxismo” él no se presentaría como secretario general, para cuya eventualidad podían ir preparando una gestora. Y así ocurrió, hasta que en el XXIX Congreso unos meses después prevalecieron las tesis se Felipe González y tres años después el partido socialista ganó las elecciones.

Hoy nos encontramos ante una situación inversa: con las reformas en dique seco y sin plan estratégico para España, un presidente del Gobierno que comparte una suerte de sociedad de socorros mutuos con unos partidos que niegan la existencia de nuestra nación y con los que no comparte ningún proyecto más allá de la permanencia en el poder, rompiendo las costuras del pacto constitucional con los que sí creen en España. “Somos más” dijo el candidato Sánchez la noche electoral del 23 de julio en un lapsus de sinceridad que le auto colocaba junto a los fugados de la justicia con los que le une alterar la naturaleza misma de nuestra convivencia pasando igual que una apisonadora por encima de nuestra Constitución, como si la separación de poderes, la igualdad entre los españoles y el Estado de derecho pudieran ser unas monedas de cambio a la que se somete a la nación entera por el único motivo de que tiene la mitad más uno de los votos.

Si lo que hemos vivido los últimos días es la cosecha de la siembra de la discordia planeada como el cuento entre las “fuerzas del Bien Absoluto defendiendo heroicamente la libertad y los derechos del pueblo frente a la ofensiva de las Fuerzas del Mal de la derecha y la ultraderecha que se comen a los niños crudos” (Ignacio Varela), la Transición tiene ejemplos brillantes de políticos que recurrieron a una correcta interpretación del sentir popular: “Elevar a la categoría política de normal, lo que a nivel de calle es plenamente normal” (Adolfo Suárez). Sentir que consistía en acabar con la “excepcionalidad” española para encauzar a nuestro país en la normalidad europea.

Nuestro sistema democrático, garantizado por la Constitución, consiste -entre otras cosas- en la alternancia de poder y en el abandono por parte de sus detentadores de ciertas prácticas que impiden esa alternancia. O en palabras de D. Antonio Cánovas del Castillo, “la política de la bolsa o la vida”, es decir la política del maximalismo y el exclusivismo, “de exigirlo todo o declararse en rebeldía”. Esa suerte de “puerta grande o enfermería” se ha impuesto en la política actual. Si un ludópata del poder es capaz de pactar una investidura con partidos separatistas el control parlamentario de las sentencias judiciales y presentar una ley de Amnistía que pone en cuestión el Estado de derecho, ¿qué no hará en el ejercicio pleno de sus funciones? Como dicen Levitsky y Ziblat en Como mueren las democracias (1918) “cuando las normas de la tolerancia mutua zozobran resulta difícil sostener la democracia. Si contemplamos a nuestros adversarios como una amenaza peligrosa, tenemos mucho que temer si salen elegidos”.

Nuestro gran Juan Linz en La quiebra de las democracias (1978) nos advertía de los criterios que deberían preocuparnos cuando un aprendiz de sátrapa cumpliese al menos uno de los siguientes criterios: rechaza las reglas democráticas de juego, niega legitimidad a sus oponentes, tolera la violencia o indica su voluntad de restringir las libertades.

¿Es acaso mucho pedir responsabilidad a nuestros gobernantes? En sus memorias, Leopoldo Calvo-Sotelo hacía referencia a la importancia que dio a abrir un canal de comunicación con Felipe González y en privado decía “este partido (la UCD), está desahuciado, y estos señores (los del PSOE) gobernarán cuando nos vayamos, que será pronto. Ya que no podemos salvarnos, al menos preservemos la alternativa”. ¿Alguien está preservando alguna alternativa?


* Es director de la Fundación Transición Española.