La fuerza de Trump

Andará equivocado quien piense que Trump y los trumpistas son unos meros accidentes de la historia. Trump ha perdido estas elecciones por haberse convertido en una caricatura de su figura. Es muy posible que la victoria de Biden le deba mucho a lo que de estentóreo, chulesco y prepotente encierra el personaje que ha ocupado el despacho oval de la Casa Blanca durante cuatro años; pero no a que haya existido un cambio de valores en quienes apoyaron en el 2016 y han vuelto a apoyar en el 2020 la candidatura republicana. Probablemente Donald Trump haya sido el perdedor que más voto popular haya obtenido en la historia, y ello es un indicador del que seguramente ha tomado buena nota Jose Biden, sin duda, pero cuanto más Kamala Harris, que es el futuro.

Quiero decir con lo anterior que probablemente veamos un cambio radical en el talante de la presidencia, pero me temo que no lo será tanto en algunas de las políticas americanas que los colegas europeos —mis colegas europeos, preciso— dan por finiquitadas con la llegada de los demócratas.

Hanson no es un cualquiera; digamos que es un intelectual de los que nos gusta a muchos europeos

Una buena amiga mía, americana y republicana, en la mañana de ayer me recomendó que oyera una grabación en la que Victor Davis Hanson explica el contenido de su libro The case for Trump. He preferido ir directamente a la fuente. Hanson no es un cualquiera; digamos que es un intelectual de los que nos gusta a muchos europeos. Enamorado de la cultura clásica, y en especial de la griega, posee esa sencillez o practicidad —todo depende de la perspectiva— con la que los anglosajones se acercan al mundo de lo clásico. Por ejemplo Mary Beard. En su libro Hanson hace un análisis de las causas que motivaron la victoria de Trump en el 2016. Es cierto que olvida que Hillary Clinton obtuvo cuatro millones más de votos populares, pero creo que ofrece unas claves sociológicas muy atinadas para comprender que se cuece en el magma popular americano.

En el prefacio de su libro, Hanson recoge el dibujo que sobre la situación realizara el padre de la real politic, Henry Kissinger: “creo que Trump puede ser una de las figuras de la historia que aparece de vez en cuando para marcar el final de una era y obligarla a abandonar su vieja pretensión”. Si ustedes leen estas palabras en clave interna podrían pensar que también vale para aquellos que decían llegar para liquidar a la casta, y que semejantes intenciones anidaron en su día en partidos populistas y nacionalistas del Viejo Continente. No andarán muy desencaminados. Con una salvedad: EE.UU. rechaza todo experimento que se comande desde la izquierda, y más si existe el más leve tufo de comunismo: llevan doscientos cincuenta años con la defensa de la propiedad privada y de los derechos individuales antes que los sociales en la sangre.

Cuando los americanos votaron hace cuatro años, la globalización hacia agua como proyecto; EE.UU. no encontraba su posición como líder mundial; lo del camino hacia la democracia de China y Rusia era una mera entelequia dirigida a reforzar su papel en el mercado mundial; el sector manufacturero americano había perdido más de dos millones de empleos, a causa, fundamentalmente, de la competencia china; el sur era una frontera difícil de controlar, y las empresas americanas apostaban por la deslocalización, en la búsqueda de menor coste del factor humano. Asimismo, el sistema de clase política —establishment— amenazaba con perpetuarse en la figura de Hillary Clinton, en realidad odiada por casi todos por lo que representaba: la casta. No fue casualidad que Trump arrasara entre los obreros de Wiscosin y recibiera el apoyo de los latinos de Florida, muy lejos ambos del estereotipo WASP. Caló su lenguaje directo y sencillo: America first.

Los dos primeros años de Trump sorprendieron a muchos. Pero la incontinencia del personaje ha terminado cavando su propia tumba

Los dos primeros años de Trump sorprendieron a muchos. Pero la incontinencia del personaje ha terminado cavando su propia tumba: la política exterior americana es un carajal, salvo leves acercamientos en Oriente Medio, y la guerra comercial con China y la política de aranceles —por ejemplo del 10% sobre el aluminio, que luego rectificó en parte— ha llevado a que el consumidor medio vea crecer el precio de sus productos de consumo. La gestión del Covid y los enfrentamientos raciales han obrado también en su contra, aunque nadie se atreve a aventurar que hubiera pasado en estas elecciones de no existir la pandemia, cundo el país registraba una economía con índices macroeconómicos y valores bursátiles en alza constante y una ridícula tasa de paro.

Es el desafío que tienen Biden/Harris por delante cuando entren en la Casa Blanca. Estoy deseando ver sus primeras decisiones sobre el cambio climático, la relación con Europa, la resolución de la guerra comercial con China y el pacto nuclear con Irán. Y sobre todo cómo se las arreglan para unir a un país tremendamente fracturado.