La esperanza del Adviento

Al comenzar un nuevo año litúrgico, la Iglesia acrecienta la esperanza. Adviento es esperanza. No es una esperanza basada en bienes temporales, ni en economías potentes ni en paraísos terrenos de ideologías materialistas para mentes ingenuas y crédulas. La esperanza del Adviento trasciende el espacio y el tiempo y nos enseña a mirar más allá de la muerte. Al decir que trasciende el espacio y el tiempo no afirmo que se olvide de estas categorías humanas que conforman la encrucijada de nuestra vida. Quiero decir que no se reduce a ellas. Vana sería entonces la esperanza si, superados los límites del espacio y del tiempo, nos halláramos en la nada. La esperanza del Adviento se realiza ya aquí, en el drama de la historia y de nuestra vida personal. Es esperanza para vivir aquí con la certeza de vivir más allá de la muerte. Porque este es el anhelo del hombre: vivir para siempre. Y Dios, creador del hombre, no defrauda.

El profeta Isaías ha expresado de manera insuperable la esperanza que anida en el corazón del hombre. Así lo proclama en este primer domingo de Adviento: «¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses!» (Is 63,19). Rasgar los cielos y descender: esta es la acción portentosa de Dios al enviar a su Hijo en nuestra propia carne. El libro de la Sabiduría lo dice con gran dramatismo: «Cuando un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a la mitad de su carrera, tu palabra omnipotente se lanzó desde el cielo, desde el trono real, cual guerrero implacable, sobre una tierra condenada al exterminio» (Sab 18,14-15). Aquí está el secreto de la esperanza cristiana. Dios ha decidido vivir, trabajar, sufrir y morir con el hombre y por el hombre. Sin este dato de la revelación es imposible entender el cristianismo y la esperanza que propone. En la entraña del cosmos, de la historia humana y de cada persona habita Dios. No habita solo como habita el ser en los seres por la vía de la participación. Habita con la carne del hombre que ha asumido Dios para sí mismo en la persona de su Hijo. Dios ha querido compartir, participar de la vida del hombre tal y como es, a excepción del pecado. Así lo expresa la constitución del Concilio Vaticano que lleva por título dos palabras clave, gozo y esperanza (Gaudium et Spes): En Cristo, «la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado» (GS 22,2).

Si esto es así, como afirmamos los cristianos, la esperanza sostiene la vida del hombre en su dramaticidad insoslayable. Es duro vivir, ciertamente; la muerte es un misterio; Dios tiene caminos y planes incomprensibles. Pero con Isaías, podemos decir: «Descendiste y las montañas se estremecieron. Jamás se oyó ni se escuchó, ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por quien espera en él» (Is 64,2-3). La certeza de la fe revelada en Cristo no se apoya en nuestra capacidad de entender o no a Dios (¿quién es tan osado para decir que lo entiende?), sino en lo que ha hecho por quienes esperan en él: compartir nuestra existencia hasta en lo más horrible y detestable que es la muerte. Dios no es enemigo ni competidor del hombre, pues se ha puesto de su parte en el misterio de la encarnación. Es obvio que persiste el misterio, dada la trascendencia de Dios. Pero la clave para entender su trascendencia es precisamente su opción irrevocable por el hombre, que es el fundamento de nuestra esperanza.
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(*) Obispo de Segovia.