La España vaciada: de la desatención al desafio

Corren Sánchez y Casado para que se les vea en congresos y congresillos en nuestras ciudades meseteñas porque, al parecer, un fantasma recorre las resecas tierras del interior de la península: a ese fantasma hemos dado en llamarle la España vaciada. Vienen aquí para conjurarlo, claro, porque algo de miedo les da, aunque ellos de por sí, no sean de creer en lo espectral. Pero es que el fantasma es astuto y ha dado ya un par de pasos decisivos.

El primero ha sido el de acertar con un relato y con un nombre. No es lo mismo la España vacía, expresión meramente descriptiva, que la España vaciada, es decir, disminuida por un proceso dañino. Ahora ya hay alguien o algo contra lo que alzarse porque de ese alguien o de ese algo viene que nos estemos quedando sin gente aquí dentro y que, sobre todo, la vida en nuestras zonas rurales carezca de atractivo.

El segundo paso es el de estar propiciando la articulación de una alternativa política que reúne organizaciones provinciales y locales para constituir una plataforma electoral que pudiera tener repercusión a nivel nacional. Así, la propia ley electoral, que fue pensada para que los grandes partidos obtuvieran un plus de seguridad con la representación incrementada de nuestras provincias, tendentes tradicionalmente a votar a su favor, podría hacer que esa sobrerrepresentación acabase volcada en beneficio de las nuevas organizaciones surgidas espontáneamente de la España desasistida. Si la Coordinadora de la España Vaciada, que, con su revuelta, ha movido ya manifestaciones y asambleas de importancia, consiguiera una unificación electoral interprovincial, se calcula que podría obtener, de salida, cerca de 15 diputados, que son más que los que tiene actualmente la muy decisiva Esquerra Republicana. Pero, además, el fantasma amenaza al control que socialistas y populares vienen teniendo de nuestros gobiernos autonómicos. Por eso, se han apresurado también los presidentes de las ocho autonomías afectadas por la despoblación, la dispersión y el envejecimiento a concertar esa reciente cita de Santiago de Compostela en la que, por primera vez, han dejado a un lado sus diferencias para centrarse en las situaciones y problemas que nos unen.

El salto que se está dando desde la desatención al desafío, cuenta, por tanto, con importantes ventajas, tanto para el movimiento general a favor de la España vaciada como para la consolidación de una plataforma electoral propia. No es creíble el victimismo del País Vasco o de Cataluña, regiones prósperas, pero que la España interior es la víctima de los procesos socioeconómicos y políticos actuales es una cruda y evidente realidad. Por eso, despierta una notable simpatía y sus demandas básicas serían asumibles por el Estado. No está pidiendo autopistas o sofisticados aeropuertos, sino centros de salud cercanos, carreteras en condiciones o cobertura para móviles. Es decir, la España vaciada no quiere otra cosa que alcanzar el mismo nivel de vida que tienen los ciudadanos medios de la otra parte del país.

Pero, por otro lado, el alcance del desafío de la España despoblada se halla, por varios motivos, inevitablemente limitado. La tendencia a la urbanización es imparable en el mundo y las grandes ciudades son viveros de trabajo y generadores de estímulos existenciales para las masas. Además, en España es muy difícil competir con la retórica de las falsas víctimas, ésas que acceden con facilidad a los medios de comunicación y que se asientan sobre recursos económicos y demográficos muy concentrados. E internamente, en la propia España vaciada, hay grandes diferencias: no son los mismos intereses los de una ciudad industrial como Valladolid que los del campo zamorano o palentino.

En todo caso, algo se está moviendo ya aquí y comienzan a llegarnos noticias alentadoras. Soria, en fotografía, y nuestra querida Segovia, en Formación Profesional, serán sedes de centros de referencia nacional. Que así sea y así se cumpla y que, sobre todo, no se quede sólo en esto.