La memoria histórica

En el devenir humano la búsqueda de la verdad y de la belleza ha sido una constante en la que ha perseverado el ser racional; previsiblemente –en el caso de la belleza- por su naturaleza perecedera; por ese apego a la existencia que le impide admitir que el camino por la vida es un simple tránsito con caducidad predeterminada.

La verdad que trasciende posee un contenido relacional claro, y por ello debería unirse la verdad con otro concepto tan alto como ella: el bien; particular o colectivo

La cuestión que atañe a la verdad, en cambio, va unida a su condición de ser social; posee, por tanto, un contenido indisolublemente moral. O la verdad es moral o es inútil y baldía. ¿Tiene algún sentido saber que la piedra es piedra? Es la anterior una verdad que no trasciende. La verdad que trasciende posee un contenido relacional claro, y por ello debería unirse la verdad con otro concepto tan alto como ella: el bien; particular o colectivo. El resultado que se deriva de este discurso es que tiene mayor valor ético la búsqueda de la moral que su encuentro, porque cualquier imposición de criterios axiológicos contradice un principio básico: la libertad, el mayor don entregado a los hombres, y parafraseo El Quijote. Qué duda cabe entonces que cuanto mayor es el colectivo que participa en su búsqueda mayor contenido y riqueza moral alcanza el proceso.

Pero junto a la verdad y a la belleza, hay otro dilema que espolea la conciencia del ser humano desde los primeros tiempos: el papel de la memoria. O dicho de otra forma, hasta qué punto la memoria es un método moralmente útil para la supervivencia del individuo y de la sociedad. Jorge Luis Borges afirmaba con rotundidad: “Yo no hablo de venganzas ni de perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón”. El psiquiatra Enrique Rojas no tiene empacho en afirmar que las bases de la felicidad son “salud y mala memoria”. Por supuesto estamos hablando desde la óptica moral, no vital, porque un buen recuerdo ancla el pasado al presente, aquilata que la vida no ha sido un mero transcurrir existencial sin poso. Vivir es la capacidad de crear futuros recuerdos, sin duda, pero de la misma manera que quien pierde los recuerdos se aleja del pálpito vital como ser racional, quien se empeña –como individuo o como cuerpo social- en mantener vivas las cuitas con el pasado de manera que la búsqueda de la reprochabilidad moral sea la luz que ilumine el presente está soportando una carga que sin duda lastrará su desarrollo personal o colectivo en el futuro.

Igual que hay que desembarazarse de los malos recuerdos

Igual que hay que desembarazarse de los malos recuerdos, hay que neutralizar la carga moral que arrastra el pasado de manera general, y de manera singular, como decía antes, cuando simplemente alimenta el deseo de reproche o de venganza. “Alabemos a los buenos y que el olvido sepulte a los malos”, vendría a ser el lema, dotado de la simpleza de todo lema.

En todo caso, desde el punto de vista intelectual y ante todo moral es del todo improcedente el uso maniqueo de la memoria. Y especifico más: aplicar criterios morales del presente solo a algunos supuestos del pasado; solo a algunos, y no a todos o a ninguno. De la misma forma, nada tiene que ver deshacerse de la pesada carga de memoria inquisitorial con convertir en héroes a los antiguos villanos. Los adalides de la memoria histórica no deberían usar el método torticero que lleva a discriminar casos según intereses particulares o devociones personales.

Por supuesto que lo afirmado se centra en el discurso ético personal; es decir, en la utilización de criterios morales como motor existencial o social. Nada obstaculiza la aplicación de la reprochabilidad personal de una conducta antijurídica con sus consecuencias punitivas según el ordenamiento jurídico de cada época. El campo del derecho es otro. Como lo es el del reconocimiento de las víctimas. Se trata, simplemente, y resumo, de no focalizar criterios morales hacia el pasado como manera y forma de sostener nuestra vida presente. Se refiera a Franco, a ETA o a Hernán Cortés. O al vecino que nos fastidió parte de nuestra existencia en el pasado.