La guerra de Putin, y la otra

Hay dos guerras. Una se afronta con gran aparato militar, diplomático y estratégico, con cenas de gala y fotos de familia; la otra, con una masacre a palos en la frontera. Dos guerras: la de Putin en Ucrania pulverizando escuelas, hospitales, silos de grano, bloques de viviendas y centros comerciales con los ucranianos dentro, y la del hambre y la desesperación que arroja a miles de criaturas contra las concertinas erizadas de púas y la brutalidad de una gendarmería fronteriza sin el menor asomo de profesionalidad ni de empatía.

Pedro Sánchez, enteramente subsumido en lo que más le gusta, el alterne internacional, y no digamos como anfitrión de él, parece haber concentrado toda su atención en una de esas guerras, y ninguna en la otra. Tanto es así, que ha tratado de justificar sus estólidos comentarios iniciales sobre lo sucedido en Nador, donde más de treinta seres humanos perdieron la vida en su afán de conservarla en términos de dignidad saltando la valla, diciendo que es que no había visto las imágenes de la carnicería. Se ve que, con los preparativos de la Cumbre, no había podido destinar unos segundos de su precioso tiempo para visionar esas imágenes terribles y saber de qué hablaba cuando vino a decir que todo había salido estupendamente.

Puede que el presidente del Gobierno anduviera pillado de tiempo y que por eso no viera las palizas y los cuerpos, revueltos los de los vivos con los de los muertos, amontonados en el suelo, pero es que después de verlas no parece haber variado gran cosa su percepción del suceso, pues ha equiparado el sufrimiento de las víctimas con el de sus verdugos, se supone que para complacer a Marruecos. Es terrible la guerra de Ucrania, pero también lo es la que se libra, entre fuerzas radicalmente desiguales así mismo, en las fronteras del sur de Europa y en un Mediterráneo que va teniendo menos peces que ahogados. Todas las guerras son, en el fondo, la misma guerra.

Las potencias coaligadas trazan sus planes militares para defenderse de la barbarie de Putin, pero ningún plan trazan para eliminar la suya, su propia barbarie, en el trato que se dispensa a aquellos que, impelidos por el puro instinto de supervivencia, tratan de llegar a donde la vida vale algo. Cuando tenga un rato, vea Pedro Sánchez las imágenes de Nador una y otra vez, una vez tras otra, muchas veces, hasta que le duelan los ojos y el alma.