La cuadratura del círculo

Apoyado en la descarnada balaustrada de la barbaridad ciclópea que Pedro Machuca soñó para engrandecer la Alhambra, no dejo de pensar en lo imposible que me resulta conciliar lo hecho con lo deseado, lo construido con lo derruido, lo ansiado con lo olvidado. Entiendo que, durante siglos, la utilidad de los edificios ha primado sobre cualquier otro aspecto, sobre cualquier otro deseo de permanencia. Aquel inmenso palacio supongo que trataba de honrar un espacio amado por aquel rey confundido que, con el tiempo, llegó a entender algo aquella tierra que exprimió hasta la angostura. Nacido borgoñón y muerto español, Carlos I dejó en aquel inacabado mostrenco renacentista de la Alhambra un resumen de la construcción personal de una España que nadie entiende. Esa carcasa a medio construir, sin apenas utilidad residual y que nunca cumplió con las expectativas de nadie, quizás resuma su idea de la monarquía universal, de los territorios europeos integrados en una única cristiandad, de una España parte de un todo, carente de personalidad propia y totalmente alejada de aquello que había recibido. Quién sabe si el cardenal Cisneros, de no haber palmado en el peor momento, habría podido mostrar a aquel bisoño aleccionado en otro entorno social lo esencial de aquella España en ciernes.

Es por ello por lo que, desde aquella atalaya muda y preñada de un turismo que deambula por la indiferencia histórica, miro hacia un horizonte borroso de patrimonio incomprendido e incomprensible. Fijo la mirada, no lejos de allí, en la absurda capilla mayor incrustada en la mezquita de Córdoba, bella en su estética, horrenda en su ubicuo significado. Plastón inasumible de proporciones bíblicas que incluso escandalizó a sus coetáneos, aquella iglesia metida con calzador en el centro de la más singular mezquita conservada en Europa, la más grande de las medievales, conforma un grito de victoria cristiana y de limpieza cultural en el momento en que aquella España oriental y culta languidecía con los estertores postreros de la Medina Granata. La belleza simple del coro y los tetramorfos desmayados del altar no consiguen superar, creo yo, la insensatez de su edificación.

En la misma línea de absurdo parecer llega a mi memoria batida por la calima granadina el inacabado palacio de Riofrío, dentro del término municipal del Real Sitio, pero lejos de la lógica que debería seguir el patrimonio en su consideración. Al igual que le puede ocurrir a esta barbaridad ciclópea de Machuca, el cubo rosa de los montes de Riofrío no es más que un caparazón sin sentido dejado a medio construir por la voluntad cambiante de Isabel de Farnesio, una vez tuvo la confirmación de que su estirpe heredaba el trono español. Edificio desgastado donde los haya, el palacio de Riofrío nació viejo, decrépito, como esos críos que parecen cumplir décadas por meses, siglos por años. Sin utilidad para nadie que lo comprenda, la armadura seca de Riofrío lleva penando casi tres siglos en busca de algo que representar para una ciudadanía esforzada en darle la espalda. De esqueleto abandonado por la monarquía a refugio de amantes mal vistos, cava para curar jamones y lomos, campo de esfuerzo y entrenamiento para los primeros jóvenes exploradores españoles, el marqués de Lozoya tuvo la feliz idea de convertirlo en museo de la caza, no fuera a ser que acabara monetizado y destruido por un régimen ensimismado, al modo de lo ocurrido con el palacio de Valsaín o, peor aún, con el teatro real de San Ildefonso. Arcano incomprensible para los valientes que se acercan a visitarlo, el palacio carece de propósito, entendimiento o discurso alguno que haga comprender a quienes por allí se dejan caer la razón por la que, edificado en el despecho, siga en pie sin motivo alguno.

Y es que, queridos lectores, no somos en este país buenos gestores del patrimonio pasado y perdido. Más bien empeñados en regalarlo o destruirlo, el legado pena en manos de quienes nada quieren hacer con ello, más allá de su monetización y entrega a un sector turístico y hostelero descorazonador. Que de hoteles y restaurantes están nuestros palacios, castillos e iglesias repletos. Peor o, al menos, igual de nocivo, es su entrega irresponsable a la explotación privada, de modo que la obra pública no deje de exprimir el presupuesto del Estado. Nada más que comparen los edificios del patrimonio histórico constituidos en facultades y centros de uso público en ciudades maravillosas como Alcalá de Henares, Santiago de Compostela o Salamanca y piensen en nuestro horrendo y costosísimo campus segoviano, viendo languidecer espacios increíbles como la Real Casa de la Moneda, los palacios de Mansilla, Quintanar y, obviamente, la Real Fábrica de Cristales de La Granja o el infecto residuo en que se ha convertido el otrora Palacio de Valsaín.

Allí apoyado en la baranda macilenta del primer piso de un palacio terminado por bemoles en los años cincuenta del siglo XX, asunto éste que suele pasar inadvertido para todos, no dejo de sorprenderme con el relato mesiánico y falso con que muchos de los guías y divulgadores perseguidos por hordas de turistas abducidos con la singularidad de todo aquello endulzan lo absurdo de lo que me rodea. Metidos a filósofos de guardarropía, alientan al visitante a divagar entre lo circular y la cuadratura del espacio, como si tales conceptos pudieran significar algo para quien nada estudió en su juventud acerca de lo platónico y aristotélico oculto en cada uno de nuestros pasos.

Decepcionado como siempre, retomo la escalera imposible que se adhiere a un muro de confusión, ese que impide ver en la lejanía la quietud perfecta con que el jardín del Partal se abre hacia un palacio colgado sobre la mole blanca del Albaicín, mientras la cuadratura del círculo que me envuelve lleva mis pasos hacia un mañana gris y acomodado.