‘La Chata’, la infanta ‘del pueblo’ que no se cortaba un pelo*

De ella, de la Infanta Mª Isabel Francisca de Asís Cristina Francisca de Paula Dominga (Isabel de Borbón y Borbón, por lo corto), se ha contado casi todo. Nacida un domingo de diciembre de 1851, pronto se salió de los ‘parámetros’ y condicionantes que imponía la realeza de la que era un miembro, y no el menos activo.

Corolario: lo de ‘miembra’ se lo dejo ‘botando’ para que rematen los que se sienten bien destrozando el lenguaje.

De las muchas ‘quisicosas’ que he recogido leyendo sobre Dª Isabel, me quedo con este párrafo: ‘La gustaba saltarse el protocolo, era campechana, se divertía en los toros, las fiestas, la caza… y era uno de los personajes más queridos por los españoles’.  Sin embargo… no siempre podía ‘saltarse’ el protocolo. Muestra. Tenía 17 años cuando ‘la’ casaron con un conde italiano, también de la familia Borbón, que, por cierto, padecía de epilepsia, sin que al parecer nadie ¡esa si es buena!, lo detectara antes del casorio. A los 19 años quedó viuda. Su marido y conde de Girgenti, se quitó la vida –cuenta la historia que de un disparo-, cuando se encontraban ambos en un balneario de  la ciudad de Lucerna (Suiza).

Entre medias de lo uno y lo otro, aguantó junto a su familia la sublevación militar bautizada ‘La Gloriosa’ o ‘revolución de septiembre’ (1868), lo que conllevó el derrocamiento de su madre, Isabel II, y su marcha al exilio. Luego… luego llegaron los Saboya, con el mínimo reinado de  Amadeo, la república, el regreso de la familia Borbón, con los ‘alfonsos’, su derrocamiento…

Mas séame permitido ‘dar un ‘pasito pa tras’. Antes de acabar el siglo XIX ‘La Chata’, de la mano de sus padres y ‘el cuerpo técnico que la asesoraba’, disfrutaba de los veranos en el Real Sitio de San Ildefonso y sus zonas de influencia. La podían ver bailando en las fiestas de Balsaín; de ‘charleta’ en el corro que formaba en los jardines, antes de la comida, con gentes de la colonia veraniega y otros invitados/as. Entre los contertulios se sentó más de una vez el Marqués de Lozoya.

En otra ocasión, conociendo que las gentes del pueblo degustaban poca fruta –su coste la hacía prohibitiva-, en la festividad de San Agustín, 28 de agosto, a la salida de misa en la ermita de los jardines, entregaba peras (de los árboles de la huerta), a los asistentes. Aquello que nació con la Infanta, ha llegado, con otros protagonistas, hasta nuestros días. Ya no solo se entregan a los que acuden a la misa y sí a todo el que va o viene. La conocida como ‘misa de la pera’ ha crecido.

También, eso sí a lomos de caballo, se recorría las rutas que le habían programado por la montaña. Navacerrada, Peñalara… y demás ‘riscos’ de la sierra de Guadarrama. O, bien, programaba visita a la ciudad. Tomaba café en la Plaza, discurría por la calle Real con su corto séquito, compraba en algún comercio…  nunca se olvidaba de pasar a visitar una iglesia o lugar donde se acogía a necesitados, donde dejaba algún dinero para colaborar contra la necesidad que la pobreza conlleva. Ahí se la veía siempre. Por ello, y por algunas cosas más, era querida. Estuvo en el multitudinario acto la coronación de la Virgen de la Fuencisla en la Plaza Mayor (1916) y fue proclamada, diez años después, ‘Alcaldesa de Segovia’. Llegaron ministros y gran parte de la colonia veraniega del Real Sitio. ¿Políticos? Casi todos. Incluidos los de ‘baja por enfermedad’.

Por cambiar de tema, aún siendo la misma protagonista, les digo que la provincia también conocía de sus andanzas. En ocasiones para presenciar corrida de toros (Santa Mª de Nieva), otras para conocer de cerca la historia de las ‘Mojadas’, en Caballar… y si de la ‘cosa’ de la caza quieren saber, algunas, y no pocas, fueron las fincas que recorrió ‘escopeta a cuestas…’ con el personal a su servicio, para cazar perdices. Era el ‘tiro al blanco’ que más utilizaba,

Al respecto. Septiembre de 1892. La carismática Infanta viaja a la localidad de Santiuste de Pedraza. La acompaña su inseparable Mª Dolores Balanzat y Bretagne, Marquesa de Nájera, y el señor Conde de Humanes. Con antelación habían avisado del viaje a los del ayuntamiento. Estos esperan impacientes su llegada, saludos de rigor y de allí, en el paraje conocido como ‘El Rebollar’, donde las perdices ‘esperaban’. Los que observaron de cerca el tiroteo, (entre ellos el señor cura de la localidad, Juan Carreño, autor posteriormente de la crónica que sobre el ‘suceso’ publicó ´El Faro de Castilla’), elogiaron ‘el alto grado de puntería’ de la Infanta.

La jornada cinegética, o arte de la caza, fue de mañana y tarde  -con ´media hora’ para comer en la casa que habitaba el señor cura, similar, en tiempo, a la de los destajistas de la construcción-. Pues eso. Perdices había, comida no faltó, cartuchos ni te cuento, las escopetas funcionaban y si la Infanta abatía, el señor Conde también. La señora condesa, tapones en los oídos, se mantuvo al margen… cumpliendo con sus otros dos deberes, ver y callar.

Como se narra en los ‘cuentos para no dormir’:

‘Cierto es que fueron felices y comieron perdices…
Pero al día siguiente el príncipe tenía un fuerte dolor de cabeza’.

Total. Que a las siete de la tarde, hora en que se dijo realmente  ‘¡alto el fuego!’, las perdices –las vivas–, pudieron marchar y la expedición regía hizo lo mismo. Siendo cierto también que la Infanta, acabada la ceremonia de la caza, pidió visitar la iglesia parroquial, dedicada a San Justo (1), donde dejó su óbolo o pequeña cantidad económica.

La jornada pudo terminar cantando a coro, si música tuviere, el tutti contenti, o ‘el que bien, que bien hoy comimos con…’.

¡Tachán!

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(1) Desde 1930, tras un fuego inmisericorde, es conocido el lugar como paraje de ‘la Iglesia Quemada’, de la que únicamente queda su esqueleto. En ese mismo año, cuando cumplió setenta y nueve, la infanta Isabel fue ‘atrapada’ por una arterioesclerosis que la dejó postrada en una silla de ruedas y casi sin habla. En este estado físico la sorprendió, 14 de abril de 1931, la proclamación de la Segunda República española, el derrocamiento de su sobrino Alfonso XIII y el nuevo exilio. La infanta recibió permiso ‘especial’ de la República para permanecer en Madrid, aunque decidió marchar. Postrada en camilla inició un penoso viaje en ferrocarril hasta París. Pocos días después, 23 de abril de 1931, falleció en una residencia (pensión) de monjas. Casi de incógnito fue enterrada y en una sepultura prestada en un cementerio parisino. Su féretro fue repatriado a España en 1991. Desde entonces se encuentra sepultada en la Colegiata de La Granja de San Ildefonso, donde también lo están Felipe V e Isabel de Farnesio.

* La frase ‘no cortarse un pelo’ podría significar, más/menos, ‘no dejar de hacer algo por falta de confianza en sí mismo’ o ‘no amedrentarse’.