La generación olvidada

Con las emociones todo se vuelve más sencillo de explicar y de comprender. Cuando nos falta una persona es el momento en que comprendemos todo lo que la necesitábamos. El Covid se ha llevado por delante a buena parte de una generación; la de los abuelos. Sin despedidas y cuando aún no les tocaba. Reviso algunas estadísticas de Castilla y León y, salvo error, cerca del 80% de los fallecidos son mayores de 80 años. Una generación que nació con las puertas cerradas, el sufrimiento en las manos y un no por respuesta. Una generación tan esforzada como olvidada, que no conoció el mar hasta que sus ojos envejecieron, que hizo todo lo que pudo sin pedir nada a cambio y que se ha ido sin argumentar derechos para eludir responsabilidades. Sin individualismos; pensando en el nosotros y no en el egoísta tú o yo. Con ellos se ha marchado esa forma de querer sin prisa; la experiencia en las canas que antaño fueron pelo negro; la receta del pollo en pepitoria o la tarta de manzana; los juegos de niñez contados a los nietos; los tranquilos paseos al sol; el mandilete atado a la cintura presto a calentar café; la charla serena delante de la chimenea; las discretas miradas de despedida desde la ventana; la partida de cartas; la compostura del remiendo, el hilván y el dobladillo… y el desarraigo de su ancianidad.

Y se fue la historia de Marcial, que fue maestro y cobraba una peseta por alumno; de Mariano, el cadenero que se ganó su primer jornal montado en el portaequipaje de un Buick; de Ascensión que reía recordando que de joven se afeitó las cejas —era la moda— y hoy las llevaba pintadas; de Arturo que su única ilusión era montar en un Mercedes y que cumplió su sueño cuando el coche fúnebre se lo llevó al crematorio. También se fue Marga que soñaba con saber leer y escribir y que lo consiguió con noventa años; y María que nunca hablaba de ella misma porque consideraba con orgullo que la vida de sus hijos y nietos era una prolongación de la suya; y José que… Se ha ido la generación olvidada.

A los demás, la pandemia les encerró en casa desde marzo. Filomena y los hielos actuales les ha enclaustrado aún más. El miedo al mundo exterior, a los virus, a las caídas…, pasa una nueva factura de reclusión a nuestros mayores; a la sociedad. Los cierres cautelares y perimetrales impiden la visita de la familia y solamente el teléfono les salva de la soledad. Hablo con Ataúlfo y me dice que ha vuelto a pintar, aunque su dolor de piernas no le da tregua; Josefina no sale de casa y Eusebio sale lo justo, alejándose de la gente con la que se cruza cuando baja a comprar el pan; Félix vive solo después de haber quedado viudo y únicamente la expectativa del huerto eleva su ánimo; Luisa hace crucigramas mientras espera la llamada telefónica de su nieta a la hora de la cena, … Y todos ellos reconocen que en su cabeza se ha posado la soledad y una neblina opaca y espesa que asfixia y les impide pensar.

Será ley de vida, pero la ausencia debería hacer que apreciásemos más y mejor a las generaciones que han sembrado la cosecha que hoy recogemos. Nadie de nosotros se sienta a la sombra de ningún árbol que haya plantado y sin embargo damos lecciones de vida y nos vanagloriamos aún no sé de qué, olvidando a quien nos ha entregado su legado. Han muerto muchos, demasiados, y a los que aún tenemos les desarma la soledad. A los que se fueron, su ausencia les convierte en personas tan invisibles como lo fueron en sus últimos años de vida mientras que, con estoicismo, los que nos quedan marchan por el mismo camino, sin quejas y siempre esgrimiendo su paciencia y su cariño en cada espera.

Para combatir la soledad de los abuelos y honrarles, únicamente tenemos que escucharlos devolviendo el tiempo que en el pasado ellos nos regalaron.