La modernidad melancólica en Baudelaire

Es difícil olvidar el título de la exposición que la Biblioteca Nacional, François Mitterand de París, dedica al segundo centenario del nacimiento de Charles Baudelaire: ‘La modernidad melancólica’. Resuena en tiempos del poeta y en este presente que, a pesar de los avances indiscutibles en materia de reducción de la pobreza, de disminución de la ignorancia e incluso en materia sanitaria, se nutre de una pandemia sin que se vea aún el final, de un universo de realidades virtuales ,de dominio de las redes sociales y sus ‘fake news’, de un catastrófico cambio climático, del auge de los populismos y de la desigualdad, de la degradación de la democracia (el asalto al Capitolio, promovido por el propio presidente saliente de los Estados Unidos).

Baudelaire distinguía netamente entre una modernidad ante la que mantenía una actitud ambivalente y un progreso, en el que no creía ,sobre todo después de su reacción desengañada tras la revolución de 1848.En contraposición a Víctor Hugo, gran defensor del progreso, Baudelaire se guiaba en este terreno por planteamientos religiosos. Creía firmemente en el mal (‘Las flores del mal’ como prueba definitiva) y en el pecado original y, según él, implicaba en la versión ampliamente difundida en la sociedad, ”una disminución progresiva del alma y una dominación progresiva de la materia”.

En cuanto a la modernidad, mantenía una posición ambigua, como muestra la exposición parisina. ‘Belleza’, ‘modernidad’ y ‘melancolía’ son tres términos estrechamente vinculados.

Como ha resaltado Walter Benjamín, es el primer poeta que se ha centrado en la modernidad asociada al auge del capitalismo industrial. Belleza pasajera y efímera de la modernidad que refleja admirablemente Constantin Guys, al que Baudelaire dedica su estudio ‘El pintor de la vida moderna’, prefiriéndole a su gran amigo Edouard Manet, que es el que marca, sin embargo, del modo más claro el camino a la modernidad. Irrupción de lo fugitivo, anonimato, dominio de la muchedumbre en esa gran ciudad en la que, a pesar de sus críticas, el poeta se siente en su elemento frente a una naturaleza que no le interesa y frente a la pretendida belleza eterna universal de los neoclásicos.

La muestra dedica un apartado a ‘La imagen fantasma’, insistiendo en ese carácter efímero y transitorio que domina en una ciudad ”en donde el aire está lleno del estremecimiento de las cosas que huyen”.

La poesía se consolida como uno de los instrumentos privilegiados para aproximarse y tratar del más allá

Tres campos son elegidos para ilustrar la ambivalencia del poeta ante la modernidad: la prensa, la fotografía y París como gran ciudad .Vaya por delante que se ha excluido la modernidad literaria y artística, en la que Baudelaire marca un hito muy importante a mediados del siglo XIX, señalando el camino a Rimbaud, Mallarmé, Apollinaire y el surrealismo… Como Rimbaud manifestó, nadie hasta entonces había llegado tan lejos en su acercamiento a lo insondable y a lo infinito. La poesía se consolida como uno de los instrumentos privilegiados para aproximarse y tratar del más allá.

Centrándose en la modernidad social, económica y política, la exposición se fija en primer lugar en la prensa. Es la época en que se lanzan en Francia los primeros periódicos de gran tirada. Baudelaire se escandaliza por la concentración de noticias sobre horrores, crímenes, guerras…que se avecinan pero intentará por todos los medios publicar sus poemas en esos periódicos, incluyendo parte de los ‘Pequeños poemas en prosa’ en La Presse en 1862 o ‘El pintor de la vida moderna’ en Fígaro en 1863.

En cuanto a la fotografía, criticará cómo todo el público se ha lanzado a contemplar su imagen banal sobre el metal y cómo el nuevo medio puede suponer el retorno de la idolatría y del paganismo así como la decadencia del arte. Al mismo tiempo, el poeta, amigo del gran fotógrafo Nadar, posa ante él y Carjat, interviniendo decisivamente en las tomas. La exposición se cierra con los espléndidos quince autorretratos de Baudelaire, que describen la tensión existencial del escritor entre la vaporización y la centralización del Yo.

Queda por fin la gran ciudad, ese ‘París infame’, con los destructivos grandes bulevares de Haussman y sus muchedumbres,que provocan en el artista “el horror de la vida y el éxtasis de la vida”. A diferencia de Lorca frente a Nueva York,Baudelaire manifestará ante los grabados parisinos de Mayron: ”Nunca he visto representar con más poesía la solemnidad natural de una inmensa ciudad”. En el prólogo a ‘El spleen de París‘ o los ‘Pequeños poemas en prosa’ indica que nunca se podría hablar de esta prosa poética que inicia, ”sin el entrecruzamiento de las innumerables relaciones de la gran ciudad”.

A pesar de ello, los temas centrales de la poesía de Baudelaire son la prostitución, los bajos fondos, la pobreza, la soledad que va en paralelo con las grandes muchedumbres, el juego,los viejos decrépitos, las mujeres desahuciadas, los fracasados, los vencidos, por los que siente una gran compasión, lo que resulta bastante inédito en ‘Las flores del mal’. Una de las partes más hermosas del libro está constituida por los ‘Cuadros parisinos’, en que poemas como ‘El cisne’, ‘Los siete viejos’, ‘Las viejecitas’ o ‘A una transeúnte’ parecen desafiar el tiempo y pueden ser leídos dentro de la más estricta contemporaneidad. El porqué de la actualidad de ese atractivo es un misterio sobre el que no dejan de discutir los críticos.