La cascada de los catalanes

Tiene el ser humano una deuda con la naturaleza que no consigue olvidar. Esta madre coraje, solícita a superar cuantos desmanes regala la humanidad al todo vivo en que nos hallamos inmersos, sobrevive con dificultosa parsimonia. Nosotros, años tras siglo, tratamos de emular su natural proceder con la artificiosa afectación del que se siente genio en la copia. Ya sea en construcciones, espacios, artefactos e, incluso, en el comportamiento, las sociedades humanas llevan emulando el desempeño de la naturaleza a los desafíos evolutivos, a los procesos cotidianos, al tedioso y constante paso del tiempo, desde su propia constitución como tales. Que nada nos parece más hermoso y admirable que cualquier invención humana tildada de natural. Desde las descripciones literarias pormenorizadas que plateaban la exactitud de lo vivido por el autor a las recreaciones pictóricas precisas, dicen, de lo reproducido en lienzo, a las repeticiones de elementos fruto de la competencia darwiniana, de relaciones de grupo remedo de lo observado en lo ignoto de la natura, hasta el levantamiento de edificios semejantes a lo que el tiempo, la presión y los procesos químicos han alumbrado tras millones de años de paciente parto, la naturaleza ha sido nuestra inspiración permanente, constante y necesaria, que diría Antonio Fornés.

En ese sentido han de entenderse estilos arquitectónicos como el modernismo protagonizado por Antonio Gaudí y que vistió la bellísima ciudad de Barcelona de una capa de innovación en la que se instaló durante más de siglo y medio. Alimentado por la ruptura con el mal llamado clasicismo académico, corsé petulante en el que suelen esconderse los que de talento carecen, Gaudí y sus correligionarios trajeron, una vez más, la naturaleza y su expresividad al primero de los planos vanguardistas.

Siguiendo unos pasos que ya habían encontrado en el siglo XVI genios como Bramante, Alberti o Michelangelo Buonarroti tras la aparición en el subsuelo romano de la Domus Aurea neroniana y sus alegorías grutescas, aquellos maestros repudiados de finales del XIX decidieron retomar esa conexión olvidada con lo natural. Ya fuera construyendo edificios con fachadas en eterno movimiento, alejados de las geometrías recalcitrantes de quiénes crean con guion y escuadra, o alternando vidrio, metal y hasta grafismos hoy asumidos como clásicos, genios rupturistas como Charles MacKintosh, Victor Horta y los catalanes Elías Rogent, Lluís Domènech, Cadafalch, Sagnier y el propio Antonio Gaudí, lograron que ese movimiento renovador iniciado a mediados del siglo XIX con el Art and Crafts británico explotara en ese delicado Art Nouveau, modernismo de las entretelas catalanas y esparcido con cuentagotas por toda la península.

Una de esas gotas debió salpicar hacia 1885 al entonces intendente de la Real Casa y Patrimonio, Fermín Abellá y Blavé. Este inquieto zaragozano, que habría de fallecer tres años más tarde, debió quedar prendado de aquella tendencia arquitectónica renovadora, por lo que trató de dejar su huella en el Real Parque y Jardín del Palacio de San Ildefonso. La obra encargada al jardinero Ramón Oliva Bogunyà, artífice del Campo Grande de Valladolid y del Campo del Moro en Madrid años más tarde, y al maestro de obras, Jacinto Sancho, resultó en una gruta espectacular sobre uno de los laterales del Mar de los Jardines de La Granja. Erigida con materiales procedentes de Segovia y Cataluña, la recreación modernista constaba de dos cascadas alimentadas por las aguas recogidas de los arroyos Morete y Carneros. Para deleite de las vistas y disfrute del agua en caída libre controlada, aquellos dos catalanes pergeñaron una estructura con dos alturas accesibles y un paso inferior cavernario, origen del topónimo tradicional empleado por mis paisanos. Para dar mayor efecto, aquel alarde de naturaleza impostada contó con estalactitas y estalagmitas procedentes del monasterio de Piedra en Nuévalos, ubicadas allí en la esperanza de que la constante filtración conllevara algún tipo de carbonatación que contribuyera a la continua formación de aquellas estructuras grutescas. Y, aunque para todos los habitantes de este Paraíso siempre será la gruta del Mar, en las guías del Real Sitio, ya a principios del siglo XX, empezó a ser conocida como Cascada de los Catalanes por la procedencia de los directores del proyecto, la conexión con el modernismo imperante en Barcelona y la naturaleza de muchos de los materiales empleados y el origen de algunos de los obreros partícipes en su construcción. Por lo que a este humilde Cronista respecta, siempre será aquella edificación misteriosa, sombría, húmeda, inestable, chorreante y ambigua en sus intenciones, una gruta ancestral perdida en la oscuridad de mi infancia, donde la verdad se apaga ante los destellos de cualquier elucubración bien relatada que ofrezca una esperanza al final de su mentira, por mucho que la historia trate de mostrarme el camino hacia su realidad.

Es por ello, quizás, por lo que el nombre oficial le venga al pelo. Que asociar catalanes y ficción histórica se ha convertido en una costumbre atávica casi desde el momento en que Oliva y Sancho pensaban en cómo solucionar la petición de Abellá de impactar el paisaje del Mar. Imbuidos de un historicismo carente de fondo documental que alimente una mentira social con la que fijar la distribución del poder político y, en consecuencia, el acceso al presupuesto público, los catalanes de ahora viven presos de un relato histórico sobre el que sustentar una edificación soportada en realidad por el aire que suele preñar las mentiras. Que Cataluña ha sido, es, imprescindible en la constitución de una nación que tenga espacio para todos; en el apuntalamiento de un Estado que nos dé cabida y protección y en la generación de una sociedad multicultural a la que respetemos y agradezcamos esa identidad propia que siempre desmembramos en beneficio de la patraña divulgada; todo ello, digo, debería ser la base de nuestra comprensión de eso que con tanta duda supremacista y segregadora solemos llamar España. Y, para algún día llegar hasta ese punto, deberemos ser capaces de comprender la falacia inherente a todo ello, a la gruta facticia que levantaron aquellos catalanes hace ya más de ciento treinta años.