La festividad de San Pedro: no todas fueron celebraciones en el pasado

En este día, a uno le siguen aflorando vagos recuerdos de su lejana infancia, vertidos desde el sumidero intemporal de la memoria. Con el último cohete de los fuegos artificiales se daba la salida a las vacaciones escolares y se declaraba oficialmente inaugurado el nunca largo y, rara vez, cálido, verano segoviano. Era la primera fiesta de un tiempo cargado de celebraciones, en la que se solía estrenar la ropa de los domingos, con el propósito de que nos durara toda la temporada estival. Ello, salvo desperfectos insalvables (para gran disgusto de mi madre) sufridos durante las caídas en que solían venir a parar los enfrentamientos, a golpes de zambomba, contra la infantería de cabezudos que a primera hora de la mañana invadía la plazuela de San Lorenzo, como avanzadilla de sus señores los Gigantes y que llegaban con el ardor guerrero alentado a los sones de la dulzaina de Mariano San Romualdo.

Dejando de lado nostalgias personales y remontando el curso de la historia, debe recordarse que el día de San Pedro venía a caer justo pasado el ecuador de los 30 días de ferias francas a contar desde la festividad de San Bernabé (11 de junio), que fueron otorgadas por Enrique IV a su querida ciudad de Segovia, mediante privilegio de 17 de noviembre de 1459: “…Para siempre jamás, hayan e se hagan en esa dicha ciudad, las dichas dos ferias las cuales es mi merced y mando que se hagan la primera feria de ellas que comience ocho días antes del lunes de carnestolendas, y la otra feria, en el día de San Bernabé de cada año y que dure cada feria treinta días..” Nueve años antes, siendo Enrique únicamente señor de Segovia, dicta una provisión con fecha 20 de junio de 1450 para que el día de San Pedro de ese mismo año, se celebre la fiesta del santo corriendo cuatro toros, que deberían sufragar entre los arrendadores de las rentas de la ciudad.

Pero junto a los días de vino y rosas gozados en la celebración de la fiesta de San Pedro, la historia registra a su vez otros puntos negros marcados a fuego en la memoria colectiva de esta tierra y que sucedieron también un 29 de junio. Dos de los acontecimientos más tristes sufridos por los segovianos en todo su denso pasado se produjeron, en alguna de sus fases, coincidiendo con la festividad de San Pedro. Me refiero, en primer lugar, a la segregación de la totalidad del sexmo de Valdemoro y parte del de Casarrubios, junto con 1.200 vasallos de aquellos lugares de la antigua Tierra de Segovia, acordada por los Reyes Católicos a favor de los Marqueses de Moya: Andrés Cabrera y Beatriz de Bobadilla. Y, en segundo término, a la venta forzosa de los pinares y matas robledales de Valsaín, Pirón y Riofrío, decretada por Carlos III.

Mediante carta dirigida por Isabel y Fernando desde Toledo al Concejo de Segovia, datada el día 29 de junio de 1480 y guardada en el archivo de este último Ayuntamiento, en el legajo 7 y número 160, se amenaza a los segovianos para que cesen en sus protestas y acepten de buena gana la decisión ya firme de sus católicas majestades de perpetuar tamaña afrenta a nuestra Comunidad. Así se las gastaban aquellos “magnánimos” monarcas: “A tiempo cierto para quitarlos lo cual como sabéis podemos hacer, y no fuimos contra el juramento que decís que tenemos hecho… A los dichos mayordomos (Andrés Cabrera y Beatriz de Bobadilla) os mandamos que ceséis de hacer otras alteraciones ni movimientos algunos y que os conforméis con lo que sobre esto tenemos mandado, porque de lo contrario tendríamos gran enojo, y tener por cierto, que si después de sabida esta nuestra voluntad, hicierais movimientos y alteraciones sobre ello, que por vuestras personas y bienes nos los pagareis”. Es decir: apaleados, cornudos y sin poder rechistar.

También un 29 de junio, esta vez del año 1761, Carlos III, dicta el Real Decreto, por el que resuelve comprar en perpetuidad e incorporar a su Real Corona: “Los Montes y Matas de Pinares y Robledales de Balsaín, Pirón y Riofrío, pertenecientes a esta Ciudad, su Noble Junta de Linajes y Común de la Tierra”. Esta disposición sería comunicada para su cumplimiento ese mismo día de San Pedro, por el marqués de Esquilache y por orden de su majestad, al intendente de Segovia don Pedro Girón y Ahumada.

Es evidente que en estos dos asuntos no tuvimos mucha suerte los segovianos con la decisión de los monarcas citados, excelentes gobernantes en el contexto nacional como así tienen reconocidos cronistas e historiadores. Pero si ya habían decidido hacernos daño, al menos podrían haber elegido otra fecha y no aguar la celebración de la fiesta a nuestros antiguos paisanos. Mal sobre mal, doble mal, que habrá de pesar siempre en el legado de nuestra común historia, puesto que ya que no resulta posible remediar aquellas afrentas, al menos que no se olviden. Por si vienen tiempos peores, intenten hoy disfrutar a tope del día grande de San Pedro, referencia festiva de esta nuestra amada ciudad de Segovia.