La otra crónica del 120 | Llovet y la banda de los poetas

Tengo a La iniciación como uno de los mejores poemas de la joven generación de poetas segovianos, o con vocación segoviana, que despunta en la segunda década del siglo veinte. Fue una época esta rica en nombres que comenzaban a publicar con frenesí en distintos medios, como queriendo compensar la sequía, la enorme sequía, precedente. Muchos reconocieron en Juan José Llovet (1895-1940), el autor del poema citado, su liderazgo en estas lides. Como tantos otros, comenzó su deambular poético en El Adelantado de Segovia, concretamente en las Páginas literarias que dirigía José Rodao. Y muy joven. Frente a mí aparece lo que presumo su primer poema en el periódico, de fecha 18 de diciembre de 1911. Es un soneto bien armado –no fue un mal sonetista Llovet- dedicado a Rodao y titulado Castilla. El libro que hoy comentamos está fechado en 1914. Su título, Pegaso encadenado, tiene ese aire mítico tan querido en algunos sectores modernistas, prerrafaelitas, neohistoricistas, de la época, y con los que querían arramblar los vanguardistas, y en especial los ultraístas, que hicieron de Llovet su diana. Un año antes había publicado El rosal de la leyenda, de modernista título, y en esa época ya tenía diversos trabajos terminados.

Llovet es el creador, o al menos el inspirador, de la tertulia del Café de la Unión denominada el bando de los poetas

Eran jóvenes autores prolíficos, entusiastas, con poca afición al descarte; incluso con sentido de grupo. La familia Llovet vivía en Madrid, lo que no le impidió viajar con frecuencia a la casa familiar, en la Canonjía Vieja. Llovet es el creador, o al menos el inspirador, de la tertulia del Café de la Unión denominada el bando de los poetas. Por allí rondaba Mariano Quintanilla, Juan de Contreras, Julián M. Otero, Ignacio Carral… Ejercía su autoridad Blas Zambrano –profesor del Instituto General y Técnico en el que estudió con aprovechamiento Llovet-, pero el liderazgo, como se decía, lo ejercía nuestro protagonista. Eran poetas, repito, influidos hasta las cachas por el modernismo y el espíritu noventaiochista en su versión más tradicional. Les costaba desprenderse como forma métrica del romance y del soneto. En ocasiones, sin embargo, la lírica de Llovet se libra de las ataduras y consigue una expresión más personal, más desinhibida, que atrapa al lector y lo conduce sin que importen las metáforas ya oídas –v.gr.: mar: “azul de luna”– o las referencias culteranas.

Recomiendo la lectura de La iniciación, un poema en endecasílabos de temática desacostumbrada en la poesía de entonces –la pérdida de la virginidad-, iluminado con un leve pero latente erotismo y con un deje de poesía existencial. Para muestra de lo afirmado, el desenlace del acto iniciático: “… un chillido penetrante/ de tu voz de mujer, clara y aguda,/ que morirá sin eco en el silencio/ -comprado para el crimen- de la casa”. Cuarteto excelente y de expresividad apabullante.